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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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– Chamaco cabrón, ¿de quién es? -dijo Salvador festejándolo.

– Mío -gritó Emilia empujando a Daniel por la espalda para que fuera a flotar junto al vestido.

Ni Salvador ni su amigo la habían visto acercarse. Pero nada pudo divertirlos tanto como aquella niña gritona que había aparecido de pronto en paños menores, lo mismo que un conejo a medio pelar, para vengarse. Porque aunque Daniel hubiera ya sacado la cabeza para decir que estaba feliz dentro del agua, Salvador sabía reconocer muy bien lo que era el orgullo vulnerado de su hermano.

Él y su amigo se reían tanto mientras seguían echando humo, que Emilia dejó de celebrar su triunfo y recordó que no llevaba puesto el vestido. Sintió que la quemaban con su risa los muchachos mayores y no encontró mejor salida que saltar al estanque para esconder su confusión en el agua.

Así acabó el ensayo de aquella tarde.

Poco tiempo después, el doctor Cuenca decidió que Daniel debía dejar las sonrientes faldas de Milagros Veytia para obedecer de una vez por todas las normas de vida que le parecían necesarias a su padre.

Todavía pudo conseguir Milagros, tras el inteligente palique con que era capaz de alegar que su legitimidad como tutora le venía de las últimas palabras que María Esparza le había puesto en el oído, la anuencia del doctor para esperar. Lo convenció pidiéndole que lo dejara cerca al menos hasta concluir el siglo, y quién sabe qué cosa tocaría en su ánimo con tal súplica, pero el hecho fue que Daniel permaneció en la ciudad un año más, cerca de la voluntaria tía postiza cuyo rescoldo se le había vuelto imprescindible para salir bien librado de cuanta temeridad se le ocurría.

Sólo al empezar 1901 la cabeza alborotada y el acertijo que vivía en la risa de Daniel Cuenca fueron enviados al colegio para jóvenes que dirigía don Camilo Aberamen, un italiano riguroso, experto en formar el carácter de niños imposibles.

Para entonces Emilia y Daniel habían cambiado su litigio por complicidad. Pasaban las tardes del domingo trepando árboles, intercambiando las piedras que coleccionaban durante la semana, pateando el agua del estanque mientras se turnaban para rascarse la espalda. Esto último en cumplimiento de un contrato que había establecido Emilia para evitarse una desavenencia con su amigo.

Una tarde, mientras mojaban los pies con el ánimo de no curarse jamás la tos que compartían, Daniel le pidió que le rascara la nuca.

– ¿Cuánto tiempo?

– Hasta que yo te diga.

– No -dijo Emilia-. Te rasco toda la espalda, pero cuento hasta sesenta y luego tú me rascas a mí.

A Daniel le había parecido justa la idea, y de aquella conversación se derivó un acuerdo.

El último domingo de aquel febrero, cada uno de los juegos tuvo el cuidado de un rito. El cambio de piedras duró menos tiempo que otras veces, porque Emilia no tuvo que exhibir una por una todas las ganancias de su colección para ver si con alguna convencía a Daniel de que le cambiara una piedra negra, brillante y tersa como la seda, a la que él llamaba su amuleto y que llevaba consigo a todas partes. La ponía bajo su almohada antes de dormirse y era lo primero que tocaba al despertar. La habían encontrado juntos una seca mañana de invierno en que Milagros los llevó a caminar junto a las aguas del río Atoyac. Emilia la había visto brillar entre las otras y había perdido el tiempo en señalarla mientras Daniel seguía su dedo con los ojos y se agachaba para ganársela.

– ¡Es mía! -gritaron los dos al mismo tiempo, pero estaba en la mano de Daniel y ahí se quedó por varios meses de intercambios durante los cuales Emilia pasó de la condescendencia al chantaje sin lograr jamás nada.

– Abre la mano -dijo Daniel al empezar el intercambio de aquel domingo.

Emilia extendió su mano y sintió caer la piedra en el cuenco de su palma. El amuleto de Daniel brilló un segundo bajo el sol que palidecía.

– ¿Estás seguro? -preguntó Emilia como si apretara un brillante entre sus dedos.

– Vamos al estanque -le contestó Daniel, al que desde niño le costaba trabajo exhibir su generosidad.

Metieron los pies al agua helada. Empezaron a moverlos asustando a los peces de la orilla.

– ¿Te rasco la espalda? -preguntó Emilia.

– Hasta sesenta -le contestó Daniel.

Emilia empezó a recorrerle la espalda con sus dedos delgados, mientras contaba despacio como ninguna otra vez. Iba en el veinte cuando Daniel cruzó su brazo con el de ella y se puso a peregrinarle la espalda sin contar. Emilia se detuvo en el veintitrés y tampoco habló más. Estuvieron así un rato, sin aquietar los pies hasta que Emilia dejó caer su mano y se atrevió a decir:

– No quiero que te vayas.

– ¿Y eso qué?

– Te prometo cuidar tu piedra.

– Ya es tuya -le contestó Daniel. -¿Allá te vas a buscar otra?

– No. Allá no hay piedras -dijo Daniel sacando los pies del agua.

– ¿Y niñas?

– Tampoco -dijo Daniel.

Caminaron rumbo a la casa con los zapatos en la mano y la tos de febrero en la garganta. Milagros Veytia había salido a encontrarlos y fingió un disgusto.

– Par de escuincles locos: ¿qué hacían con los pies en el agua? -dijo al encontrarlos.

– Despedirnos -contestó Emilia, que aprendió de su madre a contar sin recato las tribulaciones de su corazón.

Milagros los llevó a una recámara, les frotó los pies con alcohol, les preparó una infusión de yerbas olorosas y les contó uno de sus cuentos aventureros y heroicos. Cuando Josefa entró al cuarto para recuperar a su hija, encontró a Milagros presa de una extraña sonrisa, sentada al borde de una cama en la que dormían dos niños exhaustos.

– Te ayudo a cargarla -le dijo Milagros al verla mover despacio el cuerpo de Emilia.

– Que despierte y camine.

– Hoy no -dijo Milagros como si no hubiera otra autoridad que la de su voz. Y como si así fuera, Josefa la obedeció sin protestas.

Cuando salieron al corredor, Diego Sauri las vio caminar unidas por el cuerpo abandonado de su hija y una vez más ratificó su certidumbre de que las mujeres eran lo mejor que había en el mundo.

El lunes en la mañana el doctor Cuenca y su hijo menor emprendieron el viaje al internado en Chalchicomula. Sólo así, se decía el doctor Cuenca, haciéndolo vivir junto a su hermano, en un mundo planeado para educar hombres, se repondría Daniel del exceso de mimos que le había procurado la generosa pero inmoderada amiga de su mujer.

Milagros Veytia estuvo en cama una semana pretextando la gripe más atroz de su vida. Josefa la visitó el martes para prepararle una sopa y hacerla tomar las píldoras de Drosera y el jarabe de Tolú que mandaba su marido.

– Es absurdo -le dijo Milagros-, los niños se mojan y una se enferma-. Luego tosió dos veces y se puso a llorar su orfandad sobre las piernas de su hermana.

VI

Emilia empezó con un catarro tan escandaloso como el de Milagros y terminó con viruelas locas. Durante dos semanas, Josefa no pudo hacer más que, bañarla con yerba mora varias veces al día y soportar las críticas que casi todo el mundo tuvo contra el método curativo inventado por Diego.

– ¿Estaremos haciendo bien? -le preguntó a Diego una mañana en que el boticario leía el periódico Regeneración con la misma concentrada paciencia que hubiera puesto en estudiar la más novedosa receta médica.

– No. No creo que se logre.

– ¿Crees que le quedarán muchas marcas?

– Ya está marcado por sus infamias.

– Diego, hablo de Emilia. De momento no me importa el destino del gobernador de Sonora.

– Es gobernador de Nuevo León.

– No me haces caso. Tendré que pedir trabajo en un periódico para que me oigas. Al Imparcial voy a ofrecerle mis servicios.

– No menciones ese periódico de porquería.

– Emilia tiene un aspecto lastimoso y a ti no te importa -le reprochó Josefa, que de sólo ver a su hija quería llorar. Su cuerpo era un territorio purulento. Le dolía la garganta, le picaba la espalda, sus facciones se deformaron con un montón de granitos blanquecinos.

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