La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
A la derecha se abr�a el mar azul v una vez m�s el paisaje se volvi� rid�culo. Era como si hubiera librado una guerra civil en la costa inglesa. Ruinas de coches y villas acribilladas de balas flanqueaban el camino; en un campo, dos chicos jugaban con un bal�n, envi�ndoselo el uno al otro por encima del cr�ter de una bomba. Los peque�os embarcaderos de yates yac�an destrozados y medio sumergidos; hasta los camiones de frutas que iban hacia el norte y casi los empujaban fuera del camino, ten�an una desesperaci�n fugitiva.
Volvieron a detenerse para un control caminero. Sirios. Pero las enfermeras alemanas en ambulancias palestinas no le interesaban a nadie. Escuch� el ruido de una motocicleta y le ech� una mirada indiferente. Una Honda polvorienta con las bolsas atestadas de pl�tanos verdes. Un pollo vivo, colgado de las patas, se balanceaba en el manillar. Y en el asiento, Dimitri, escuchando con seriedad el ruido del motor. Usaba el medio uniforme del soldado palestino y un pa�uelo rojo alrededor del cuello. Encajado dentro de la charretera color caqui de su camisa, como el favor de una mujer, hab�a un orgulloso ramo de brezo blanco como para decir �Estamos contigo�, porque el brezo blanco era el signo que bah�a estado buscando durante los �ltimos cuatro d�as.
�A partir de ahora, s�lo el caballo conoce el camino -le hab�a dicho Joseph-. Tu trabajo consiste en mantenerte en la silla.�
Una vez m�s formaron una familia y esperaron.
Esta vez el hogar era una casita cerca de Sid�n, con una galer�a de hormig�n que hab�a quedado partida en dos por un buque de guerra israel�, dejando oxidadas barras de hierro en el aire, como las antenas de un insecto gigante. El jard�n trasero era un huerto de mandarinas en el que un viejo ganso picoteaba la fruta ca�da. El frente era un vertedero de lodo y metal que durante la �ltima invasi�n hab�a sido un emplazamiento famoso. En el prado adyacente un coche blindado en ruinas era compartido por una familia de pollos amarillos y una spaniel refugiada con cuatro gordos cachorros. M�s all� del coche blindado estaba el cristiano mar de Sid�n, con su fortaleza de cruzados surgiendo de la orilla como un perfecto castillo de arena. De la reserva de chicos aparentemente interminable que ten�a Taveh, Charlie hab�a adquirido otros dos: Kareem y Yasir. Kareem era regordete un tanto payaso y fing�a contemplar su metralleta como un peso muerto, bufando y gesticulando cada vez que se ve�a obligado a colg�rsela del hombro. Pero cuando ella le sonri�, comprensiva, el se turb� y se apresur� a alejarse para reunirse con Yasir. Su ambici�n era llegar a ser ingeniero. Tema diecinueve a�os y hacia seis que luchaba. Hablaba ingl�s en un susurro y colocaba un �sol�a� en casi todos los verbos.
-�Cuando Palestina suela acostumbrarse a ser libre, estudio en Jerusal�n -dijo Kareem-. Mientras tanto -agit� la mano y suspir� ante la espantosa perspectiva-, tal vez Leningrado, tal vez Detroit.
S�, acept� cort�smente Kareem, sol�a tener un hermano y una hermana, pero �sta hab�a muerto en un ataque a�reo sionista al campo de Nabativeh. Su hermano hab�a sido trasladado al campo de Rashideveh y tres d�as despu�s hab�a muerto en un bombardeo naval. Describi� esas perdidas con modestia, como si no significaran mucho dentro de la tragedia general.
-�Palestina suele ser un gatito -le dijo misteriosamente a Charlie una ma�ana, mientras ella esperaba con paciencia frente a la ventana de su dormitorio vestida con un camis�n blanco y �l manten�a preparada su metralleta-. Necesita muchas caricias o suele volverse salvaje.
Hab�a visto en la calle a un hombre de mal aspecto, explic�, y hab�a subido para ver si deb�a matarlo.
Pero Yasir, con su ce�o de b�xer y la mirada ardiente y furiosa, no pod�a hablarle. Usaba una camisa roja a cuadros y un acollador negro sobre el hombro para denotar Inteligencia Militar, y cuando ca�a la oscuridad se quedaba en el jard�n, vigilando el mar en busca de aviones sionistas. Era un gran comunista, explic� comprensivamente Kareem, e iba a destruir el colonialismo en todas partes del mundo. Yasir odiaba a los occidentales, aun cuando afirmaran amar a Palestina, dijo Kareern. Su madre y toda su familia hab�an muerto en Tal-al- Zataar.
-��De qu�? -pregunt� Charlie.
-�De sed -dijo Kareem, y le explic� un peque�o cap�tulo de historia moderna: Tal al- Zataar, la colina del tomillo, era un campo de refugiados en Beirut. Chozas con tejados de lata; a menudo, once personas en una sola habitaci�n. Treinta mil palestinos y pobres libaneses resistieron all� diecisiete meses un bombardeo persistente.
-��De qui�nes? -pregunt� Charlie.
Kareem qued� desconcertado con su pregunta.
-�De los Katib -dijo como si fuera obvio-. De fascistas maronitas ayudados por sirios e indudablemente tambi�n por sionistas. Murieron miles, pero nadie sab�a cu�ntos -continuo-, porque quedaban muy pocos para extra�arlos. Cuando llegaron los atacantes, mataron a la mayor parte de los supervivientes. Tambi�n colocaron en fila a las enfermeras y a los m�dicos y los mataron, lo que era l�gico porque no ten�an medicinas, ni agua ni pacientes.
-��T� estabas all�? -pregunt� Charlie.
-�No -contest� �l-, pero Yasir s�.
-�En el futuro, no tome ba�os de sol -le dijo Tayeh cuando lleg� la tarde siguiente a buscarla-. Esto no es la Riviera.
No volvi� a ver a los chicos. Estaba entrando gradualmente en esa condici�n que le hab�a predicho Joseph. Estaba siendo educada en la tragedia, y la tragedia la absolv�a de la necesidad de explicarse. Era un jinete cegado, que era conducido a trav�s de hechos emociones demasiado grandes para ser abarcados y dentro de una tierra donde el simple estar presente era ser parte de una injusticia monstruosa. Se hab�a reunido con las v�ctimas y estaba finalmente reconciliada con su enga�o. A medida que pasaban los d�as, la ficci�n de su supuesta lealtad hacia Michel estaba cada vez m�s firmemente basada en los hechos, mientras que su lealtad a Joseph, si bien no era una ficci�n, sobreviv�a s�lo cumo una marca secreta en su alma.
-�Pronto todos estaremos muertos -le dijo Kareem, repitiendo a Tayeh-. Los sionistas nos perseguir�n hasta la muerte, ya lo ver�.
La antigua prisi�n estaba en el centro de la ciudad, y era el lugar, hab�a dicho cr�pticamente Tayeh, donde los inocentes cumpl�an cadena perpetua. Para llegar tuvieron que aparcar en la plaza principal y meterse en un laberinto de antiguos pasajes abiertos al cielo, pero cubiertos por carteles de pl�stico, que al principio confundi� con ropa lavada. Era la hora del comercio, por la tarde. Las tiendas y puestos estaban llenos. Las farolas de la calle brillaban profundamente en el viejo m�rmol de las paredes, pareciendo encenderlo desde adentro. El ruido de los callejones era fragmentario y a veces, cuando doblaban una esquina, se deten�a y s�lo se o�an sus pasos desliz�ndose y arrastr�ndose sobre el bru�ido pavimento romano. Un hombre hostil, de piernas torcidas, les mostraba el camino.
-�He explicado al administrador que es usted una periodista occidental -le dijo Tayeh, mientras cojeaba a su lado-. Sus modales no son buenos, porque no le gustan los que vienen aqu� a mejorar sus conocimientos de zoolog�a.
La luna rota caminaba con ellos; la noche era muy calurosa. Entraron en otra plaza y los salud� un estallido de m�sica �rabe que surg�a de unos altavoces improvisados instalados sobre palos. Las altas puertas estaban abiertas y daban a un patio brillantemente iluminado, del cual sal�a una escalera de piedra que daba a sucesivos balcones. La m�sica se escuchaba m�s fuerte.
-�Entonces �qui�nes son? -susurr� Charlie, todav�a sin comprender-. �Qu� han hecho?
-�Nada. Ese es su crimen. Son los refugiados que se han refugiado de los campos de refugiados -replic� Tayeh-. La prisi�n tiene paredes gruesas y estaba vac�a, de modo que tomamos posesi�n de ella para protegerlos. Salude con solemnidad a la gente - agreg�-. No sonr�a demasiado pronto o pensar�n que se r�e usted de su miseria.