La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
La tercera noche durmi� encima de una especie de cuartel general del ej�rcito. Hab�a barrotes en las ventanas y agujeros de bombas en las escaleras. Hab�a p�sters que mostraban ni�os agitando ametralladoras o ramos de flores. En cada rellano hab�a guardias de ojos oscuros y el edificio ten�a un aire canalla, de Legi�n extranjera.
-�Nuestro Capit�n la ver� pronto -le aseguraba tiernamente Danny de vez en cuando-. Est� haciendo preparativos. Es un gran hombre.
Ella estaba empezando a conocer la sonrisa �rabe, que significaba retraso. Para consolarla en su espera, Danny le cont� la historia de su padre. Despu�s de pasar veinte a�os en los campos, pareci� que la desesperaci�n lo hab�a hecho desaprensivo. As� que una ma�ana, antes de la salida del sol, meti� sus pocas pertenencias en una bolsa junto con las escrituras de su tierra y, sin decir nada a su familia, cruz� las l�neas sionistas con el objeto de ir en persona a reclamar su granja. Corriendo detr�s de �l, Danny y sus hermanos llegaron a tiempo para ver su peque�a figura encorvada avanzando m�s y m�s dentro del valle, hasta que le destroz� una mina. Danny relat� todo esto con una precisi�n desconcertada, mientras los otros dos vigilaban su ingl�s, interrumpi�ndole para volver a expresar una frase cuando su sintaxis o su cadencia les desagradaban, asintiendo como ancianos para aprobar otra. Cuando hubo terminado, le hicieron una cantidad de preguntas serias sobre la castidad de las mujeres occidentales, sobre la cual hab�an o�do cosas desdichadas, aunque no totalmente desprovistas de inter�s.
As� que su amor por ellos aumentaba, un milagro de cuatro d�as. Amaba su timidez, su virginidad, su disciplina y la autoridad que ten�an sobre ella. Los amaba como captores y amigos. Pero pese a todo su amor, nunca le devolvieron su pasaporte, y si ella se acercaba demasiado a sus metralletas, se alejaban con miradas peligrosas e ind�mitas.
-�Venga, por favor -dijo Danny, golpeando suavemente la puerta para despertarla-. Nuestro Capit�n est� preparado. Eran las tres de la madrugada y estaba oscuro.
Despu�s crey� recordar unos veinte coches, pero hubieran podido ser s�lo cinco, porque todo sucedi� muy aprisa: un zigzag de viajes por la ciudad, cada vez m�s alarmantes, en sedanes color arena con antenas adelante y atr�s y guardias de corps que no hablaban. El primer coche estaba esperando frente al edificio, pero del lado del patio, donde no hab�a estado. No fue hasta que estuvieron fuera del patio y corriendo a toda velocidad calle abajo, que comprendi� que hab�a dejado a los chicos. Al extremo de la calle, el conductor pareci� ver algo que no le gust�, porque dio una vuelta en U que estuvo a punto de volcarlo, y cuando se precipitaban otra vez calle arriba, escuch� un tableteo y un grito junto a ella y sinti� una mano pesada que la obligaba a bajar la cabeza, de modo que supuso que los disparos eran para ellos.
Pasaron un cruce con luz roja y estuvieron a punto de chocar con un cami�n; se subieron a una acera del lado derecho, despu�s hicieron una amplia curva hacia la izquierda entrando en un aparcamiento en pendiente que daba a una playa abandonada. Vio otra vez la media luna de Joseph, suspendida sobre el mar, y por un segundo imagin� que estaba de camino a Delfos. Se detuvieron junto a un Fiat grande y pr�cticamente la embutieron en �l, y all� se fue otra vez, propiedad de dos nuevos guardias de corps, de camino hacia una autopista llena de baches con edificios acribillados a ambos lados y un par de luces que los segu�an de cerca. Frente a ella, las monta�as eran negras, pero las que estaban a su izquierda eran grises porque un resplandor del valle encend�a sus laderas, y m�s all� del valle estaba una vez m�s el mar. El veloc�metro marcaba 140, pero de pronto no marc� nada porque el conductor hab�a apagado las luces y el coche que los segu�a hab�a hecho lo mismo.
A la derecha hab�a una hilera de palmeras; a la izquierda, la reserva central que divid�a las dos calzadas, una acera de seis pies de ancho, a veces de grava, otras veces de vegetaci�n. Con un gran salto, la subieron y con otro aterrizaron del otro lado. El tr�fico ululaba y Charlie gritaba: �!Jes�s!�, pero el conductor no era receptivo a la blasfemia. Encendiendo todas las luces, condujo directamente contra el tr�fico antes de volver a hacer girar el coche a la izquierda, bajo un puente peque�o, y de pronto estaban deteni�ndose en un camino lodoso v desierto y pasaban a un tercer coche, esta vez un Land-Rover sin ventanas. Llov�a. No lo hab�a notado hasta entonces, pero cuando la metieron en la parte trasera del Land-Rover, un chaparr�n la empap� y vio un estallido de rel�mpagos blancos chocando contra las monta�as. O tal vez fuera una bomba.
Treparon por un camino tortuoso. Por la parte trasera del Land-Rover ve�a c�mo se alejaba el valle; por el parabrisas, entre las cabezas de los guardias y el conductor, observaba la lluvia goteando como card�menes de pececillos danzantes. Frente a ellos hab�a un coche, y por la manera en que lo segu�an, Charlie supo que era de ellos; hab�a un coche detr�s, y por la manera que ten�an de no prestarle atenci�n, era de ellos tambi�n. Hicieron otro cambio y quiz� otro; entraron en lo que parec�a ser una escuela abandonada, pero esta vez el conductor detuvo el motor, mientras �l y el guardia se apostaban en las ventanas con ametralladoras, esperando a ver lo que llegaba a la colina. Hubo controles camineros en los que se detuvieron, y otros a los cuales pasaron con nada mas que un lento movimiento de la mano en direcci�n a los centinelas inm�viles. Hubo un control en el que el guardia del asiento delantero baj� su ventanilla y dispar� una salva de metralleta a la oscuridad, pero la �nica respuesta fue el aterrado gemido de las ovejas. Y hubo un �ltimo salto aterrador en la negrura, entre dos filas de reflectores que los iluminaban de lleno, pero para entonces ella estaba m�s all� del terror. Estaba sacudida y aturdida y le importaba un comino.
El coche se detuvo. Estaba en el patio delantero de una villa antigua, con chicos centinelas con metralletas posando en silueta sobre el tejado como los h�roes de una pel�cula rusa. El aire era fr�o y limpio y lleno de los olores griegos que la lluvia hab�a dejado atr�s: cipr�s y miel y todas las flores silvestres del mundo. El cielo estaba lleno de tormentas y una nube de humo; el valle se estiraba debajo de ellos en cuadrados de luz en retroceso. La hicieron atravesar un porche y entrar al vest�bulo, y all�, bajo una luz muy tenue, tuvo su primera visi�n de Nuestro Capit�n: una figura marr�n, torcida, con una madeja de pelo negro, lacio, de colegial, y un bast�n de paseo de aspecto ingl�s, de fresno natural, para ayudar a sus piernas fl�ccidas, y una sonrisa forzada que le daba la bienvenida iluminando su rostro picado de viruelas. Para estrecharle la mano, colg� el bast�n del antebrazo izquierdo, dejando que se balanceara, de modo que ella tuvo la sensaci�n de estar sosteni�ndole por un segundo antes de que volviera a enderezarse.
-�Se�orita Charlie, soy el capit�n Tayeh y la saludo en nombre de la revoluci�n.
Su voz era en�rgica y formal. Y tambi�n, como la de Joseph, era hermosa.
�El miedo ser� un problema de selecci�n -le hab�a advertido Joseph-. Por desgracia, nadie puede estar asustado todo el tiempo. Pero con el capit�n Tayeh, corno se hace llamar, tienes que hacer lo mejor que puedas, porque el capit�n Tayeh es un hombre muy inteligente.�
-�Perd�neme -dijo Tayeh con alegre hipocres�a.
La casa no era suya, porque no pod�a encontrar nada de lo que deseaba. Hasta por un cenicero tuvo que dar vueltas en la penumbra, interrogando con humor a los objetos y observando si eran demasiado valiosos para usar. Sin embargo, la casa pertenec�a a alguien de su gusto, porque ella observ� una calidez en sus modales que dec�a: �Es t�pico de ellos�, s�; este es exactamente el lugar en el que guardar�an la bebida.� La luz era escasa todav�a, pero a medida que sus ojos se fueron acostumbrando a ella, decidi� que estaba en la casa de un profesor. O de un pol�tico. O de un abogado. Las paredes estaban cubiertas de libros que hab�an sido le�dos, sobados y vueltos a colocar sin demasiado cuidado; sobre la chimenea colgaba un cuadro que pod�a haber sido de Jerusal�n. Todo lo dem�s era un desorden masculino de gustos mezclados: sillas de cuero, cojines hechos con trozos de lana de diferentes colores y un batiburrillo de alfombras orientales. Y objetos de plata �rabe, muy blanca y adornada, brillando como cofres del tesoro en los oscuros rincones. Y adem�s, un estudio, en una alcoba a la que se bajaba mediante dos escalones, con un escritorio estilo ingles y una vista panor�mica del valle del cual ella acababa de emerger y de la costa a la luz de la luna.