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Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:

Mal de amores es la historia de una pasi?n entretejida a la historia de un pa?s, de una guerra, de una familia, de varias vocaciones desmesuradas. Emilia Sauri, la protagonista de esta inquietante novela, nace en una familia liberal y tiene la fortuna de aprender el mundo de quienes lo viven con ingenio, avidez y entereza. Cobijada por la certidumbre de que el valor no es tal sin la paciencia, busca su destino enfrentando las limitaciones impuestas a su g?nero y los peligros de su amor a dos hombres: desde su infancia por Daniel Cuenca, inasible aventurero y revolucionario, y en su madurez por Antonio Zavalza, un m?dico cuya audacia primera est? en buscar la paz en mitad de la guerra civil. Regida por la mejor tradici?n de las novelas costumbristas, Mal de amores es una novela cuya prosa n?tida y r?pida consigue arrobarnos con su maestr?a, mientras nos regala los delirios de una invocaci?n amorosa cuya desmesura nos contagia de futuro y esperanza.
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– No te aflijas -le dijo su marido-. Dentro de doce días tendrá la piel de siempre.

Josefa lo escuchó escéptica.

– Nadie baña a sus hijos -dijo.

– Porque la medicina es una racionalidad imperfecta -le contestó Diego Sauri sin abandonar su periódico-. Todo el mundo cree tener la razón hasta que alguien enmienda la receta. Y las recetas médicas se enmiendan de a poco. Aún existen grandes eminencias practicando sangrías.

– Ahora los bárbaros parecemos nosotros.

– No importa -sentenció Diego-. Hacen más por la medicina quienes buscan que quienes concluyen.

– ¿Dudas cuando me dices qué hacer con Emilia? -preguntó Josefa.

– El que no duda se equivoca dos veces -dijo Diego.

– Con que no la dejes marcada.

– Marcada no se queda con ninguno de los dos métodos. Sólo que el mío es más limpio.

Josefa asintió en el tono irónico que usaba cuando su marido concluía irrebatible algo que ella encontraba más bien incierto.

Una semana después, Emilia dejó las últimas costras en la tina del baño azul y pudo volver a la escuela que tras varias discusiones y muchas dudas le habían escogido sus papás.

– Todo menos meter a la niña con las monjas -había dicho el señor Sauri cuando hubo que pensar en la instrucción de su hija-. Ahí lo único que le enseñarían son rezos y de lo que se trata es de formar una criatura que se entienda con las antinomias del mundo moderno.

– ¿A los siete años? -preguntó Josefa y se enfrascaron en un litigio que terminó con Emilia inscrita en el colegio de una solterona severa y puntillosa que guardaba consigo una historia de amores prohibidos.

Enseñaban catecismo en su colegio, pero los Sauri contrarrestaban esa información diciéndole a Emilia que era una teoría como cualquier otra, tan importante aunque tal vez menos certera que la teoría sobre los dioses múltiples que predicaba la cabeza de Milagros. Por eso Emilia creció escuchando que la madre de Jesús era una virgen que se multiplicaba en muchas vírgenes con muchos nombres, y que Eva fue la primera mujer, salida del costado de un hombre, culpable de cuantos males aquejan a la humanidad, al mismo tiempo en que sabía de la paciente diosa Ixchel, la feroz Coatlicue, la hermosa Venus, la bravía Diana y Lilith, la otra primera mujer, rebelde y sin castigos.

En las tardes, Josefa le enseñaba piano y pasión por las novelas, mientras Diego le hablaba sin juicio ni tregua de política, viajes y medicina. A los once años, el doctor Cuenca empezó a enseñarle cómo tocar el chelo. Era un maestro exigente y de poquísimas palabras, pero la niña aprendió a quererlo así, porque él la quería como a la hija, que nunca había tenido.

Cuando llegó a Puebla el kinetoscopio de Edison, costaba treinta centavos una función que duraba medio minuto. Ahí se acercó Emilia por primera vez a la ilusión de conocer el mundo, que su padre le alimentaba sin tregua. El norte de África, San Petersburgo, Pompeya, Nápoles y Venecia, fueron algunos de los primeros lugares que sus ojos tocaron desde lejos, mientras oía la voz de Diego Sauri, infantil y cálida en mitad del silencio:

– Un día tienes que ir allá.

Al volver del jacalón de madera al que llamaban sala de cine, Josefa sentenciaba a su marido:

– Vas a convertir a Emilia en una insatisfecha permanente. Si la sigues llenado de imposibles crecerá como una planta de selva en mitad de un patio. No quiero que vuelvas a decirle que viajar es una forma de destino.

– ¿Eso le digo?

– La inquietas de más. Yo tengo cuarenta años y no he salido del país. ¿Cómo va a hacer ella para ir a la tercera parte de los sitios en que le aseguras que estará?

– Ella vivirá toda su vida en otro siglo -contestó Diego acariciando con su voz el aire que imperaba en su casa.

Mientras Emilia iba creciendo cobijada por las libertades de ese aire, Daniel Cuenca aprendía el mundo bajo la tutela de don Camilo Aberamen, un hombre de formación anarquista que ponía toda la fuerza de sus creencias en educar a un grupo de muchachos elegidos por él entre los aspirantes a su remota escuela, justo por el temple que los recomendaba. Tenía la certeza de que la inteligencia crecía mejor en los niños de espíritu indómito. Y era su placer y su orgullo enseñarlos a tramar razones y a gobernar su emoción, sin perder la bravura. Con él aprendían lo mismo música que latín y estudiaban tantas horas de matemáticas como horas subían cerros y saltaban obstáculos entrenando sus cuerpos para batallar con la vida.

Sus alumnos salían de aquel colegio perdido en un pueblo polvoso en las faldas del volcán Citlaltépetl, los meses de diciembre y enero. Entonces Daniel volvía a la casa de su padre y a los juegos con Emilia.

Una de aquellas veces fueron juntos a conocer el mar.

Diego Sauri, Manuel Rivadeneira, las dos hermanas Veytia y Emilia tomaron el tren en la estación de Puebla. Por única vez en su vida Milagros había aceptado mostrar en público que un trozo de su libertad lo cedía a veces al poeta Rivadeneira: lo invitó al viaje en tren hasta la playa, después de largas discusiones con Josefa.

– Si lo invito, vas a querer que me case con él. Y no voy a correr ese peligro -dijo. Sin embargo, la mañana en que salía el tren, se presentó en casa de los Sauri acompañada por Rivadeneira y su inagotable erudición.

Manuel Rivadeneira era un hombre rico, de placeres sencillos. Disfrutó siempre todo lo que la vida le fue dando, sin pedir nunca más de lo que le tocaba. Con esa resignación había aceptado la negativa de Milagros a casarse con él, y con esa sabiduría había logrado quedarse junto a. ella sin más explicaciones.

Vivía solo, pero tenía instantes de luz que ningún casado soñó jamás. Se encontraba con Milagros cuando ella quería. Así que nunca vio una mala cara, ni sintió la oscuridad del tedio cruzar por la sonrisa de la mujer que le llenaba la vida. Leía sin horario y vivía sin prisa. Su casa tenía un silencio de iglesia.

El tren arrancó haciendo un ruido que a Emilia le entibió la piel. Por primera vez emprendían un viaje de los mil que a diario ambicionaba su padre para ella.

Tres estaciones y casi dos horas después, llegaron a San Andrés Chalchicomula. Cuando el vagón en que viajaban cruzó despacio frente al andén, Emilia vio por la ventana la figura larga y la cabeza alborotada de su amigo. Tenía a sus pies la maleta de cuero con la que iba y volvía cada fin de año y sobre la cara una larga mecha de cabello cobrizo con la punta levantada. Al verlos aparecer, Daniel sacó de su bolsillo una flauta y se puso a tocar algo de su propia invención.

– A este niño se le nota la libertad en cuanto lo dejan suelto -dijo Milagros viéndolo desde la ventana con toda la complacencia de la madre que no era.

– Se nota que lo adoras -dijo Rivadeneira.

En cuanto se abrieron la puertas, Daniel irrumpió en el vagón haciendo más escándalo que una feria. Emilia le dio la bienvenida a gritos. Se abrazaron riéndose hasta rodar por el suelo y sólo cuando el movimiento volvió a sacudir el tren, Josefa logró acomodarlos en dos sillones contiguos dándoles unas barajas españolas y una bolsa con galletas para que se hicieran al ánimo de entrar en paz.

Jugaron brisca y discutieron hasta llegar a las cumbres de Maltrata. El tren subía una cuesta muy empinada y estaban rodeados de nubes. Caía una llovizna menuda sobre los cerros que perforaban la niebla. El valle por el que habían viajado un rato largo se convirtió en un acantilado por cuyas laderas a veces se suspendían cabañas y a veces giraban arroyos. Todo era verde o agua a su alrededor.

Anduvieron por ese paisaje hasta quedarse dormidos uno contra otro. Empezaban a sentir frío cuando un largo silbar de la máquina les anunció que habían llegado a Boca del Monte. Las puertas del vagón se abrieron de par en par y el tren quedó enfrente de una cabaña con la mesa servida y una gran lumbre de colores. Desde entonces, siempre que sentía frío, Emilia añoraba esa noche junto al fuego de la posada.

Al día siguiente, cuando llegaron a Veracruz para instalarse en el Hotel de México, justo en la playa del muelle, frente al primer mar de sus ojos, Emilia conoció el calor del trópico y el café en que sus padres se enamoraron de golpe y sin regreso.

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