La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Al abandonar la tienda, Fernanda notó que le dolían los pies. Seguro que le habían salido ampollas, debería comprar algún remedio en la farmacia más próxima. Pero antes quería saludar a los viejos conocidos de las tiendas de alrededor. ¿Seguiría trabajando Norma en la lavandería? ¿Y Cristina en la tienda de artículos para el hogar? Estaría bien poder charlar con ellas un poco al mediodía, antes de ir a recoger a Felipe.
Sus conocidos se mostraron muy contentos de ver a Fernanda, y entre besos y abrazos se propusieron no volver a perder el contacto en el futuro. Acuciada por la falta de tiempo y el dolor de pies, Fernanda no estuvo mucho con ellos. Cuando entró en la “Papelada da Alfándega” estaba sudando y llevaba un gesto de dolor en el rostro. Una joven vendedora se acercó de inmediato a ella y le preguntó:
– ¿Se encuentra bien, señora? ¿Quiere sentarse un rato?
Fernanda se agarró al brazo que le ofrecía la amable joven, se dejó guiar por ella hasta un banco muy decorativo que había en un hueco entre las estanterías y aceptó agradecida el vaso de agua que la joven le ofreció. En su tienda también entraban a veces transeúntes casi desfallecidos a causa del sol y el calor y que tenían que sentarse un rato. Pero dudaba que ninguno de sus empleados fuera tan amable con la pobre gente, sobre todo si se trataba de negros. Los consideraban más como una molestia que como potenciales clientes. “¡Qué error!”, pensó Fernanda ahora que la tomaban por una mujer débil. Mientras se estaba sentado en el banco se tenía tiempo suficiente para observar los productos, y aunque no se necesitara nada de la tienda, seguro que se compraba alguna pequeñez en señal de agradecimiento. Y más tarde, cuando se necesitara un cuaderno o una pluma, uno se acordaría de la tienda.
Fernanda permaneció diez minutos sentada, observando a la vendedora y su trato con los clientes. El surtido de la tienda no era tan amplio ni tan bueno como el de la suya y la disposición de los productos no era tan bonita ni las vitrinas tan luminosas. Pero los empleados eran muy cuidadosos con las cosas y muy amables con los clientes tratándolos con todo respeto. Como la joven dependienta que en un momento libre se acercó a Fernanda para preguntarle si durante aquella pequeña pausa no le gustaría ver un par de modernos portaplumas. Acababan de recibir unos nuevos modelos maravillosos.
– Sí, será un placer, senhorita.…
– Rosa.
– Dígame, senhorita Rosa, ¿le gustaría ganar más?
Rosa empezó a trabajar en “Fé” el miércoles siguiente. Resultó ser un buen fichaje. Enseguida congenió con los nuevos colegas y parecía satisfecha con su cambio de empleo, a pesar de que Alberto, en su nuevo cargo de “vendedor jefe”, la pinchaba más de lo necesario. Pero no le importaba. En la Papelada de Alfándega también tenían un jefe molesto. El patrón y su mujer eran siempre amables con ella, eso era lo que contaba.
Fernanda prosiguió sus investigaciones por el vecindario. Las vitrinas artísticamente decoradas de la tienda de tabacos le inspiraron las nuevas decoraciones de los escaparates; los delantales de los vendedores con el nombre de la tienda bordado que vio en la bodega la llevaron a introducir un uniforme parecido en “Fé”; y las macetas con flores delante de la mercería la animaron a poner ella la misma extravagancia. Siempre se paraba a hablar un rato con Norma y Cristina cuando a la una se dirigía a casa de Juliana a recoger a Felipe.
Cada vez que lo veía se sentía aliviada por encontrarlo todavía con vida. No era que Juliana cuidara mal de él. Ni que al niño le faltara algo. Al contrario. Era la fantasía de Fernanda la que le jugaba malas pasadas. Se imaginaba que mientras le cambiaban los pañales Felipe se caía de la mesa y se partía el cráneo. Veía cómo uno de los revoltosos hijos de Juliana empujaba un caldero de agua hirviendo que caía directamente sobre la delicada tripita de su tesoro. Se imaginaba todo tipo de horribles escenarios, y su miedo podía crecer tanto que incluso se le saltaban las lágrimas. Mientras estaba distraída trabajando dominaba la situación; pero en cuanto se sentaba en el tranvía y tenía un cuarto de hora para pensar, la asaltaban esas horribles visiones, seguidas siempre de una espantosa idea: ¡era una mala madre! ¿Debería trabajar en la tienda sólo tres días a la semana? Sería suficiente para seguir manteniendo al personal bajo control, y tendría más tiempo para dedicárselo a Felipe. Pero luego pensaba en los interminables días oyendo sólo los gritos de Felipe y las quejas de los vecinos, y rechazaba la idea de nuevo. Bastaba con escuchar sus lloros por la tarde. Se sintió fatal con aquellos pensamientos tan poco maternales.
En sus paseos por el centro de la ciudad, que se habían convertido en una agradable costumbre, Fernanda descubrió un rostro conocido en la “Guitarra de Prata”, una tienda de instrumentos musicales. Pero cuando iba a acercarse a la mujer para saludarla se dio cuenta de una cosa. No recordaba su nombre y además sólo la había visto una vez en su vida, en el entierro de José. Se encontraba conversando con un hombre pelirrojo al que no conocía. Fernanda ya se iba a marchar, cuando oyó el nombre de Vita. Se quedó junto al mostrador a una distancia discreta, estudiando con detalle una flauta… y escuchando.
– En lugar de preocuparte por las formalidades de esa desafortunada separación, que Vita en realidad no desea, deberías dedicar más atención a Pedro. Es tu más viejo amigo, Aaron. Tu mejor amigo. Y no está bien. Yo ya no sé qué decirle. Tiene muy mal aspecto, bebe cada vez más y está muy hinchado. Pierde enseguida la paciencia, o se encierra en sí mismo y se pasa horas enteras mirando la pared en silencio. Ya no es el mismo. Por favor, Aaron, a lo mejor a ti te cuenta sus penas. A mí parece no tenerme ya en cuenta.
Joana se agarró suplicante al brazo de Aaron. Éste pasó su otro brazo por encima de los hombros de ella, la apretó contra su pecho y la acarició para animarla.
Fernanda se sentía fatal. No estaba bien escuchar la conversación y observar por el rabillo del ojo los gestos de aquellas personas. ¿Sería aquel hombre tan correctamente vestido, de cara juvenil y pecosa, un pariente próximo, su hermano quizás? No, pensó Fernanda, ni siquiera en Brasil podía haber tal diferencia fisonómica entre dos hermanos.
– ¡Sht, Joana! Se le pasará. Quizás le sentara bien un cambio de aires. Vita podría darle trabajo en la mina o en…
– Vita es parte de su problema, ¿es que no lo entiendes, Aaron? Le hiere en su amor propio tener que depender tanto de su hermana. Y él ni siquiera sabe lo mucho que depende de ella.
– ¿Y? Yo mismo gano un buen sueldo trabajando para ella.
– No, tú habrías alcanzado un buen nivel de vida aunque no te hubieras ocupado de los asuntos de Vita. No la necesitas, al menos como clienta.
– ¿Qué quieres decir? ¿Acaso crees tú también esos malvados rumores?
– No, yo sólo creo lo que veo. Y en tu rostro veo claramente tu admiración sin límites por Vita. ¿Vas a pedir su mano cuando se separe?
Fernanda no esperó a la respuesta del hombre, sino que hizo un esfuerzo por marcharse. El corazón le latía con fuerza. Sólo conocía a aquella tal Vita de vista, pero a través de Félix sabía muchas cosas de ella. Era la sinhazinha de Boavista, hasta que se casó con León Castro. Qué curioso, pensó Fernanda, que dona Doralice o León, a los que veía de vez en cuando, no dijeran una sola palabra de esa mujer. ¿Qué matrimonio tan especial era aquél, en el que ni el marido ni la suegra iban nunca acompañados de Vita, ni hablaban nunca de ella? Fernanda habría deseado una esposa mejor para León, al que ella misma adoraba a los diecisiete años, en Esperança. Pero bueno, al parecer iba a ser libre muy pronto.