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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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En su casa, congregados en tomo al animal que Diego logró guardar en una jaula, estaban el doctor Cuenca, Milagros Veytia y hasta el poeta Rivadeneira. Todos miraban al animal con el horror de quienes ven tras él a la peste bubónica y a la rabia, pero al entrar Emilia disimularon el pánico mientras ella saludaba enseñando su mordida a cada uno de los presentes.

El doctor Cuenca consideró que no podía saberse nada de momento, y los Sauri decidieron conservar a la rata en la casa para observarla durante ocho días. Diego puso la jaula en el patio trasero del primer piso y ahí la dejó correr su tiempo. A los diez días de observarla viva y sana, quedó claro que Emilia estaba a salvo de cualquier daño. Para entonces Diego y su hija habían trabado amistad con la rata y cada tarde posponían su ejecución para el día siguiente. Como al mes no se habló más de ejecutarla y la rata se volvió una invitada habitual, a la que Diego le bajaba zanahorias cada mañana y Emilia pasaba a visitar al volver de la escuela.

– Es un encanto ese animal -dijo Diego Sauri durante la comida de un jueves-. Hasta voy a creer que algo tiene de Ponciano.

– La gente no reencarna en animales. Uno se muere y ya -declaró Josefa.

– Y ya ¿qué? -preguntó Emilia.

– Y ya quién sabe, hija -le contestó Josefa con una tristeza que puso a temblar a Emilia.

– Mi tía Milagros dice que uno se convierte en árbol, Sol García dice que uno se va al cielo, la señorita Lagos dice que al infierno, en casa del doctor Cuenca creen que los espíritus se quedan en el aire y ustedes dicen que quién sabe.

– Eso decimos -aceptó Josefa-. Así que te aseguro que la rata no es Ponciano. Pobre hombre, tanto bregar para que lo quieran ver en un animal de porquería. Ya que se muera, Diego, dale algo.

– Le voy a bajar una copita de oporto -dijo Diego sirviéndose un brandy-. ¿Tú quieres una, Emilia?

– Tienen razón mis amigas -dijo Josefa-. La estamos haciendo una niña rara.

– Pobre criatura si la dejamos ser como las demás -dijo Diego.

– Soy como las demás. Sólo que ustedes son más raros que otros padres -opinó antes de levantarse con la copa de la rata en la mano-. Si se la toma fue torero, si no la envenenamos -dijo.

A la rata no le gustó el oporto, pero Diego se había encariñado tanto con ella que sólo aceptó sacarla de su casa quince meses después y para otorgarle la libertad.

Subidos en uno de los primeros autos de motor que circulaban por la ciudad, los Sauri la dejaron atrás muy temprano en busca del campo. La ceremonia de abandono cobró tanta importancia que iban como invitadas Milagros Veytia y Sol García. El auto era un préstamo a Diego de su amigo el poeta Rivadeneira, quien además de su pasión por Milagros Veytia tenía en su haber una fortuna menos inasible que aquella mujer ingrata y luminosa.

Todos formaban un cortejo, en el que prevalecía la tristeza, presidido por la contundente Josefa Veytia y Rugarcía, como llamaba Diego a su mujer cuando ella se daba la obligación de comportarse como el único miembro de la familia capaz de mantener la cabeza en su lugar.

Caminaban entre las flores lilas que pespuntean el campo en octubre. Diego llevaba la jaula con una mano y de la otra iba colgada Emilia, tarareando una cancioncita que su padre insistía en silbar de madrugada: Agua quisiera yo ser a donde vas a bañarte. Cruzaban un llano buscando el centro.

– Aquí ya está bien -decidió Josefa al poco rato de andar.

Diego Sauri se detuvo a poner la jaula en el suelo.

– Yo le abro -dijo Emilia agachándose para levantar el pestillo que abría la puertecita. Ni un segundo tardó la rata en salir corriendo a estrenar el campo en que se perdería.

– Adiós Ponciano -murmuró Diego cuando la vio desaparecer entre unos matorrales.

– Ponciano era más educado. Ésta ni las gracias dio -dijo Milagros.

– Tienes razón -aceptó Diego melancólico-. Ustedes las Veytia siempre tienen razón.

– Hasta cuando les creemos a los yucatecos -soltó Josefa que había sacado un mantel de la canasta y lo hacía volar contra el viento empeñada en colocarlo sobre el pasto sin una arruga. Cinco veces lo dejó caer y volvió a levantarlo porque no le gustaba cómo había quedado. La última lo abandonó como estaba para evitarse las burlas de su hermana en torno a su espíritu perfeccionista.

Sentada en el suelo, Milagros la vio trajinar hasta que hubo acomodado sobre el mantel platos, vasos, vino, queso, ensalada, pan, mantequilla y hasta un florero al que le clavó unas flores que le llevaron Emilia y Sol. Milagros detestaba los trabajos que la costumbre les había dado a las mujeres, le parecían suertes menores en las que miles de talentos mayores dejaban el ímpetu que debía ponerse en cosas más útiles.

Cada vez que la tomaba por ahí, su más ferviente interlocutor era nada menos que Diego. Así que ambos pasaron esa tarde previendo un futuro luminoso para Emilia y las otras mujeres del planeta, mientras Josefa reía y las niñas corrían hasta perderse como dos puntos en el paisaje y regresaban a jugar damas chinas o darse el placer de irrumpir en la conversación de los adultos.

– Así está repartido el trabajo. Él pasa todo el día en la botica y no se queja -oyó Emilia decir a su madre mientras ponía queso en un pan.

– De acuerdo, hermana. Lo que no me parece es que Emilia vea tu actitud como algo ineludible y natural. Porque será muy tu hija, pero es mi ahijada y ella puede tener otro futuro.

– Yo voy a trabajar en la botica -dijo Emilia pasando cerca del grupo.

– Ella vivirá en otro siglo -sentenció Diego.

– Nosotros ya vivimos en otro siglo -dijo Milagros encontrando un asidero para empezar otro de sus discursos.

– Bendita seas cuñada, alguien que se dé cuenta -dijo Diego. Luego dio un largo trago de vino tinto.

– Llevamos cinco años dándonos cuenta. ¿Y de qué ha servido? -preguntó Josefa.

– Entre otras cosas ha servido para que el gobernador se reelija por tercera vez en nuestras narices -dijo Milagros.

– ¿Eso qué cambia? -preguntó Josefa.

– Lo que no se ve hasta que se ve -dijo Diego.

– Tu marido puesto en filósofo -rió Milagros.

– Tú empezaste -acusó Josefa-. Con que no sigan con los Flores Magón y eso de ir a visitarlos a Canadá.

– No va a dar a tiempo. Ellos van a volver antes.

– Los van a encerrar en cuanto lleguen -opinó Josefa.

– Avisarán su llegada con tiros, no con discursos -dijo Diego.

– No asustes a Josefa -pidió Milagros.

– Ni tú me protejas, hermana. Eso de la insurrección es una barbaridad. Va a fracasar. No entiendo por qué no lo entienden ustedes -dijo Josefa volviendo al discurso que no se cansaría de repetir: tener un Club Antirreleccionista era una cosa necesaria y correcta, pero convertirlo en un grupo de profesionistas con afán de justicia metidos a disparar, sería una barbaridad.

Oscurecía. Las niñas volvieron de su última expedición y entre todos guardaron los trastos en la canasta.

– ¿Te caíste? -le preguntó Diego a Emilia.

– No -contestó la niña.

– Tienes sangre en la falda. ¿Ahora qué te mordió?

– Nada. ¿Dónde tengo la sangre?

– ¿Dónde la ha de tener? -preguntó Milagros-. También para eso pasan los años.

– No lo digas, no lo digas -pidió Josefa mirando el tiempo en la falda de su hija, en la palidez de su cara infantil, en el asombro de sus ojos, en la prisa con que puso la mano entre sus piernas.

¿Qué tengo? -preguntó Emilia que veía una respuesta en el gesto de los demás.

– La sangre de las mujeres -le dijo su amiga Sol que era un año mayor y hacía tiempo se había conformado con esa frase oscura y unos trapitos blancos para solucionar su pregunta de cada mes.

Diego Sauri se supo fuera de la conversación. Echó a andar hacia ese otro misterio que era el automóvil de su amigo y las dejó hablando entre ellas, bajo un cielo al que empezaban a brotarle tres luceros.

Al rato, las mujeres dieron por resuelto su cónclave. Empezaba a llover. Volvieron cantando. Milagros se hizo cargo de llevar la voz:

Santa Bárbara doncella/tú que fuiste estrella/ líbranos de un rayo y de una centella.

Josefa no hubiera podido decir una palabra más.

Durante la noche despertó varias veces a llorar el primer cambio de su privadísimo siglo XX.

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