La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Una vez dentro del Alcázar, mientras encendía una vela, supo con certeza que algo malo ocurría. Se sentía arder. Los ojos le quemaban y las articulaciones le dolían. ¿Estaba enferma? Rezó al Creador para que no fuese así. En esos momentos necesitaba todas sus fuerzas.
Al notar una terrible punzada por debajo del esternón, se abrazó la cintura con un brazo y se dejó caer sobre una silla. La habitación daba vueltas. ¿Qué…?
La torta de miel.
No se le había ocurrido que llegaría de ese modo. Se había preguntado cómo la podrían dejar fuera de combate, pues después de todo poseía un han muy poderoso, acaso más poderoso que el de ninguna otra hechicera. ¿Cómo había sido tan estúpida? El dolor era tan intenso que se dobló sobre sí misma en la silla.
Entre brumas vio dos figuras que entraban en la habitación, una baja y la otra más alta. ¿Dos? No esperaba dos. Querido Creador, dos podían arruinarlo todo.
— Bueno, bueno, bueno. Mira a quién tenemos aquí.
Haciendo un esfuerzo Ann alzó la cabeza.
— ¿Quién… eres…?
Las dos figuras se acercaron a ella.
— ¿No me recuerdas? —La anciana envuelta en una manta lanzó una risa socarrona—. ¿Tan vieja y estropeada estoy que no me reconoces? Bueno, no te culpo por ello. En cambio tú no pareces haber envejecido ni un solo día. Si no fuese por ti, querida Prelada, también habría conservado mi juventud. Entonces sí me reconocerías.
Ann ahogó un grito cuando notó otra lacerante punzada de dolor.
— ¿No te ha sentado bien la torta de miel?
— ¿Quién…?
La anciana apoyó las manos en sus rodillas y se inclinó hacia ella.
— Vamos, Prelada, trata de recordar. Juré que pagarías por lo que me hiciste. No me digas que ni siquiera recuerdas la crueldad que cometiste conmigo. ¿Tan poco significó para ti?
Ann abrió mucho los ojos. Nunca la habría reconocido después de tantos años, pero la voz, aquella voz, seguía siendo la misma.
— Valdora.
La vieja se rió de nuevo.
— Bueno, querida Prelada, qué honor que reconozcas a alguien tan humilde como yo. —Hizo una reverencia exagerada y añadió—: Espero que también recuerdes mi juramento. Lo recuerdas, ¿verdad? Juré que te mataría.
Ann sintió que su cuerpo golpeaba el suelo mientras se retorcía agónicamente.
— Creí que… después… reflexionarías sobre… tus acciones… y verías que habías hecho mal. Pero ahora veo que… no me equivoqué al… expulsarte de palacio. No… no mereces ser una Hermana.
— Oh, no te preocupes por mí, Prelada. He construido mi propio palacio, y mi nieta es mi estudiante, mi novicia. Soy mejor maestra que cualquiera de tus Hermanas. Se lo enseño todo.
— ¿A envenenar… a la gente?
Valdora se echó a reír.
— Oh, el veneno no te matará, sólo te mantendrá fuera de combate hasta que te atrape con mi hechizo. No morirás tan rápidamente. —La anciana se inclinó sobre ella y le espetó con malevolencia—: Tardarás mucho en morir, Prelada, quizá toda la noche. Una persona puede experimentar mil muertes en una única noche.
— ¿Cómo has… sabido que… vendría?
Valdora se irguió.
— No lo sabía. Cuando vi a lord Rahl y me dio una de las monedas de palacio pensé que podría llevarme a una Hermana. Pero ni en sueños se me ocurrió pensar que podría ser la Prelada. Es un milagro. Me ha servido en bandeja a la mismísima Prelada. Nunca lo hubiera esperado. Me hubiera contentado con despellejar a una de tus Hermanas o incluso a tu estudiante, lord Rahl, para herirte. Pero ahora podré ver satisfechos mis más oscuros deseos.
Ann trató de apelar a su han. Pero a través de la capa de dolor se dio cuenta de que la torta de miel que había comido debía de contener más que simple veneno. Estaba hechizada.
Querido Creador, las cosas no iban bien.
La habitación se estaba oscureciendo. Sintió una sacudida en el cuero cabelludo y la piedra que le laceraba la espalda. Entonces vio la hermosa y sonriente cara de la niña que caminaba a su lado.
— Te perdono, pequeña —murmuró.
Luego se sumió en la oscuridad.
39
Kahlan corría agarrando con fuerza a Adie de una mano y la espada en la otra. En la oscuridad ambas tropezaron con el cuerpo de Orsk y cayeron al suelo de bruces. Kahlan apartó enseguida una mano de la cálida masa de entrañas del hombre desparramadas sobre la nieve.
— ¿Cómo… cómo es posible que esté aquí? —se exclamó.
— Es imposible —replicó Adie, que jadeaba tratando de recuperar el aliento.
— La luna ilumina lo suficiente. Sé que no vamos en círculos. —En un raudo gesto se limpió con nieve la mano que había tocado las entrañas. A duras penas se puso en pie, arrastrando a Adie. La nieve estaba sembrada de cuerpos ataviados con capas rojas. Solamente había habido una lucha. No podía haber más cuerpos. Y, además, Orsk…
La mirada de Kahlan recorrió la línea de árboles en busca de los hombres montados.
— ¿Adie, recuerdas la visión que tuvo Jebra? Me vio correr en círculos.
Adie se limpió el rostro de nieve.
— Pero ¿cómo?
Kahlan sabía que Adie había llegado al límite de sus fuerzas. Había usado su poder para luchar y estaba muerta de cansancio. La fuerza de su magia desatada había sembrado el terror entre sus atacantes, pero eran demasiados. Orsk mató a veinte o treinta él solo, pero luego Kahlan había visto cómo él mismo moría y ésa era la tercera vez que se topaban con su cadáver. Casi lo habían partido por la mitad.
— ¿Por dónde crees que podemos escapar? —preguntó Kahlan a la hechicera.
— Ellos están ahí —respondió Adie señalando hacia atrás—, por tanto, debemos ir por allá.
— Eso creo yo también. Hemos estado haciendo lo que nos parecía mejor y no funciona. Tenemos que intentar otra cosa. Vamos. —Kahlan la empujó en dirección contraria—. Ahora haremos lo que nos parece mal.
— Podría tratarse de un conjuro —sugirió Adie—. Si lo es, tienes razón. Pero estoy demasiado cansada para percibir si lo es.
Se internaron entre las zarzas y, medio corriendo medio deslizándose sobre la nieve, descendieron una abrupta pendiente. Antes de saltar por el borde, Kahlan vio a los jinetes surgir de entre los árboles, donde se escondían. En el fondo la nieve se había amontonado formando taludes. Las dos mujeres se abrían paso trabajosamente hacia los árboles, pero era como tratar de correr en un cenagal.
Un hombre surgió repentinamente de la oscuridad y se lanzó por la pendiente tras ellas. Kahlan no esperó a que Adie usara su magia. Si fallaba, no tendrían tiempo para intentar nada más. Así pues, giró sobre sí misma describiendo un círculo con la espada. El hombre ataviado con capa carmesí alzó su propia espada en actitud de defensa y se lanzó contra ella. Llevaba un peto acorazado. Cualquier golpe contra la armadura sería inútil. Instintivamente el hombre se protegía el rostro, lo cual era un error fatal si se batía contra alguien como ella, entrenada por su padre, el rey Wyborn. Los hombres con armadura pecaban de exceso de confianza en la lucha.
Kahlan tiró una estocada baja. El acero se detuvo con una sacudida al entrar en contacto con el fémur de su rival. El hombre, con el músculo del muslo desgarrado, se desplomó sobre la pisoteada nieve lanzando un grito de impotencia.
Pero otro hombre se abalanzaba ya sobre Kahlan. La capa roja se desplegó como una vela en el aire de la noche. Kahlan llevó la espada hacia arriba y propinó un tajo al hombre en la cara interna del muslo, que le cortó la arteria. En el mismo momento que el hombre caía, rebasándola, Kahlan le cortó el tendón de la corva.
El primer jinete caído gritaba aterrorizado, mientras que el segundo vociferaba maldiciones y dirigía a Kahlan los peores insultos que ésta hubiera oído, arrastrándose sobre la nieve y blandiendo la espada, provocándola para enzarzarse en una lucha.