Mal De Amores
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:
– ¿No te gustan los cambios del siglo? -le preguntó su marido.
– No -contestó ella con la cabeza escondida entre los brazos.
– Éste tampoco me gusta a mí -dijo Diego acariciándole la espalda.
VII
El siglo fue cambiando muchas cosas, no nada más en lugares que Emilia creía sólo vivos en la imaginación de su padre, como Panamá, donde se firmó un tratado con los Estados Unidos para hacer un canal que abriera en dos la cintura de América, o Inglaterra, donde tuvo a bien morir una reina cuya vida duró una eternidad, o Japón y Rusia, que se mantuvieron en guerra durante cuatro años, sino en México, el país cuyas noticias sacudían los desayunos de su casa, y en Puebla, la ciudad que aprendió a querer junto a los pasos de su madre y bajo la lengua inclemente de su tía.
Resguardadas por la costumbre de la paz, habían llegado al país más novedades de las que Diego Sauri hubiera podido imaginar. Veinte mil kilómetros de vías ferrocarrileras cruzaban frente a las minas y los campos sembrados de henequén, hortalizas y granos para la exportación. Yacimientos de oro, plata, cobre y zinc creaban pueblos de la noche a la mañana. Compañías inglesas y norteamericanas contendían por la fertilidad endemoniada de los pozos petroleros. Se multiplicaron las plantas de textiles, las fundidoras, las fábricas de papel, yute, glicerina, dinamita, cerveza, cemento, jabón. Todo esto a una velocidad incontenible que iba convocando catástrofes al tiempo en que florecía.
Por ahí de 1904, las tertulias en la casa del doctor Cuenca cedieron los espacios de inocencia musical y literaria que tuvieron alguna vez, a la discusión sin tregua de los desperfectos acarreados por la bonanza modernizadora y el autoritarismo del régimen que la prohijaba: los salarios compraban cada vez menos, el país se liaba sin remedio a los ires y venires de la economía estadounidense, el ferrocarril socorría el enriquecimiento de los más ricos, los mineros discriminaban la mano de obra de los mexicanos, el progreso de la república se daba en desorden y las reglas de la política estaban regidas por la improvisación y el capricho.
Los domingos en la noche, el poeta Rivadeneira volvía a la intimidad de sus diarios y reproducía, dueño de una memoria sin equívocos, cada una de las intervenciones que escuchaba. Sabía como nadie quién de los asistentes era más lúcido, quién más hábil, quién más bravucón, quién más valiente.
A mediados de 1907, registró las muestras de rabia y desolación provocadas por la noticia de una matanza de obreros en Cananea, una mina de cobre en el norte del país. La información, llevada a la tertulia por un hombre delgado y medio calvo, de ojos ardientes y voz firme, hijo de una empobrecida familia de fabricantes zapateros, llamado Aquiles Serdán, provocó desde gritos de furia hasta silencios de piedra.
Ya en su casa, Rivadeneira resumió lo sucedido, mientras esperaba que Milagros Veytia se metiera por fin en la cama que compartían cuando las noches eran avaras con el resto de su destino. El doctor Octavio Cuenca hizo esa tarde el mejor análisis de cuantos pudieron hacerse:
"Esta sociedad -dijo apesadumbrado-, que hace cincuenta años soñábamos republicana, democrática, igualitaria, racional, se nos entrega ahora gobernada por minorías, autoritaria, lenta, cerrada sobre sí misma, y cosida por sus peores tradiciones coloniales."
A fines de ese año, una comisión de poblanos obsequiosos tuvo la ocurrencia de hacerle un regalo al gobernador Mucio Martínez, el hombre que llevaba muchos años haciendo su voluntad sobre la gente y las tierras del estado.
Pensando en un regalo para quien parecía tenerlo todo, estos señores dieron con la idea de un gran álbum que agrupara el reconocimiento y las firmas de los hombres más importantes de la ciudad.
No faltaron ofrecidos dispuestos a buscar celebridades. Tampoco faltaron decenas de celebridades anuentes. ¿Quién que fuera dueño de algo, aunque sólo fuera prestigio, no iba a ponerlo a los pies de quien protegía su derecho a poseerlo?
Firmaron todos. Los dueños de latifundios que ni por tren podían recorrerse en un solo día, los dueños de las fábricas en las que los obreros trabajaban dieciocho horas diarias, los dueños de las tiendas y los honores. Todos los posibles firmantes, y hasta varios de los imposibles.
Al doctor Cuenca le llevaron el álbum cuando ya estaba repleto de bendiciones y firmas notables. Nadie podía desconfiar de un hombre tan austero y generoso, de un hombre con un diagnóstico tan preciso, de un hombre tan fino que le daba vergüenza cobrar por su trabajo, de un hombre cuya única rareza consistía en curar gratis a los pobres.
Diego Sauri llegó de visita con Emilia bajo el brazo, la tarde en que el doctor Cuenca revisaba sonriente las genuflexiones verbales de sus compatriotas.
– ¿Qué le parece, mi amigo? -le preguntó el doctor Cuenca.
– Puras abyecciones -dijo Diego metiendo la nariz en el libro-. ¿Qué piensa usted hacer?
– Ya hice -contestó sin alardes el doctor.
Diego tomó el libro y empezó a hojearlo hasta encontrar la firma de su amigo: Una sola herencia quiero dejarles a mis hijos: parálisis en la espalda ante el tirano.
Diego sonrió pasándose la mano por la cara.
– Pero con su permiso voy a recortarlo. ¿No pensará usted meterse en un lío de este tamaño? Creo que no necesito recordarle quién es el gobernador.
– No -dijo el doctor Cuenca-. Pero vamos a dejar el mensaje. Hay placeres que uno no debe negarse. ¿Verdad hija? -le preguntó a Emilia.
Tres días después llegó la orden de aprehensión: una semana de cárcel por escandalizar borracho a las tres de la mañana.
– Usted no se ha emborrachado jamás -enfureció Diego Sauri.
– Pero no es mal argumento -dijo el doctor Cuenca-. La queja está firmada por tres vecinos. Despreocúpese, no me pasará nada. Ya ve cuántas veces entra y sale José Olmos y Contreras.
Olmos era director del diario La voz de la Verdad, y en efecto, Diego Sauri lo había visto entrar y salir de la cárcel como quien entra y sale de ejercicios espirituales: inmutable.
Igual que él salió el doctor Cuenca ocho días después. En la puerta de la cárcel, cerca de medianoche, lo esperaban sus amigos de cada domingo, lidereados por el boticario Sauri, las hermanas Veytia y Emilia muriéndose de sueño.
Desde entonces, el doctor y sus amigos quedaron registrados como peligrosos. Repentinamente, dos o tres amigos de amigos de amigos quisieron asistir a las tertulias, y como no hubiera sido posible negarles la entrada a personas que aparentaban tantísimo interés por el arte, la medicina y el trato con los espíritus de los que ahí se hablaba tanto, las reuniones de los domingos perdieron de una semana para la siguiente todo su contenido político y exageraron su vocación por el teatro, la música y otras artes. La primera y fundamentaclass="underline" el disimulo.
No se hablaba con frecuencia de los problemas sociales ni se hacían críticas al gobierno, todo parecía cosa de canción y poemas, pero todos los que debían saber algo lo sabían y cuanto secreto creció en ese mundo de conspiradores se guardó entre ellos como se guardan los tesoros.
Daniel Cuenca, que al terminar el bachillerato quiso estudiar leyes, acudía como su hermano Salvador a una universidad en el sur de los Estados Unidos. No había cumplido veinte años cuando empezó a viajar por Chihuahua y Sonora para conocer a los grupos de liberales dispuestos a levantarse contra Porfirio Díaz. Sin embargo, los domingos, de eso no se habló nunca una palabra en voz alta y todo se resolvía preguntándole al doctor por la salud de sus muchachos y el éxito que conseguían en sus estudios.
Entre semana, los tambores escondidos el domingo llamaban a guerra de boca en boca y de carta en carta.
Emilia los oía a veces a sus espaldas y a veces en el centro mismo de su despabilada y hermosa cabeza adolescente. Su fiesta de quince años se aprovechó para hacer en casa de los Sauri la primera reunión de un club antirreleccionista. Tales agrupaciones, no sólo no estaban prohibidas, sino que abundaban como una muestra poco peligrosa de la voluntad democratizadora del gobierno. El cumpleaños de Emilia terminó entre vivas a la patria y mueras al autoritarismo.
– ¿Algún día va a regresar ese estúpido? -le preguntó a Milagros, por ahí de las tres de la mañana, ya medio ebria del oporto que su padre servía como aderezo del jolgorio democratizador.