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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¡El abuelo no le paga para que esté pescando! -explicó Paul con arrogancia-. ¡Tiene que quedarse en su sitio.

Marama sacudió la cabeza.

– Pero yo pienso que, de todos modos, las patrullas no están quietas. En realidad da igual dónde esté Wiramu. Y todos los hombres pescan. Tienen que pescar y cazar. ¿O les dais vosotros provisiones?

– ¡Esto es igual! -respondió Paul con presunción-. McKenzie no roba las ovejas al lado de la casa, sino en la montaña. Ahí es donde los hombres deben patrullar. Pueden pescar y cazar para satisfacer sus propias necesidades. Pero no para cubrir las de todo el pueblo. -El joven estaba firmemente convencido de que tenía la razón.

– ¡Es que no lo hacen! -Marama insistió. Intentaba con todas sus fuerzas que Paul comprendiera el punto de vista de su gente. No entendía por qué resultaba tan difícil. Paul había crecido prácticamente con los maoríes. ¿Era posible que no hubiera aprendido nada con ellos salvo las técnicas de caza y pesca?-. Pero acaban de descubrir el río y la tierra de esa zona. Nadie había pescado antes allí, las nasas estaban llenas. No podían comérselo todo ni dejar secar el pescado, a fin de cuentas tienen que patrullar. Si nadie hubiera ido al pueblo, el pescado se habría podrido. ¡Y Paul, tú ya sabes que eso es una vergüenza! ¡No hay que dejar que la comida se eche a perder, los dioses no lo permiten!

Wiramu había sido elegido por el grupo, formado en su mayoría por maoríes, para que llevara la captura al poblado e informara a los más ancianos acerca de la abundante pesca que había en las aguas recién descubiertas. También la tierra de la región debía de ser fértil y rica en animales de caza. Era muy posible que la tribu pronto se pusiera en marcha y pasara un tiempo allí pescando y cazando. Eso habría sido una forma de actuar ventajosa para Kiward Station. Nadie robaría ganado en ese entorno si los maoríes estaban allí vigilando. Pero ni Gerald ni su nieto habían podido, o no habían querido, ir hasta tan lejos con sus pensamientos. En lugar de eso habían enojado a los maoríes. Con toda seguridad, la gente de Wiramu que estaba en las montañas pasaría por alto los robos de ganado y la tarea de la patrulla, en el futuro, sería menos efectiva.

– El padre de Tonga dice que reclamará la nueva tierra para sí y su tribu -explicó Marama además-. Wiramu lo empujará a ello. Si el señor Gerald hubiera sido amable con él, os la habría enseñado y vosotros habríais podido apearla.

– ¡Ya nos arreglaremos! -contestó Paul dando muestras de superioridad-. Nosotros no necesitamos ser amables con un bastardo cualquiera.

Marama sacudió la cabeza; desistió, sin embargo, de informar al joven de que Wiramu no tenía nada de bastardo, sino que era el respetado sobrino del jefe de la tribu.

– Tonga dice que los kai tahu se inscribirán como propietarios de las tierras en Christchurch -prosiguió ella-. Puede leer y escribir tan bien como tú, y Reti les ayudará también. Ha sido una tontería despedir a Wiramu, Paul. ¡Una gran tontería!

Paul se levantó iracundo y tiró el cajón con los cubiertos de plata que Marama acababa de limpiar. No cabía duda de que lo había hecho con mala intención, pues siempre solía moverse con más agilidad.

– Eres una chica y sólo eres una maorí. ¿Cómo vas a saber tú lo que es tonto?

Marama rio y recogió con toda tranquilidad los cubiertos de plata. No era fácil hacerla enfadar.

– ¡Ya verás quién se queda al final con las tierras! -contestó sin inmutarse.

Esa conversación reafirmó los temores de Gwyneira. Paul se granjeaba innecesariamente enemigos. Confundía la fuerza con la dureza, lo que tal vez fuera normal a su edad. Pero Gerald habría tenido que reprenderlo en lugar de barrer para su propia casa. ¿Cómo podía permitir que un chico de doce años decidiera si había que despedir o no a un trabajador?

Fleurette volvió a su vida cotidiana e incluso fue a visitar a Helen en O’Keefe Station, claro que sólo cuando Gerald y Paul estaban de viaje y no era previsible que Howard apareciera de repente. Gwyn lo encontraba imprudente y prefería que las mujeres se reuniesen en Haldon. Ya había devuelto el mulo Nepumuk a Helen.

Fleurette seguía escribiendo largas cartas a Queenstown, pero sin obtener respuesta. A Helen le sucedía lo mismo: también ella estaba muy preocupada por su hijo.

– Si al menos hubiera ido a Dunedin… -suspiraba. En Haldon se había abierto recientemente una tetería en la que también podían entrar mujeres respetables, encontrar un sitio donde sentarse e intercambiar novedades-. Podría haber ocupado un puesto como mozo de los recados en un despacho. Pero ir a buscar oro…

Gwyn se encogió de hombros.

– Quiere hacerse rico. Y tal vez tenga suerte, los yacimientos de oro parecen ser realmente enormes.

Helen puso los ojos en blanco.

– Gwyn, amo a mi hijo por encima de todas las cosas. Pero el oro debería crecer de los árboles y caérsele en la cabeza para que lo encontrara. Es como mi padre, Gwyn, y él sólo era feliz cuando se encerraba en su estudio y estaba inmerso en los textos bíblicos. En el caso de Ruben son los códigos legales. Creo que sería un buen abogado o un buen juez, posiblemente un buen comerciante también. George Greenwood dijo que se desenvolvía bien con la clientela: es un hombre complaciente. Pero desviar arroyos para lavar oro o cavar galerías o lo que haya que hacer, no es lo suyo.

– ¡Lo hará por mí! -intervino Fleur con una expresión iluminada en el rostro-. Por mí lo hace todo. ¡Al menos lo intentará!

Por el momento, en Haldon se hablaba menos de los hallazgos de oro de Ruben O’Keefe que de los cada vez más audaces robos de ganado de James McKenzie. Un criador de ovejas de nombre John Sideblossom, era la última mayor víctima de los asaltos de McKenzie.

Sideblossom vivía en el extremo occidental del lago Pukaki, ya en lo alto de las montañas. Visitaba pocas veces Haldon y prácticamente nunca Christchurch, pero era propietario de unos terrenos enormes en las estribaciones de los Alpes. Vendía los animales en Dunedin, por lo que no se contaba entre la clientela de George Greenwood.

Sin embargo, Gerald parecía conocerlo. De hecho se alegró como un niño cuando un día recibió la noticia de que Sideblossom quería reunirse en Haldon con ganaderos de su mismo parecer para plantear formar una nueva expedición de castigo a las montañas contra James McKenzie.

– ¡Está totalmente convencido de que ese McKenzie se ha establecido en su región! -explicó Gerald mientras se tomaba el obligado whisky previo a las comidas-. En algún lugar por encima de los lagos, y que debe de estar explotando nuevas tierras. John apuesta a que desaparece por un pasaje que nosotros no conocemos. Y saca provecho de extensas superficies. Debemos reunir a nuestros hombres y acabar con ese sujeto de una vez por todas.

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