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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Sin embargo, se movió de izquierda a derecha, esperando que algo cambiara. Al avanzar de lado, sus pies encontraron una leve pendiente… por desgracia, no subía más de un metro. Sin embargo, suponía una diferencia crucial. De puntillas, con los brazos extendidos al límite, las yemas de sus dedos pasaron por encima de la sucia concentración de conchas y rozaron piedra lisa.

Hasta aquí llega el agua. ¡Éste es el techo de la marea alta! Esto ofrecía posibilidades. Supongamos que lo despierto a tiempo. ¿Podríamos Brod y yo nadar y flotar con la corriente, manteniendo la cabeza seca?

No sin algo fuerte y estable a lo que poder agarrarse, comprendió con disgusto. Lo más probable era que la acción de las olas los aplastara contra las afiladas paredes y luego expulsase sus fragmentos para que se unieran con los demás restos del bombardeo de las piratas.

La única esperanza real era encontrar una grieta o un asidero, por encima. Si hay algún modo de llegar hasta allí a tiempo.

Volvió a comprobar cómo se encontraba Brod; dormía pacíficamente. Maia se inclinó por segunda vez para arrastrar al muchacho un poco más arriba de la pendiente que había hallado. Entonces empezó a explorar la caverna en profundidad, abriéndose paso hacia la derecha, palpando la capa de percebes en busca de alguna ruta, alguna vía por encima de la zona asesina. Poco después dio un respingo, y apartó la mano tras sentir un pinchazo más fuerte de lo normal. Al meterse un dedo en la boca, Maia saboreó la sangre y se dio cuenta de la extensión del corte. Ojalá vivas para disfrutar de otra cicatriz, pensó, y siguió buscando una protuberancia, una rendija, algo que ofreciera un atisbo de ruta hacia arriba.

Un minuto o dos después, Maia casi resbaló cuando algo se le enganchó en el tobillo. Se inclinó para soltarlo y sus manos palparon madera, un tablón arrancado con un trozo de vela y cuerda empapada, fragmentos del pequeño esquife que habían hundido sin darle siquiera un nombre.

Tiritando, continuó su monótona tarea, cuya principal recompensa consistía en la desagradable familiaridad con el contorno de una extraña y bien defendida forma de vida marina. Un poco después, el banco de arena empezaba a descender de nuevo, apartándola aún más de su objetivo, y acercándola al agua helada.

Bueno, aún queda esa zona donde he puesto a Brod. Albergaba pocas esperanzas de que la topografía fuera diferente.

A punto de renunciar y dar la vuelta, la mano de Maia encontró… un agujero. Temblando, exploró sus contornos. Era una especie de hendidura, a un metro por encima del banco de arena. Podría servir para apoyar el pie e iniciar una escalada; pero con una clara pega: el procedimiento propuesto implicaba usar los afilados y resbaladizos percebes como asideros.

Maia se dio la vuelta, contó los pasos, y se arrodilló ante los restos del naufragio que había encontrado antes. Con los restos de la vela, hizo tiras para envolverse las manos. Se enrolló también al hombro la mayor cantidad de cuerda que pudo encontrar. No era mucho. Rápido, pensó. La marea llegará pronto.

Con dificultad, volvió a encontrar la hendidura. Por fortuna, las suelas de sus zapatos de cuero estaban casi intactas, así que Maia sólo dio un respingo de incomodidad cuando colocó el pie en el hueco y extendió las manos, agarrando con fuerza dos puñados de conchas. Incluso a través de la tela, aquellas cosas la apuñalaron dolorosamente. Apretando los labios, empujó, usando primero una pierna y luego la otra, aupándose con ambos brazos hasta que se quedó suspendida de un pie, apretada contra la pared. Ahora los agudos picos atacaban todo su cuerpo, no sólo las extremidades.

Muy bien, ¿y después qué?

Con el pie libre, empezó a buscar otro peldaño. Parecía arriesgado pedir a un puñado de conchas que soportaran todo su peso. Sin embargo, tenía que intentarlo.

Para su asombro, Maia encontró otra alternativa mejor. Otro agujero en la pared… ¡y a la altura adecuada!

No lo creo, pensó, metiendo dentro el pie izquierdo y apoyando torpemente su peso. No puede ser coincidencia. Esto debe significar…

Comprobando su conclusión, liberó una mano y palpó hasta que, naturalmente, encontró otro hueco. Uno que tenía que estar exactamente donde estaba. Los agujeros son obra de la mano de la mujer… del hombre, ya que este lugar solía ser un santuario. Me pregunto qué antigüedad tiene esta «escalera».

No, ni hablar. Cierra el pico, Maia. ¡Sólo concéntrate y sigue adelante!

Los huecos le facilitaban la ascensión. Con todo, la escalada fue difícil incluso cuando su rostro hubo sobrepasado la dolorosa capa de conchas y sólo tuvo que enfrentarse a los lisos e irregulares cortes en la cara de una pared casi vertical. Para cuando sus manos doloridas encontraron una anilla de metal clavada en la roca, le latían los músculos. El oxidado aro demostró ser útil como último asidero antes de que pudiera por fin pasar un pierna, y luego otra, por el redondeado borde de un saliente de piedra.

Maia se tumbó de espaldas, jadeando, escuchando el rugido de su propia respiración entrecortada. Tardó unos momentos en apreciar que no todo el sonido era interno. Puedo oír. Mis oídos se recuperan, advirtió, demasiado cansada para alegrarse. Permaneció inmóvil, mientras los ecos de su respiración resonaban en las paredes, junto con el susurro acuático de la marea.

Su pulso aún no se había regularizado cuando se obligó a incorporarse, apoyándose sobre un codo. Tengo que volver con Brod, pensó Maia, agotada. Volver a bajar sería duro, y aún no había pensado cómo subir a su amigo hasta allí si le resultaba imposible despertarlo. Como siempre, el futuro parecía inquietante, aunque Maia se alegró de haber encontrado un refugio. Eso contrarrestaba la sensación de desesperación que le minaba las fuerzas.

Se sentó, dejando escapar un gemido.

Algo más que su propio eco la alcanzó entonces, sofocado por las reverberaciones.

¿M—Maia—aia—aia?

Siguió un ataque de tos.

D—Dios mío—ío—ío… ¿qué ha pasado? ¿Dónde estás? ¡Maia—aia—aia!

Los ecos, al repetirse, le hicieron dar un respingo.

—¡Brod! —chilló—. ¡No pasa nada! ¡Estoy encima…!

Sus llamadas y las de él se solaparon, ahogando todo sentido en un mar de ecos. La alegre respuesta de Brod habría sido más gratificante si no tartamudeara tanto, ofreciendo agradecidas bendiciones tanto a Madre Stratos como a su patriarcal dios del trueno.

—Estoy encima de ti —repitió ella, cuando las molestas resonancias se apagaron—. ¿Puedes decirme cuánto ha subido la marea?

Oía un chapoteo.

—Ya me tiene acorralado en un montoncito de arena, Maia. Intentaré retroceder… ¡Oh!

La exclamación de Brod anunciaba su descubrimiento de la pared de conchas.

—¿Puedes ponerte en pie? —preguntó ella. Si era así, se ahorraría tener que bajar a buscarlo.

—Estoy… un poco mareado. Tampoco puedo oír bien. Déjame intentarlo. —Hubo sonidos de esfuerzo—. Sí, estoy de pie. Más o menos. ¿Debo entender… que todo está negro porque estamos bajo tierra? ¿O me he quedado ciego?

—Si estás ciego, yo también. Ahora, si puedes andar, por favor ponte de cara a la pared e intenta ir hacia la derecha. Ten cuidado y sigue mi voz hasta que estés justo debajo de mí. Intentaré ver cómo te ayudo a subir hasta aquí arriba. Lo prioritario es rebasar el nivel de la marea alta.

Maia siguió hablando para guiar a Brod, y mientras tanto se inclinó sobre el saliente para atar un extremo de su cuerda alrededor del aro de metal. Debía de haber sido puesto allí hacía mucho tiempo para que los botes atracaran en aquella diminuta cueva, aunque Maia no podía imaginar el motivo. Parecía un lugar horrible para ser utilizado como embarcadero. Mucho peor que el túnel oculto de Inanna en la isla de Grimké.

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