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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Una vibrante sacudida agitó el aire tras ellos. Era un gruñido más profundo y de mayor calibre que el del pequeño cañón de aquella mañana.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Brod, casi ausente, sin distraerse de su labor.

—Un trueno —mintió Maia con una sombría sonrisa, dejando que la cálida gloria de su concentración durara unos cuantos segundos más—. No te preocupes. No lloverá hasta dentro de un rato.

El agua caía del cielo empapando su ropa y casi inundando el pequeño bote. Caía en oleadas, y entonces, bruscamente, paró. La cascada, provocada por otra explosión, hizo que Maia corriera al pantoque con un cubo, y achicara furiosamente.

Las fuentes del océano que caían sobre ellos no eran su única preocupación. Un proyectil cercano casi había conseguido que el esquife girara como una peonza, haciendo que el casco gruñese con el sonido de tablas y pernos al aflojarse. Todo cuanto Maia sabía era que su labor de achique debía superar la entrada de agua todo el tiempo que Brod necesitara para encontrar un medio de sacarlos de aquel lío.

Las artilleras del Intrépido habían tardado algún tiempo en calmarse, después de su amotinamiento. Disparaban en un ángulo amplio, frustradas en parte por el zigzagueo del esquife, antes de centrarse por fin en la oscuridad cada vez mayor del crepúsculo. Durante minutos, Maia acarició la ilusión de que la seguridad estaba a su alcance: un canal abierto que conducía al embarcadero de la laguna Jellicoe. Entonces vio algo familiar y sorprendente: el Manitú capturado, anclado en esa misma torre de piedra, su cubierta repleta de más pañuelos escarlata. De inmediato, comprendió la horrible verdad.

¡Jellicoe debe de ser la base pirata! ¡He traído a Brod directamente a sus manos!

—¡Vira a la derecha, Brod, rápido!

Un súbito giro de último minuto evitó a duras penas la fatal entrada. Ahora corrían a lo largo de la retorcida costa de la propia Jellicoe, empapados alternativamente por los proyectiles que caían cerca y por la espuma más normal de las olas que chocaban contra las rocas. Las maniobras delicadas se habían terminado. Estaban atrapados en una poderosa corriente, y Brod dedicaba todos sus esfuerzos a impedir que chocaran con la serrada costa de la isla.

La oscuridad podría haber ayudado, pero las tres lunas principales estaban altas en el cielo y proyectaban su luminosidad perlada sobre la inminente derrota de los dos jóvenes. Era una noche clara y hermosa. Pronto saldrían las amadas estrellas de Maia; quizá durara lo suficiente para poder decirles adiós.

Una y otra vez llenaba el cubo, y lanzaba luego su contenido por la borda para no tener que ver la brillante proximidad del «diente de dragón» que se alzaba casi en vertical, como una cortina ondulante y convulsa. Sus redondeados pliegues indicaban una fingida suavidad. La piedra cristalina y adamantina estaba, en realidad, esperando pasivamente el momento de aplastarlos.

Maia no podía soportar aquella horrible visión. Lanzaba cubo tras cubo en la dirección opuesta, lo que la salvó en parte cuando las saqueadoras probaron una nueva táctica.

Una súbita detonación se produjo detrás de Maia, haciendo que el esquife se sacudiera con oleadas de aire comprimido y vacío que la lanzaron contra la cubierta. Para su sorpresa, se mantuvo consciente mientras las sacudidas pasaban y se convertían en una vibración que podía sentir a través de las tablas. Instintivamente se acarició la nuca dolorida, y encontró un trozo de piedra granítica cubierto de sangre. Mientras sus ojos veían puntitos púrpura, Maia miró la afilada pieza de metralla natural. El mundo giraba ante ella. Se volvió y descubrió que también Brod había sobrevivido, aunque del lado izquierdo de su cara manaba un torrente de sangre. Gracias a Lysos los fragmentos de roca habían sido pequeños. Esta vez.

—¡Alejate del acantilado! —gritó Maia. O lo intentó. No podía distinguir siquiera su propia voz, sólo oír un horrible redoblar de campanas. Con todo, Brod pareció comprender. Con los ojos dilatados por la impresión, asintió y movió el timón. Consiguieron ganar una cierta distancia antes de que el siguiente proyectil golpeara, arrancando más piedras de la cara del promontorio. Esta vez no los alcanzó la metralla, pero la maniobra implicaba navegar más cerca del Intrépido y de su arma, que ahora los apuntaba casi a bocajarro. Mientras contemplaba la boca del cañón, Maia vio cómo la tripulación cargaba otra bala y disparaba. La sintió pasar ardiente por el aire, no muy lejos, a la izquierda. Tras un intervalo demasiado corto para darle nombre, en el arrecife se produjo otro estallido terrible que casi arrancó a los dos muchachos del bote. Cuando Maia volvió a alzar la cabeza, vio que su vela estaba rota. Pronto estaría hecha pedazos.

En ese momento, el retorcido borde de la isla dio otro giro. De repente, una abertura apareció a babor. Con manos temblorosas, Brod viró hacia aquel callejón sin salida. Habría sido una locura absoluta en cualquier otra circunstancia, pero ahora Maia lo aprobó de todo corazón. Al menos las zorras no nos verán morir a sus manos.

Un lado de la abertura explotó mientras la atravesaban, agrietando todo el macizo e impulsando el esquife hacia delante entre cascadas de roca. La siguiente bala pareció golpear el acantilado con rugidos de frustrada furia. Las grietas se multiplicaron. Un tremendo trozo de piedra, la mitad de grande que el propio Intrépido, empezó a soltarse. Con graciosa morosidad, su sombra acechante cayó sobre Brod y Maia…

El peñasco cayó tras el pequeño bote, empujándolos con la fuerza de un tsunami enano, apuntando a un profundo agujero negro.

Maia sabía que tenía valor. Pero no lo suficiente para ver cómo su bote destrozado se abalanzaba contra aquel antiguo titán, el Faro Jellicoe. Que sea rápido, pidió. La oscuridad los barrió, apagando toda visión.

Querida Iolanthe:

Como puedes ver por esta carta, estoy vivo… o lo estaba en el momento de escribirla… y disfruto de buena salud, exceptuando los efectos de haber pasado varios días atado y amordazado.

Bueno, parece que he picado con el truco más antiguo que existe. La rutina del Viajero Solitario. Estoy en buena compañía. Incontables diplomáticos con más talento que yo han sido las víctimas de sus propias y frágiles necesidades humanas…

Mis secuestradoras me ordenan que no divague, así que intentaré ser conciso.

Se supone que debo decirte que no informes de mi desaparición hasta dos días después de recibir esta carta. Sigue fingiendo que me puse enfermo después de mi discurso.

Algunas sospecharán que hay juego sucio, mientras que otras dirán que me estoy burlando del Consejo. No importa. Si no consigues para mis captoras el tiempo que necesitan, amenazan con enterrarme donde no pueda ser encontrado.

También dicen que tienen agentes entre las oficialas de policía. Sabrán si son traicionadas.

Se supone que debo suplicarte que cooperes para que respeten mi vida. El primer borrador de esta carta fue destruido porque fui un poco sarcástico en este punto, así que déjame decirte que, por muy viejo que sea, no pondré reparos a seguir vivo un poco más o a continuar viendo el universo.

No sé adónde me llevan, ahora que el verano ha terminado y los viajes no están sometidos a ninguna restricción. De cualquier forma, si anoto las pistas de lo que veo y oigo a mi alrededor, ellas simplemente me obligarán a reescribir la carta. Me duele demasiado la cabeza, así que lo dejaremos como está.

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