La chica del tambor
- Автор: Ле Карре Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Шпионские детективы
Электронная книга - «La chica del tambor». Краткое содержание книги:
-�Los pobres jud�os no pueden descansar mientras nos tengan sobre sus conciencias - explic�, so�adora-. Dios ha sido tan severo con ellos. �Por qu� no podr� ense�arles a amar?
Al mediod�a, Salma le llev� un pastel de queso, chato, y un tarro de t�, y cuando hubieron almorzado en su casucha ascendieron juntas, atravesando un bosquecillo de naranjos, hasta lo alto de una colina muy parecida al lugar en el que Michel le hab�a ense�ado a disparar con el arma de su hermano. Una cadena de monta�as marrones se extend�a en el horizonte, al oeste y al sur.
-�Las del este son de Siria -dijo Salma, se�alando un lugar del otro lado del valle-. Pero aqu�llas -y movi� el brazo hacia el sur y lo dej� caer despu�s en un s�bito gesto de desesperaci�n-, aqu�llas son nuestras y de all� saldr�n los sionistas para venir a matarnos.
Al descender, Charlie tuvo una visi�n de camiones del ej�rcito aparcados bajo la red de camuflaje y, en un bosquecillo de cedros, el brillo opaco de los ca�ones que apuntaban al sur. Su padre ven�a de Haifa, a unas cuarenta millas de distancia, dijo Salma. Su madre hab�a muerto, ametrallada por un bombardero israel� cuando sal�a del refugio. Ten�a un hermano que era un pr�spero banquero de Kuwait. No, dijo con una sonrisa, respondiendo a la pregunta obvia: los hombres la encontraban demasiado alta y demasiado inteligente.
Por la tarde, Salma llev� a Charlie a un concierto infantil. Despu�s fueron a una escuela y, junto con otras veinte mujeres, fijaron pegatinas chillonas en las camisetas de los ni�os, prepar�ndolas para la gran manifestaci�n, utilizando una plancha de hierro verde, como una m�quina, que se quemaba a cada rato. Algunas de las pegatinas eran consignas en �rabe que promet�an la victoria total; otras eran fotograf�as de Yaser Arafat, a quien las mujeres llamaban Abu Ammar. Charlie se qued� con ellas la mayor parte de la noche y se transform� en su campeona. Dos mil camisetas de las tallas correctas, hechas a tiempo gracias a la camarada Leila.
Pronto su casucha estuvo llena de ni�os del amanecer al atardecer. Algunos iban a hablar ingl�s con ella; otros, a ense�arle a bailar y a cantar sus canciones. Y otros, finalmente, para coger su mano y caminar calle arriba y calle abajo en su compa��a, porque eso era prestigioso. En cuanto a sus madres, le llevaban tantas galletas, dulces y pasteles de queso que hubiera podido mantenerse all� para siempre, que era lo que deseaba hacer.
��Y qui�n es ella?�, se preguntaba Charlie, aplic�ndose a imaginar otra historia incompleta, mientras miraba a Salma recorriendo su triste camino privado entre su gente. La explicaci�n fue insinu�ndose de manera gradual. Salma hab�a estado en el mundo. Sab�a c�mo hablaban los occidentales de Palestina. Y hab�a visto con mayor claridad que su padre lo lejos que estaban las monta�as marrones de su hogar.
La gran manifestaci�n tuvo lugar tres d�as m�s tarde, comenzando en el campo deportivo, en medio del calor de la ma�ana, y avanzando lentamente alrededor del campo, por calles atestadas de gente y adornadas con banderas bordadas a mano que hubieran sido el orgullo de cualquier instituto femenino ingl�s. Charlie estaba de pie en la puerta de su casucha, levantando a una ni�ita que era demasiado peque�a como para marchar, y el ataque a�reo empez� un par de minutos despu�s de que hubo pasado la maqueta de Jerusal�n, que llevaba media docena de ni�os. Primero ven�a Jerusal�n, con la mezquita El Aqsa, hecha con papel dorado y conchillas. Despu�s, ven�an los hijos de los m�rtires, llevando cada uno una rama de olivo y una de las camisetas en las que hab�an trabajado. Despu�s, como una continuaci�n de las festividades, lleg� el alegre tamborileo de fuego desde la colina. Pero nadie grit� ni comenz� a huir. Todav�a no. Salma, que estaba de pie junto a ella, ni siquiera levant� la cabeza.
Hasta entonces, Charlie no hab�a pensado en los aviones. Hab�a visto un par de ellos, muy arriba, admirando las estelas blancas mientras daban vueltas ociosas por el cielo azul. Pero, en su ignorancia, no se le hab�a ocurrido que los palestinos pod�an no tener aviones, o que las fuerzas a�reas israel�es pod�an molestarse ante las demandas fervientes de su territorio hechas a tan poca distancia de la frontera. Hab�a estado m�s interesada en las muchachas de uniforme bailando en los flotadores arrastrados por tractores, balanceando las metralletas atr�s y adelante al ritmo de la multitud; en los chicos combatientes con tiras de kuffias rojas al estilo apache rodeando sus frentes, de pie en la parte trasera de los camiones con sus metralletas; en el aullido interrumpido de tantas voces de uno a otro extremo del campo. �Es que no enronquec�an nunca?
Y tambi�n sucedi� que en ese preciso momento, su mirada hab�a sido atra�da por un peque�o espect�culo subsidiario que se desarrollaba frente al lugar en el que estaban Salma y ella: el de un ni�o siendo castigado por un guardia. El guardia se hab�a quitado el cintur�n y lo hab�a doblado y estaba golpeando al ni�o en la cara con la hebilla y, durante un segundo, mientras pensaba todav�a si deb�a intervenir, Charlie tuvo la ilusi�n, en medio de tanto ruido como el que la rodeaba, de que era el cintur�n el que provocaba las explosiones.
Despu�s lleg� el gemido de los aviones que giraban y mucho m�s fuego desde el suelo, aunque indudablemente era demasiado ligero e insignificante como para impresionar a algo que estaba tan alto y era tan r�pido. Cuando cay� la primera bomba fue como un anticl�max: �Si la escuchas, es que est�s viva.� La vio relampaguear sobre la falda de la colina, a un cuarto de milla de distancia. Despu�s, una negra cebolla de humo cuando el ruido y la onda explosiva pasaron por encima de ella al mismo tiempo. Se volvi� hacia Salma y le grit� algo, alzando la voz como si se hubiera desatado una tormenta, aunque para entonces todo estaba sorprendentemente tranquilo. Pero el rostro de Salma estaba contorsionado en una mirada de odio mientras contemplaba el cielo.
-�Cuando quieren darnos, nos dan -dijo-. Hoy est�n jugando con nosotros. Debes habernos tra�do suerte.
El significado de esta sugerencia era excesivo para Charlie, que lo rechaz� de plano.
Cay� la segunda bomba y pareci� m�s lejana todav�a, o tal vez fuera que estaba menos impresionable. Pod�a caer en cualquier lugar excepto en estos callejones atestados, con sus columnas de ni�os pacientes esperando como diminutos centinelas condenados a que la lava bajara de las monta�as. La banda reinici� la m�sica, mucho m�s alto que antes; la procesi�n volvi� a ponerse en camino, doblemente brillante. La banda tocaba una marcha y la multitud bat�a palmas. Recuperando el uso de las manos, Charlie baj� a su peque�a y comenz� a batir palmas tambi�n. Las manos le hormigueaban y le dol�an los hombros, pero sigui�. La procesi�n se hizo a un lado. Pas� un jeep a toda velocidad, con las luces encendidas, seguido de ambulancias y de un coche de bomberos. Detr�s de ellos qued� una cortina de polvo amarillo, como el humo de la batalla. La brisa la dispers�, la banda volvi� a iniciar la m�sica y le toc� el turno al sindicato de pescadores, representado por un furg�n amarillo cubierto de retratos de Arafat, con un gigantesco pez de papel pintado de rojo, blanco y negro, en el techo. Despu�s de esto, conducido por una banda de flautistas, ven�a otro r�o de ni�os con armas de madera, cantando la letra de la marcha. El canto creci�, toda la multitud cantaba, y Charlie, con palabras o sin ellas, cantaba con todo su coraz�n.