Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 69
Перейти на страницу:

Fue así como aquella inocente acabó llamándose de golpe María de la Soledad Casilda de la Virgen de Guadalupe de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

Con esa letanía se le dio gusto a su padre, que consideraba Soledad un nombre sonoro y contundente digno de acompañar sin más el cuerpo de su hija, a su abuela materna empeñada en ponerle a la niña el mismo nombre duro con el que ella vivía, a su madre que como toda mexicana con riesgos en el presente y temblor ante el futuro acudía para todo asunto a la dulce y muda presencia de la Virgen de Guadalupe, y a su abuela paterna que no era muy dada a tratar con los santos porque consideraba torpe meterse a pedirle algo a gente que por muchos méritos que tuviera no tenía ni de chiste el poder de los iluminados corazones de María y Jesús que, como cualquiera debía saber, eran importantes miembros del poderío central. Porque no en balde Jesús formaba parte de la Santísima Trinidad y María era su madre.

Total, de todo ese barullo resultó que la niña creció con dos nombres. El que le puso su padre y el que le dio su madre con aquella su vocación de quedar bien con todo el mundo, incluidas las dos partes en que su cabeza siempre acababa dividiendo el mundo para no tener que elegir demasiado: María José le dijo, desde que la tuvo entre sus brazos al volver de la ceremonia hasta que la niña cumplió siete años y enfrentó su fe de bautismo, cuando la llevaron a inscribir al colegio. Entonces supo que su primer nombre era Soledad y que estaba sola frente a eso y la rigidez de las monjas que así la llamaban.

Por ese tiempo, Evelia García de García, su madre, una mujer a quien la paciencia de Josefa mantenía como amiga más por serle fiel a la mutua infancia en que se quisieron, que por cualquier otro interés o afinidad, empezó a llevarla de visita a la casa de los Sauri. Emilia fue la primera en llamarla Sol.

No se le olvidaría nunca. Estaba sentada junto a su madre en un sillón acolchonado de los que Josefa Sauri tenía en su sala contra todas las leyes de la elegancia tradicional y a favor de la paz y el descanso de quienes la frecuentaban, cuando llegó del jardín, chapeada y brillante, una niña dos años menor que desde el primer día se hizo cargo de ella como si fuera la mayor.

– ¿Invitas a Soledad a jugar contigo? -le había pedido Josefa al verla entrar.

– Ven Sol. Te enseño mis tesoros -dijo Emilia sin más trámite.

Se hicieron amigas esa tarde y habían crecido buscándose, adivinando que una tenía lo que a otra le faltaba y que no había mejor manera de sentirse completas que andar juntas. Con el tiempo aprendieron tanto una de la otra que a primera vista eran menos profundas sus diferencias. Sólo ellas sabían que en momentos extremos, cada una era cada cual de la misma intensa y remota manera.

Por eso, cuando Salvador la dejó sin saber qué decirse de aquella conversación, y tras él vio pasar a Daniel corriendo, Sol buscó a su amiga y supo sin haber estado nunca ahí que la encontraría en el jardín.

Emilia seguía sentada cerca del estanque. Empezaba a caer una lluvia de gotas pequeñas.

– ¿Estás llorando? -le preguntó Sol agachándose para mirar de cerca su cara.

– Ya voy a terminar -dijo Emilia sacando de su bolso un pañuelo delgado de los que llegaban de Holanda. Luego abrazó a su amiga un largo rato. Sol la recibió sin hablar y estuvieron así hasta que las dos empezaron a mecerse.

Emilia había dejado de llorar y silbaba una cancioncita que iba marcando el ritmo con que bailaban abrazadas como dos osos.

– Conocí a Salvador -dijo Sol.

– ¿Te gustó? -preguntó Emilia interrumpiendo su música.

– Sí -le contestó Sol.

– Pobre de ti -dijo Emilia y retomó el silbido donde lo había dejado pendiente.

Abrazadas y silbando las encontró Josefa Sauri cuando salió a buscarlas. Había terminado de ayudar a su hermana para que la casa de los Cuenca no quedara hecha un caos.

– Están empapadas -les dijo.

– Lo de menos es lo de afuera tía Josefa -le contestó Sol que estaba por completo al tanto de la discrepancia entre la madre y la hija y se proponía suavizarla.

– Pobrecitas. Vengan, vamos a ver si podemos dormir.

– Nadie duerme cuerdo lleva a cuestas la fantasía de la revolución -dijo Milagros Veytia acercándose.

– ¿Ya te dijo Sol que deslumbró a Salvador? -le preguntó a Emilia.

– Es incapaz -contestó Emilia.

– Pero si yo la vi.

– Incapaz de decirlo -explicó Emilia.

– ¿Y a ti qué te pareció él? -quiso saber Josefa-. Tu mamá diría que es muy mal partido.

– Entonces ¿qué crees que me pareció?

– El hombre ideal -dijo Emilia.

– Casi -dijo Sol-. Por suerte, tardará tanto en regresar que para entonces estaré casada.

– ¿Con quién? -preguntó Emilia.

– Con alguno -contestó Sol en el tono que usaba para hablar de los inabordables designios de su madre.

– Eso si tú quieres -dijo Milagros Veytia.

– Voy a querer -le contestó Sol, como si adivinara el futuro.

– Por lo pronto vámonos o no vuelves a salir con nosotras -pidió Josefa viendo el reloj de la Waterbury Company que movía su péndulo en la sala de los Cuenca.

La buena pero poco ingeniosa Evelia García, como la calificaba Milagros Veytia, y su intachable pero colérico marido, como lo llamaba la propia Evelia, esperaban a su hija detenidos en la puerta de su casa frente a la Plazuela del Carmen.

Eran las diez y cuarto de la noche cuando las cuatro mujeres llegaron ahí en el auto que Rivadeneira les había prestado.

En cuanto las tuvo cerca pero aún con el coche andando, el señor García empezó a gritar. Sin que mediara mayor trámite calificó de inmorales a las Veytia y a la gente con que ellas se reunían los domingos y le reprochó a su hija lo que él consideraba un acto de libertinaje que manchaba la honra de su apellido y ponía en riesgo su condición de mujer decente.

– Pero si le traemos a su prenda más cuidada que nunca -gruñó Milagros cuando terminó de estacionarse.

– Mejor no hables Milagros -le pidió Josefa al ver el gesto de los García. Y saltando del coche con una destreza inusitada se disculpó por la tardanza.

– A ustedes no hay nada que perdonarles, ya las conocemos -dijo el señor García, que tenía a su mujer paralizada de terror-. ¿A qué horas vas a bajarte Soledad? -preguntó.

– Cuando a usted se le haya aquietado el tono de voz -dijo Milagros Veytia.

– A mí no tiene por qué bajárseme ningún tono, señora -dijo el señor García-. Soledad es mi hija y yo mando en ella. Por fortuna no me tocó ser padre de ustedes.

– Dice usted bien, la vida nos salvó de esa desgracia -dijo Milagros.

– Deje bajar a mi hija si no quiere que le diga al gobierno a qué dedican sus reuniones -contestó el señor García.

Sol iba sentada justo atrás de Milagros y en voz baja le pidió que la dejara salir.

– Como ve usted, la niña quiere bajarse -le dijo Milagros al señor García-. Lo mismo pasó en la reunión de la que venimos. Ella hubiera querido salir antes, pero no la dejábamos. Nos parecía necesario que usted se diera cuenta de que a cualquier hora está a salvo si la protegemos nosotras -agregó.

– ¿Acepta usted que había peligros? -preguntó el señor García.

– Sí -dijo Milagros-. Incluido el de la policía. Cualquier peligro de los que usted se imagina.

– Yo no imagino, señora.

– Perdóneme. Debí suponer que un hombre como usted no tiene ese vicio -dijo Milagros abriendo la puerta y bajándose para dejar salir a Sol.

Se había puesto para esa tarde uno de sus más vistosos huipiles, y se veía tan imponente con aquella ropa que apenas estuvo abajo suavizó incluso al aire que la rodeaba. La elegancia de su cuerpo en medio de tantos bordados pareció atemperar también al señor García.

– Después de todo no le pasó nada -dijo el hombre revisando a su hija mientras intentaba imaginar, quizás por primera vez, de qué demonios estaba hecha Milagros Veytia. Cambió de tono.

– En alguna otra parte habrá un hombre preocupado por ustedes. ¿Qué me dices de tu marido, Josefa? -preguntó tratando de que se olvidara su grosería.

1 ... 13 14 15 16 17 18 19 20 21 ... 69
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)