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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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Otras vacaciones, Milagros los hizo recorrer todo el estado de Puebla. Les enseñó el valle que según sus conocimientos habían gobernado en otro tiempo los designios del dios Xólotl, y les habló durante horas de los conocimientos astronómicos que cabían en la reverencia a un dios cuyo nombre quiere decir Caminante Celeste. También los llevó a Cholula, el centro religioso más importante del valle de Anáhuac, para que subieran la pirámide erigida en honor de Quetzalcóatl, el dios del aire.

– Era el dios inteligente y bueno, había enseñado a los hombres el arte de trabajar los metales, y el arte, más difícil aún, de gobernar a los pueblos. Cuando le hablaban de guerra se tapaba los oídos -les dijo Milagros Veytia mientras se acercaban al templo en un tranvía jalado por mulas.

Al llegar corrieron por la cuesta que sube a la punta de la pirámide hasta la iglesia que los españoles del siglo XVI plantaron encima del gran templo, sin ningún respeto por el dios con que los habían confundido los primeros habitantes de México.

– Españoles arbitrarios -dijo Daniel contemplando el paisaje sobre el que reinaba el atrio de la iglesia construida para la Virgen de los Remedios.

– Su religión y su tiempo eran los arbitrarios. Además, hijo, no conviene criticar a los antepasados -le dijo Milagros Veytia.

– Mis antepasados eran aztecas, no españoles -dijo Daniel.

– ¿Por eso tienes nalgas de torero? No es como uno quiere, sino como es -dijo la tía.

– Y los aztecas también eran arbitrarios -afirmó Emilia. Tenía las mejillas ardiendo y el fleco húmedo rizándose contra su frente:

– ¿Cuándo regresas al colegio? -preguntó.

– El martes -dijo Daniel pasándole un brazo por el hombro mientras caminaban hacia una mujer que vendía naranjas.

Ese domingo, por primera vez, Emilia encontró urgente pedirles algo a dos dioses al mismo tiempo. Sin embargo, ni Quetzalcóatl ni la señora de los Remedios pudieron ayudarla a evitar que el doctor Cuenca llevara a su hijo de regreso a Chalchicomula.

– Ya entiendo por qué ustedes no le rezan a ningún dios -les dijo a sus padres al poco tiempo.

– ¿Ya? -le preguntó Josefa levantando la cabeza, que había perdido entre los hilos con los que bordaba una servilleta.

– De todos modos no conceden nada -dijo Emilia.

– La única que concede cosas es la vida -intervino Diego tras las hojas abiertas de su cuarto periódico del día-. Y es generosa. Muchas veces concede lo que no se le pide. Pero nunca nos basta.

– A mí me ha bastado -confesó Josefa.

– A ti porque naciste con luna llena -le dijo Diego.

– ¿Yo con qué nací? -preguntó Emilia.

– Tú naciste con luz eléctrica -contestó su padre-. Quién sabe cuántas cosas vas a querer de la vida.

Los domingos extrañaba a Daniel más que los otros días. El jardín de los Cuenca se le hacía tan inmenso como era largo el tiempo.

A su amiga Sol García nunca la dejaban ir con ella a lo que en su familia llamaban tertulias de anarquistas. Así que mientras los adultos preveían la democracia, Emilia recorría la casa como un gato aburrido o se quedaba quieta en una silla de mimbre escuchándolos hablar de música y política. Se entretenía mirándolos desde lejos mientras ellos imaginaban y discutían el futuro como si dependiera de sus designios. Al hablar, Milagros movía las manos de un modo que a Emilia le resultaba elocuente de por sí. Verla desde el silencio era presenciar una danza memorable que sólo a ella le pertenecía y que se le quedó para siempre en el abismo donde uno acomoda sus mejores recuerdos.

Algunas veces, los Sauri llegaban tarde a las reuniones del doctor Cuenca, porque con la misma intensidad de sus pasiones republicanas, Diego cultivaba una irrebatible pasión por los toros que se propuso contagiarle a su hija. Ésa era tal vez una de sus escasas diferencias con Milagros su cuñada, quien no bajaba de carnicería lo que él exaltó siempre como un arte mayor.

Durante todo el siglo XIX, el asunto de los toros fue motivo de discusiones no sólo entre cónyuges y familiares, sino hasta en el Congreso. En 1867 el presidente Juárez prohibió lo que consideraba "una diversión bárbara, salvaje y estúpida que sólo podía agradarle a un gobierno despótico".

En ese punto Diego Sauri no estaba de acuerdo con aquel presidente al que llamaba en sus conversaciones "el implacable y buen señor Juárez". Así que cuando las corridas de toros se aprobaron en la Cámara, él fue uno de los primeros en celebrarlo.

Los Sauri habían conocido mucha gente inolvidable durante el largo itinerario en busca de yerbas medicinales al que llamaron su viaje de bodas. Su amistad con Ponciano Díaz, el primer torero mexicano de la época, se inició en aquel entonces, durante una pesada travesía entre Querétaro y Guadalajara. Cuando recibió la alternativa en la plaza de Puebla, el torero vivió y bebió unos días en la casa de sus amigos poblanos. Al poco tiempo se hizo famoso.

Ponciano Díaz era un hombre sencillo al que Emilia conoció una tarde en que su padre la llevó a los toros, vestida de china poblana y cargando un ramo de claveles más grande que ella.

A mitad de la corrida Diego bajó al ruedo con su hija y ella le entregó las flores a aquel hombre sudado y exhausto vestido de andaluz, a quien la autoridad de la plaza en Puebla había condecorado con una banda verde, blanca y roja igual a la que usan los presidentes de la república.

Emilia le dio los claveles con una sonrisa más bien tímida y Ponciano, que tras la niña descubrió a su amigo Diego Sauri, no tuvo mejor idea que cargarla y dar de vueltas con ella en brazos.

Le habían puesto una corona de laurel, tenía manchado el traje oscuro y olía a sangre como si él mismo fuera un toro lastimado.

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a Cuatro Dedos,

al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros

cantaba la gente para acompañar la danza de su torero preferido.

Cuando Ponciano la regresó al suelo después de besarla mientras felicitaba a Diego Sauri por su "hermosa vaquilla", Emilia vio su falda bordada de lentejuelas, sucia de sangre y tierra, miró a los tendidos en que la gente seguía gritando su delirio patrio por el primer torero mexicano y se encajó los dientes en la orilla de un labio para no ponerse a llorar. Desde entonces, la fiesta de los toros provocó en ella una mezcla de horror y entusiasmo que le costaba esconder.

Trece meses y dos días después, el famoso primer torero mexicano murió de lo que llamaron una afección hepática. Bien sabía Diego cuántos fueron los tragos que se la causaron.

Una multitud de fanáticos desfiló atribulada ante su féretro. Emilia entró al comedor cuando su padre leía la crónica sobre el entierro en uno de los periódicos que tenía extendidos sobre la mesa.

– Cómo es que no se muere mejor el otro Díaz -le oyó decir mientras una lágrima grande caía sobre su taza de café.

Porfirio Díaz llevaba entonces veinte años gobernando México. Veinte años durante los cuales pasó sin reparos de héroe republicano a dictador. Por eso mismo Diego Sauri lo había convertido en su enemigo personal.

Empezaba a iluminarse la mañana. Emilia sintió frío. Estaba descalza y medio desnuda.

– Me piqué con algo -dijo extendiendo su dedo para que Diego pudiera verle sangrar la yema del índice.

Su padre revisó la pequeña herida, la chupó y luego le dio un beso.

– ¿Por qué me lames?

– La saliva desinfecta. Te picaste con algo.

– ¿Con qué? Si estaba durmiendo.

– Tu mamá va a saber-dijo Diego cuando su mujer entró al comedor y tras besarlos estuvo de acuerdo en que la niña se había picado con algo.

– ¿Con qué? -volvió a preguntar Emilia, aún estremecida por la sorpresa que la había despertado.

– Con algún alambre -le dijo su madre llevándosela a vestir.

– ¿No sería tu amigo Ponciano? -le preguntó Emilia a Diego-. Dicen que los muertos regresan.

– Regresan, pero no así -contestó Diego Sauri. Luego volvió al fondo de los periódicos con todo y su alma.

A media mañana Josefa se presentó en el colegio para llevarse a Emilia. El punzón que le había herido el dedo era el diente de una rata encontrada bajo su cama.

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