Mal De Amores
- Автор: Mastretta Angeles
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mal De Amores». Краткое содержание книги:
Al siguiente domingo, Emilia llegó a la casa de los Cuenca con sus padres y el chelo que había prometido tocar en público por primera vez.
Con los años, Milagros Veytia se había especializado en montar escenarios y dirigir espectáculos. Aquella tarde no dejó que su sobrina entrara a la sala por donde entraron los demás, sino que la hizo ir al jardín y brincar por una ventana escondida tras del telón.
– Así nadie te verá antes de tiempo.
– Pero si ya me tienen muy vista -alegó Emilia.
– No como vienes hoy -dijo la tía.
A Milagros, su sobrina le pareció siempre una criatura excepcional. Pero esa tarde la encontró como recién tocada por una gracia extraña y misteriosa. Había crecido bien. Seguía teniendo la perfecta nariz de su madre, aunque la varicela le había dejado ahí una pequeña marca de su paso. Milagros aseguraba que ese toque de imperfección la hacía aún más elocuente.
– Es tan perfecta que sugiere un equívoco -le dijo a Josefa cuando ella se la enseñó preocupada.
Los ojos que su padre le llevó de la costa eran oscuros y grandes como un enigma. Milagros elogió siempre los buenos huesos de su cara. Según decía su hermana Josefa, porque le daba placer mirarse en ellos. Emilia tenía, como Milagros, los pómulos salidos, la frente amplia, las cejas altas y precisas.
Cuando era niña, se auguraba que Emilia no sería muy alta. Para esas predicciones Milagros tenía un argumento irrefutable:
– Los perfumes nunca se han envasado en garrafas y los diamantes no alcanzan jamás el tamaño de un ladrillo.
Como si debiera inutilizar aquellos alegatos, entre los once y los quince años Emilia creció hasta ser un poco más alta que su tía.
– Ya deja de crecer -le dijo Milagros la tarde del concierto-, pareces una planta tropical.
– Ay tía -contestó Emilia encogiendo los hombros.
– Ay tía. ¿Qué respuesta es esa? Nunca des respuestas así. Es mejor callarse cuando no sabe uno qué decir.
Emilia empuñó el arco de su chelo y lo cruzó por las cuerdas. Un sonido corto y arisco le respondió a Milagros, que se había parado junto al telón y le hacía señas para que caminara hasta su silla en el centro del escenario.
– Ésa es una respuesta mejor -le secreteó antes de apagar la luz y dejarla en penumbras buscando la silla.
Por primera vez Emilia llevaba una falda larga. Su madre le había hecho un traje de seda clara, idéntico al que ilustraba la penúltima portada de La Moda Elegante.
– Todavía camina como niña -se dijo Milagros Veytia jalando los cordones con que movía su telón y encendiendo la luz para que comenzara el espectáculo.
Emilia no miró a quienes aplaudieron para recibirla como si estuviera en el centro de un teatro de ópera. Cerró los ojos y se puso a jugar con el Bach riguroso que le había aprendido al doctor Cuenca durante dos tardes a la semana en los últimos tres años.
Su público era un grupo de estrafalarios engarzado en el corazón de una ciudad que sólo reconocía las artes del dinero, que había olvidado entre guerras el afán de armonía que le dio origen, que murmuraba en la calle y le rezaba tras las puertas a un dios inmisericorde y analfabeta.
Su público forjaba los domingos una quimera audaz: los ángeles nunca bajaron del cielo a trazar las calles de la ciudad -la leyenda fue falsa, como siempre-; los ángeles nacían entre esas calles, sólo era cosa de verlos y de irlos educando para su alada y misteriosa profesión.
Dentro de aquel sueño latía sin remedio la solemnidad liberal del siglo XIX, pero también la convicción de todo buen poblano, por ilustrado y agnóstico que se dijera, de que no era posible regatearle a la ciudad el trato con aquellos que acompañaron su nombre hasta el día en que Ignacio Zaragoza venció al perfecto ejército francés en la batalla de Loreto y Guadalupe, el ardiente 5 de mayo de 1862.
Puebla era la Puebla de los ángeles. Si no los hubo nunca cruzando su cielo, era porque vivían en esa tierra. Al menos eso creían los hombres y mujeres que ese domingo le aplaudieron a Emilia Sauri como si ya fuera un ángel.
Emilia estaba acostumbrada a la calidez de aquel grupo, pero nunca supo escuchar sus aplausos sin algo de vergüenza. Apenas terminó, hizo una caravana y corrió a ocultarse tras la tela negra que Milagros Veytia había considerado una perfecta bambalina.
En el pequeño espacio entre esa tela y la puerta que daba al jardín, estaban escondidos y le aplaudían sin juntar las manos para no hacer ruido, los intérpretes de los siguientes números: el poeta Rivadeneira, en su carácter de maestro de ceremonias, un compositor con su guitarra y tres mujeres vestidas de tehuanas que bailarían acompañando su nueva canción, una cantante de ópera que andaba de trabajo en la ciudad y se dejó invitar a comer mole con ajonjolí a cambio de tres arias italianas, una pareja disfrazada para bailar el Dúo de los paraguas y una niña de ocho años que cantaba en náhuatl.
Entre ellos, atravesado justo en el camino de Emilia, estaba el gesto cómplice de un niño crecido que no era y era el Daniel de su memoria. Tenía la misma sonrisa, traía en sus ojos al mismo enredador, pero cuando la jaló hacia él con un abrazo y varias palabras aventurándose en su oído, el nuevo Daniel enhebró en las emociones de Emilia Sauri el terror a un intruso. Ella nunca había sentido el corazón latiéndole tan abajo.
– Hija, después saludas -susurró Milagros Veytia como si gritara-. Ahora sal a dar las gracias.
Emilia volvió al escenario y dio las gracias con unas caravanas largas y una sonrisa quieta.
– Tienes ojos de feria -le dijo Daniel cuando la tuvo cerca otra vez.
– ¿Cuándo llegaste? -preguntó Emilia.
– No me había ido -contestó Daniel y se pasó los dedos de una mano por la frente y la cabeza.
Hacía tres años que no se veían y los dos habían cambiado, pero algo al mismo tiempo extraño y viejísimo tejió una trenza entre ellos.
– Emilia, sal otra vez -pidió la tía Milagros.
– Ya no quiero -le contestó Emilia acuclillándose mientras le mandaba una sonrisa enorme y negaba moviendo las manos de un lado a otro por si ella no podía oírla.
– Niña chirrisca -dijo Milagros en voz baja cerrando el telón y antes de dirigirse a un cantante para que tomara su lugar en el escenario.
Los claros sonidos de una música triste empezaron a salir de la guitarra esgrimida por un hombre que la tocaba tan de prisa que a veces sonaba como arpa. Emilia y Daniel habían apoyado una frente contra la otra para poder escucharse, y hablaban quedo bajo la voz dolorida y filosa que iba cortando el aire del salón.
No recordarían sus palabras, porque más que oírse estaban perdidos cada cual en cada uno. Daniel veía a Emilia con la sorpresa de quien descubre que un juguete ha mutado en diosa. Tenía los ojos vivos de la niña que él conoció, pero miraba con la destreza de una mujer y su boca se había convertido en un milagro que ambicionó para sí. Emilia no podía creer que los ojos de animal desafiante que tenía el Daniel de su infancia hubieran adquirido el lujo que los aclaraba. Le habían crecido las manos, tenía los dedos largos y se notaban sus venas latiendo bajo la piel. Había adelgazado, casi lucía cuerpo de hambriento y su piel asoleada tenía un aire de campo. De puro sentirlo cerca, Emilia se dejó llorar dos lágrimas típicas de su condición Sauri que odió con toda su condición Veytia.
Llorona de azul celeste -le dijo Daniel repitiendo la canción que acompañaba su diálogo.
– Estúpido -le contestó Emilia mientras se levantaba de golpe.
Llorona y majadera -canturreó Daniel yendo tras ella.
Emilia saltó por la ventana hacia el jardín. Él la siguió como antes.
– ¿Ya no les tienes miedo a los fantasmas? -le preguntó al dar con ella en la penumbra de la huerta.
– Menos del que ahora me sacas tú -contestó Emilia dándole la espalda, pero sin moverse de junto a él.
– ¿Me tienes miedo? -le preguntó apoyando los brazos sobre sus hombros.
– Sí -dijo Emilia hurgando en la oscuridad y sin voltear a verlo, pero asida como algo muy aprendido a los brazos que descansaban en ella.
– Volví para verte -se dejó decir Daniel.
Emilia seguía teniéndolo a sus espaldas. No quería mirarlo, pero tampoco podía impedirles a sus manos que lo apretaran, ni quiso correr de sus palabras. Se quedó quieta, escuchándolo como si oyera una caída de agua que iba dándole sosiego.