La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
Se hab�a sentado donde �l le hab�a dicho que lo hiciera, sobre el sof� de cuero, pero el propio Tayeh segu�a cojeando sin cesar por la habitaci�n, apoyado en su bast�n, haciendo una cosa cada vez, mientras le echaba ojeadas desde distintos �ngulos, midi�ndola. Ahora los vasos; ahora una sonrisa; ahora, con otra sonrisa, vodka; y finalmente Scotch, aparentemente de su marca favorita, porque estudi� la etiqueta con aprobaci�n. A cada lado de la habitaci�n hab�a un chico sentado con una metralleta atravesada sobre las rodillas. Sobre la mesa hab�a un mont�n de cartas y, sin mirar, supo que eran sus propias cartas a Michel.
�No confundas la aparente confusi�n con incompetencia -le hab�a advertido Joseph-. Nada de ideas racistas sobre la inferioridad �rabe, por favor.�
Las luces se apagaron, pero esto suced�a a menudo, incluso en el valle. El estaba de pie, recortado contra la enorme ventana, una sombra de sonrisa alerta apoyada en un bast�n.
-��Sabe qu� nos pasa cuando vamos a casa? -pregunt�, sin dejar de mirarla. Pero su bast�n apuntaba a la ventana-. �Puede imaginar c�mo es estar en el propio pa�s, bajo sus propias estrellas, de pie en la tierra con un arma en la mano, buscando al opresor? Preg�nteselo a los chicos.
Su voz, como otras que conoc�a, era a�n m�s bella en la oscuridad. -Usted les gust� - dijo-. �Le gustaban a usted?
-�Si�
-��Cu�l le gustaba m�s?
-�Todos por igual -dijo ella, y �l ri� otra vez.
-�Dicen que est� muy enamorada de su palestino muerto. �Es verdad?
Su bast�n segu�a apuntando a la ventana.
-�En los viejos tiempos, si ten�a usted coraje, la llev�bamos con nosotros. Del otro lado de la frontera. Ataque. Venganza. Regreso. Celebraci�n. Ir�amos juntos. Helga dice que desea usted pelear. �Desea pelear?
-�S�.
-��Contra cualquiera o s�lo contra los sionistas?
-�No espero la respuesta. Estaba bebiendo-. Alguna de la escoria que conseguimos quiere volar el mundo entero. �Usted es as�?
-�No.
-�Esa gente es escoria. Helga�, el se�or Mesterbein� escoria necesaria. �Si?
-�No he tenido tiempo de averiguarlo.
-��Es usted escoria?
-�No.
Se encendieron las luces.
-�No -acept� �l, mientras continuaba su examen-. No, no creo que lo sea. Tal vez cambie. �Ha matado a alguien alguna vez?
-�No.
-�Es usted afortunada. Tiene una polic�a. Su propia tierra. Par-lamento. Derechos. Pasaportes. �D�nde vive?
-�En Londres.
-��En qu� parte?
Ella ten�a la sensaci�n de que sus heridas le hac�an impaciente; que apartaban su mente de sus respuestas todo el tiempo, dirigi�ndola hacia otras cuestiones. Hab�a encontrado una silla alta y la arrastraba con descuido hacia ella, pero ninguno de los chicos se levant� a ayudarlo y supuso que no les importaba. Cuando tuvo la silla donde la quer�a, acerc� una segunda, se sent� en la anterior y, con un gru�ido, puso su pierna sobre la otra. Y cuando hubo hecho todo eso, sac� un cigarrillo suelto del bolsillo de su t�nica y lo encendi�.
-�Usted es nuestra primera inglesa, �lo sab�a? Holand�s, italiano, alem�n, suecos, un par de americanos, irland�s. Todos vienen a luchar por nosotros. Ingl�s, no. No hasta ahora. Como de costumbre, los ingleses llegan demasiado tarde.
�Experimento un sentimiento de gratitud.� Como Joseph, �l hablaba de dolores que ella no hab�a experimentado, desde un punto de vista que todav�a ten�a que aprender. No era viejo, pero pose�a una sabidur�a adquirida demasiado pronto. Su cara estaba junto a una peque�a l�mpara. Tal vez por eso la hab�a puesto all�. �El capit�n Tayeh es un hombre muy inteligente.�
-�Si quiere cambiar el mundo, olv�dese del asunto -observ� �l-. Los ingleses ya lo hicieron. Qu�dese en casa. Represente sus peque�os papeles. Mejore su mente en un vac�o. Es m�s seguro.
-�No, ahora no lo es -dijo ella.
-��Oh, podr�a regresar! -Y bebi� m�s whisky-. Confesi�n. Re-forma. Un a�o en prisi�n. Todo el mundo deber�a pasar un a�o en prisi�n. �Por qu� suicidarse luchando por nosotros?
-�Por �l -rectific� ella.
Con el cigarrillo, Tayeh avent� con irritaci�n su romanticismo. -D�game, �qu� es para �l? Est� muerto. En uno o dos a�os, todos habremos muerto. �Qu� es para �l?
-�Todo. El me ense��.
-��Le dijo lo que hacemos�? �Bombardear? �Disparar? �Matar�? No importa.
Durante un rato, s�lo se ocup� de su cigarrillo. Lo miraba arder, inhalaba y frunc�a el ce�o. Despu�s lo apag� y encendi� otro. Supuso que en realidad no le gustaba fumar.
-��Qu� pod�a ense�arle? -objet�-. �A una mujer como usted? Era un ni�o. No pod�a ense�arle nada a nadie. No era nada.
-�Lo era todo -repiti� con obstinaci�n, y una vez m�s sinti� que �l perd�a inter�s, como alguien aburrido por una conversaci�n inmadura. Despu�s comprendi� que hab�a escuchado algo antes que los otros. Dio una r�pida orden. Uno de los chicos salt� hacia la puerta. �Corremos m�s r�pido cuando se trata de hombres lisiados�, pens�. Escuch� voces suaves afuera.
-��Le ense�� a odiar? -sugiri� Tayeh, como si no hubiera sucedido nada.
-�Dijo que el odio quedaba para los sionistas. Dijo que para pelear es necesario amar. Dijo que el antisemitismo era una invenci�n cristiana.
Se interrumpi�, escuchando lo que Tayeh hab�a o�do mucho antes: un coche que ascend�a la colina. Oye como un ciego -pens�-. Es a causa de su cuerpo.
-��Le gusta Estados Unidos? -pregunt�.
-�No.
-��Ha estado alguna vez?
-�No.
-��C�mo puede decir que no le gusta si no ha estado? -pregunt�.
Pero una vez m�s se trataba de una pregunta ret�rica, una observaci�n que hac�a para s� mismo en el di�logo que estaba produciendo a su alrededor. El coche estaba deteni�ndose en el patio delantero. Escuch� ruidos de pasos y voces bajas y vio los rayos de luz de los faros que cruzaban la habitaci�n, antes de ser apagados.
-�Qu�dese donde est� -orden� �l.
Aparecieron otros dos chicos, uno llevando una bolsa de pl�stico, el otro una metralleta. Se quedaron quietos, esperando respetuosamente a que Tayeh les dirigiera la palabra. Las cartas yac�an entre ellos, sobre la mesa y, cuando record� lo importante que hab�an sido, su desorden le pareci� majestuoso.
-�No la siguen y va usted hacia el sur -le dijo Tayeh-. Termine su vodka y vaya con los chicos. Tal vez la crea, tal vez no. Tal vez no sea tan importante. Tienen ropas para usted.
No era un coche, sino una mugrienta ambulancia blanca con medias lunas verdes pintadas a los lados y mucho polvo rojo sobre el cap�. Un chico despeinado, con gafas oscuras, iba al volante. Otros dos se acuclillaban sobre las literas en la parte trasera, con sus metralletas metidas dificultosamente en el espacio estrecho, pero Charlie se sent� audazmente junto al conductor, con una t�nica de hospital gris y un pa�uelo en la cabeza. Ya no era de noche, sino un alegre amanecer, con un pesado sol rojo a su izquierda que se empe�aba en ocultarse mientras bajaban cuidadosamente la colina. Trat� de mantener una conversaci�n intrascendente en ingl�s con el conductor, pero �l se enoj�. Dirigi� un jovial �!Eh, ustedes!� a los chicos que iban detr�s, pero uno era sombr�o y el otro feroz, pens�. �Hagan su maldita revoluci�n�, y se dedic� a mirar el paisaje. Al sur, hab�a dicho �l. �Por cu�nto tiempo? �Para qu�? Pero hab�a una �tica de la ausencia de preguntas y su orgullo su instinto de supervivencia le exig�an que se conformara a ella.
El primer control lleg� cuando entraban a la ciudad; hubo otros cuatro antes de que la dejaran por el camino costero hacia el sur, y en el cuarto hab�a un chico muerto que dos hombres met�an en un taxi, mientras las mujeres gritaban y golpeaban el techo. Estaba echado de costado con una mano vac�a apuntando hacia abajo, buscando algo todav�a. �Despu�s de la primera muerte no hay otra�, se dijo Charlie, pensando en el asesinado Michel.