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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Kahlan recordó el consejo que le diera su padre: «Las palabras no pueden matarte, pero una espada sí. Lucha sólo contra el acero».

Así pues, no perdió tiempo en rematarlos; seguramente se desangrarían en la nieve y, de todos modos, estaban demasiado malheridos para seguirlas. Kahlan y Adie se cogieron del brazo y corrieron hacia los árboles.

Jadeando en la oscuridad fueron avanzando entre los pinos cubiertos por una capa de nieve. Kahlan se dio cuenta de que Adie temblaba, pues había perdido el ropón al principio de la batalla. La Madre Confesora se quitó su manto de piel de lobo y cubrió con él a Adie.

— No, hija, no —protestó la hechicera.

— Póntelo tú —ordenó Kahlan—. De todas maneras yo estoy sudando y me estorba para mover la espada. —De hecho, la espada le pesaba tanto que apenas podía alzarla y mucho menos blandirla. Era el terror el que le daba fuerzas y, por el momento, bastaba.

Kahlan ya no sabía en qué dirección corrían; simplemente huían para salvar la vida. Cuando quería ir a la derecha, iba a la izquierda. La arboleda era tan densa que les impedía ver las estrellas ni la luna.

No podía dejarse capturar. Richard corría peligro. Richard la necesitaba. Tenía que llegar hasta él. Kahlan calculó que Zedd ya habría llegado a Aydindril, pero también era posible que algo hubiera salido mal. Así pues, ella tenía que llegar como fuera a Aydindril.

Tras apartar la rama de un pino se abrió paso entre la maleza hasta un pequeño saliente en el que el viento se había encargado de despejar la nieve. Sobresaltada, se detuvo. Ante ella vio a dos caballos.

Tobias Brogan, el lord general de la Sangre de la Virtud, la miraba sonriendo. El otro caballo lo montaba una mujer cubierta con harapos multicolores.

— Vaya, vaya, vaya. Pero ¿a quién tenemos aquí? —dijo Brogan, atusándose el bigote.

— Somos dos viajeras —respondió Kahlan con voz tan gélida como el aire invernal—. ¿Desde cuándo la Sangre se dedica a robar y asesinar a viajeros indefensos?

— ¿Viajeros indefensos? Lo dudo. Entre las dos debéis de haber matado a más de un centenar de mis hombres.

— Simplemente defendíamos nuestras vidas. La Sangre de la Virtud ataca a cualquiera que sea más débil que ella, aunque no lo conozca.

— Oh, pero yo te conozco, Kahlan Amnell, reina de Galea. Te conozco mejor de lo que piensas. Sé quién eres.

Kahlan agarró con más fuerza la empuñadura de la espada.

Brogan aproximó su enorme rucio pinto y sus labios dibujaron una truculenta sonrisa. Entonces apoyó una mano en el pomo de la silla y se inclinó hacia adelante. Sus ojos oscuros de malevolente mirada no se apartaban de Kahlan.

— Tú eres Kahlan Amnell, la Madre Confesora. Te veo como quién eres. La Madre Confesora.

Kahlan sintió cómo todos los músculos del cuerpo se tensaban, y el aire quedó prisionero en los pulmones. ¿Cómo podía saberlo? ¿Le había ocurrido algo a Zedd? Queridos espíritus, si algo le sucedía a Zedd…

Con un grito de furia describió un amplio arco con la espada. Al mismo tiempo la mujer vestida con harapos extendió una mano. Adie, gruñendo por el esfuerzo, conjuró un escudo. El estallido de aire que le había lanzado la mujer a caballo pasó rozando el rostro de Kahlan y le alborotó el pelo. El escudo de Adie la había salvado.

A la luz de la luna el acero de Kahlan lanzaba destellos. Un crujido resonó en el aire de la noche cuando la espada hendió la pata del caballo que montaba Brogan.

El animal gritó y se desplomó al suelo con un ruido sordo, arrojando a Brogan hacia los árboles. Simultáneamente una llamarada conjurada por Adie envolvió la cabeza del otro caballo. El aterrorizado animal se encabritó y desmontó a la mujer, que para entonces Kahlan sabía ya que era una bruja.

Kahlan agarró a Adie de la mano y tiró de ella. Ambas se internaron a toda prisa en la maleza. A su alrededor resonaba el ruido de hombres y caballos que las buscaban en la espesura. Kahlan simplemente corría, sin preguntarse ya adónde iban.

Sólo le quedaba un as en la manga: estaba reservando su poder como último recurso. Solamente podría utilizarlo una vez, y luego tendría que esperar varias horas para recuperarse. La mayoría de las Confesoras necesitaban un día o dos para regenerar su magia. El hecho de que Kahlan fuera capaz de recuperar su poder en sólo dos o tres horas la convertía en una de las más poderosas Confesoras de todos los tiempos. Pero en la situación en la que se encontraban ese poder no parecía mucho. Sólo era una oportunidad.

— Adie. —Kahlan jadeaba—. Si nos alcanzan, trata de frenar a una de las mujeres, si puedes.

Adie no necesitaba más explicaciones. Lo entendió. Las dos mujeres que las perseguían eran brujas. Si Kahlan tenía que usar su poder, ése sería el mejor modo de hacerlo.

Kahlan se agachó para evitar un rayo de luz. Junto a ellas un árbol se desplomó con un ensordecedor estrépito. Cuando las tumultuosas nubes de nieve desaparecieron, la otra mujer, la que iba a pie, avanzó hacia ellas.

Iba acompañada de un ser oscuro y con escamas medio humano medio lagarto. A Kahlan se le escapó un grito y notó un escalofrío que le recorría hasta la última fibra de su cuerpo.

— Ya basta de tonterías —dijo la mujer, avanzando hacia ellas, flanqueada por el escamoso ser.

Un mriswith. Tenía que ser un mriswith. Richard se los había descrito. Ese ser de pesadilla sólo podía ser un mriswith.

Adie se lanzó velozmente hacia adelante en tanto que lanzaba una chispeante ráfaga de luz contra la mujer. La mujer sacudió una mano con aire indiferente, las chispas cayeron sobre la nieve sin causarle ningún daño, y Adie se desplomó.

Acto seguido la mujer se inclinó, cogió la muñeca de Adie y la lanzó por los aires como quien arroja a un lado un pollo que tiene intención de desplumar más tarde. Kahlan eligió ese momento para entrar en acción y se lanzó al ataque con la espada.

El monstruo, el mriswith, pasó ante ella como una ráfaga de viento. Kahlan distinguió su capa negra que se abría al girar sobre sí mismo y pasar junto a ella, y oyó un ruido metálico.

De pronto se dio cuenta que estaba de rodillas. Sostenía la espada rota, que le transmitía una sensación de cosquilleo y pinchazos. ¿Cómo podía el mriswith moverse tan rápido? Al alzar la vista, la mujer estaba más cerca. Alzó una mano y el aire titiló. Kahlan sintió un golpe en la cara.

La sangre le caía en los ojos. Kahlan parpadeó y vio que la mujer alzaba de nuevo la mano y curvaba los dedos.

De repente la mujer separó mucho los brazos cuando algo la golpeó por detrás. Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, Adie le había lanzado una invisible andanada mágica, dura como un martillo, que lanzó a la mujer de bruces sobre la nieve. Rápidamente Kahlan le cogió una mano y, pese a los esfuerzos de la mujer por desasirse, no se la soltó.

Demasiado tarde. En la mente de Kahlan todo quedó quieto. La bruja pareció quedarse suspendida en el aire, con Kahlan agarrándole una muñeca. El tiempo jugaba a favor de Kahlan, que tenía todo el tiempo del mundo.

La bruja empezó a ahogar una exclamación, empezó a alzar la vista y a encogerse. Desde el centro de calma de su poder y su magia Kahlan tenía el control. La bruja no tenía ninguna oportunidad.

Kahlan la observó mientras sentía cómo su magia de Confesora desgarraba todas las fibras de su ser, gritando para ser liberada.

Desde ese lugar de su mente en el que el tiempo no existía, Kahlan liberó su poder.

Un silencioso rayo estalló en la noche.

Mientras la sacudida se propagaba por el aire incluso las estrellas parecieron tambalearse, como si un puño celestial hubiera tocado la enorme y silenciosa campana del cielo nocturno.

Los árboles se estremecieron y se formó una nube de nieve con una onda expansiva hacia fuera.

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