La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
¿Qué ocurriría? Bueno, además de todo lo que ya sabía que estaba pasando.
La expresión de su madre, tensa y malhumorada, no la sorprendía lo más mínimo. Sabía que iba a recibir un castigo serio. Probablemente tendría que lavar los platos durante un mes, quizá más. Y seguramente también perdería el privilegio de la televisión. Pero quedarse sin sus apreciados reality shows y sin la MTV era un precio muy pequeño a pagar a cambio de que sus padres volvieran a enamorarse.
Cuando desaparecieron de su vista, Emily bajó por la barra de bomberos y aterrizó en medio del cuarto de estar, intentando ignorar el cosquilleo de culpabilidad que sentía en la boca del estómago. Porque, maldita fuera, si de verdad era tan especial como todo el mundo decía, entonces debería saber qué era lo mejor para sus padres. Y lo mejor para ellos era estar juntos, en el mismo continente. Ese era el motivo por el que le había hablado a su padre de la situación en la que se encontraba su madre. Le había dicho a su tía Mel que habían contratado a una enfermera y le había hecho creer a su madre que había sido Mel la que había conseguido una enfermera.
Y, una vez había conseguido que todo el mundo hiciera lo que ella pretendía, lo único que le quedaba por hacer era dejar que las cosas rodaran por sí solas.
Manuel Asada estuvo arrastrándose por la selva brasileña durante días hasta llegar por fin a sus dominios. El agotamiento y la falta de los lujos a los que estaba acostumbrado lo habían dejado muy débil. Llevaba demasiado tiempo viajando y apenas podía pensar, pero la vista de su antigua fortaleza le dio nuevas energías.
Había sido localizada y posteriormente saqueada, por supuesto, gracias a Ben Asher. Las fuerzas de seguridad estaban persiguiéndolo como a un animal. Malditos fueran todos ellos. Su casa era apenas una sombra de lo que había sido. Los cristales de las ventanas habían desaparecido, el interior estaba destrozado, sucio, lleno de basura. Pero también por ello pagarían.
El hecho de haber podido llegar de nuevo hasta allí era un milagro. Se había salvado por los pelos. Y toda aquella experiencia: la cárcel, la huida, habían reavivado los recuerdos de una infancia sin dinero y sin amor.
Sólo por eso ya podría matar.
Sus dominios, en otros tiempos rebosantes de actividad, parecían burlarse de él en el silencio de la cada vez más oscura noche. Dios, odiaba el silencio y la oscuridad.
La mayor parte de sus subalternos habían sido también encarcelados. Dos de ellos estaban todavía temblando en los Estados Unidos, esperando sus instrucciones después de haber fracasado en el atentado contra Rachel Wellers. Había llegado el momento de volver a pensar en lo ocurrido. Por lo que sabía, aquella mujer había sufrido mucho. A Asada le gustaba aquella situación. Le gustaba mucho. Y pretendía que todos ellos tuvieran que sufrir incluso más. Muy pronto conseguiría reorganizarse.
– Carlos, este lugar está hecho un asco.
– Es que usted ha estado fuera mucho tiempo -el miedo hacía temblar la voz de Carlos.
Todo el mundo sabía lo que sentía Asada por la suciedad, hasta qué punto lo enfurecía. Y el hecho de que hubiera sido tratado como un parásito en una repugnante celda no lo había ayudado a mejorar. Y tampoco haber tenido que estar huyendo desde entonces.
No podían entrar en la casa, había hombres vigilándola. Pero bajo aquella fortaleza, había un bunker secreto. En otros momentos lo habían utilizado como almacén, pero en aquellas circunstancias se convertiría en su casa.
Carlos corrió ante él mientras se dirigían hacia la puerta escondida que conducía a un tramo de escaleras. Manuel Asada esperó mientras un tembloroso Carlos utilizaba su propia camisa para quitar el polvo del pomo de la puerta. Entraron, pero no encendieron la luz. No podían hacerlo mientras continuaran buscándolo como a un perro y además, no había electricidad. Era impensable que, después de los años que había dedicado a construir su imperio estuviera sucediendo aquello. Pero sucedía.
Tendría que comenzar desde cero. Volver a los días en los que tenía que mendigar y venderse a sí mismo para obtener dinero. Con una respiración profunda, entró a grandes zancadas en aquel húmedo sótano y encendió una linterna. Después, con mucho cuidado, sacó su ordenador portátil de la mochila. Pero no lo puso en funcionamiento. Todavía no. Quería conservar la energía del generador. En cualquier caso, tendría que conectarse más tarde con Internet para comprobar lo que estaba sucediendo en los Estados Unidos.
El hecho de no poder mostrarse en público sin ser detenido lo llenaba de una furia para la que no encontraba válvula de escape. Caminó a grandes zancadas hacia una caja con materiales de oficina y sacó una hoja de papel.
– Tienes que regresar a la ciudad, preferiblemente sin que te maten, y enviar esto -le ordenó a Carlos.
– Señor, tanto los demás como yo estamos preguntándonos cuándo van a pagarnos…
Los demás eran un puñado de hombres igualmente patéticos que deberían ser colgados por haber dejado que le ocurriera algo tan terrible a su salvador.
– Vete antes de que me harte de ti.
– Sí, pero…
– Vete y no vuelvas hasta que en este lugar no quede una sola mota de polvo.
– Sí.
Y en cuanto se quedó a solas, Manuel comenzó a escribir:
Querido Ben…
Capítulo 5
Ben empujó la silla de Rachel hacia delante, pero se detuvo en la base de la escalera del cuarto de estar.
– ¿Dónde está tu dormitorio?
Rachel vaciló. Le parecía demasiado surrealista tener allí a Ben, tras ella, con las manos tan cerca de sus hombros. Además, Ben se inclinó para oír su respuesta, de manera que podía olerlo, sentir su calor, su fuerza…
– ¿Rachel? ¿El dormitorio?
¿Cómo era posible que estuviera Ben allí, controlando la situación, controlando su casa, después de haber pasado tantos años evitándolo?
– Esto no es necesario.
– Tu dormitorio, Rachel. O, si lo prefieres, puedo llevarte al mío -giró la silla para mirarla, de manera que Rachel no pudo evitar aquellos ojos oscuros que ya habían sido capaces de ver más allá de las defensas que ella misma había erigido.
Rachel fijó la mirada en el pendiente que llevaba Ben en la oreja e hizo todo lo que pudo para ignorar la descarada sensualidad que se desprendía de aquel hombre.
– Iremos al mío.
Rachel sintió el suspiro de Ben a través de la gorra que había vuelto a ponerse en la cabeza. Después, Ben se enderezó y puso los brazos en jarras.
– Podría ayudarme otra persona -dijo Rachel desesperadamente-. Cualquiera, no tienes por qué ser tú.
– ¿Dónde está tu dormitorio?
– En el piso de arriba -contestó Rachel con un suspiro.
Ben miró la barra y después la escalera.
– No creo que las escaleras sean el mejor camino.
– El ascensor.
– Tienes ascensor. ¿Y por qué será que no me sorprende?
Ben continuaba frente a ella, de modo que Rachel intentaba dominarse, pero continuaba sintiendo un dolor insoportable. Quería estar sola, que la dejaran en paz. Y la única manera de hacerlo era apaciguar de momento a Ben.
– Esto era un antiguo parque de bomberos que rehabilitaron como vivienda. Cuando yo vine el ascensor ya estaba.
– Lo dices como a la defensiva.
Diablos, sí, estaba a la defensiva. Siempre estaba a la defensiva. Había aprendido desde muy joven a encerrarse en sí misma y vivía felizmente en aquel vacío emocional. Hasta que había aparecido Ben y le había mostrado todas las cosas que se estaba perdiendo de su propio mundo: la pasión, la emoción. La vida. Ben la deseaba, no sólo físicamente, y nunca había dejado de demostrárselo.
La fuerza de lo que Ben había supuesto entonces, al irrumpir en su mundo frío e impersonal, la aterraba. Y por buenas razones. Las diferencias que había entre ellos habían resultado ser un puente imposible de cruzar.