Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
La espléndida y elegante humanidad del doctor Chaos elaboró sobre la marcha todo un programa de seducción que en otras ocasiones similares le había dado resultado: buenas propinas, paquetes de cigarrillos, extraordinaria amabilidad… El joven Rogelio, que en invierno trabajaba en una bóvila, al comienzo del asedio se sintió simplemente un tanto abrumado, dado el prestigio del doctor Chaos. Éste llegó a decirle que tal vez malgastara su tiempo en menesteres tan humildes como fabricar ladrillos y servir en un hotel y que acaso pudiera aspirar a cursar determinados estudios. Esta idea encandiló al muchacho, de origen muy humilde, pero que tenía sus aspiraciones. Hasta que un día, el doctor Chaos, aprovechando que el chico se quedó súbitamente afónico, adoptando aire profesional se le acercó para examinarle la garganta, los ojos y para auscultarle.
El doctor Chaos, al término del examen, le dijo a Rogelio: "Hay aquí algo que no me gusta. Tómate estas medicinas y veremos…"
La afonía desapareció, pero no la palidez del muchacho. De suerte que a la otra semana el doctor volvió a auscultarle la espalda y el corazón, y le prometió llevarlo a Gerona para someterlo a una exhaustiva revisión en la Clínica Chaos.
– Te notas cansado, ¿verdad? Como si te faltaran las fuerzas -Sí, un poco.
Rogelio, tal vez por sugestión, lo creía así y no veía otro modo de demostrarle su gratitud al doctor que acudiendo a su habitación cuantas veces era llamado.
Hasta que una tarde de agosto, cuando el sol mediterráneo se derramaba oblicuamente sobre la hermosa población de Blanes y las persianas del cuarto del doctor dejaban filtrar una acogedora luz, el doctor Chaos, ante el torso desnudo de Rogelio, se sintió poseído por su maldita pasión y habiéndose traído consigo una pomada, empezó a acariciarle al muchacho la piel, como si intentara relajarle los músculos.
Rogelio tardó más de un minuto en advertir que algo anormal ocurría. Sobre todo porque su sensación inicial fue placentera, como si experimentase alivio de esa fatiga suya imaginaria. De pronto, se alarmó. Volvióse rápido y miró con fijeza al doctor Chaos. Y vio el rostro de éste encendido, como si llevase una máscara, que se le antojó horrible. Rogelio experimentó un asco indescriptible, aunque se quedó como paralizado. Entonces el doctor Chaos intentó besarlo. El joven camarero pegó como un alarido, empujó al doctor con fuerza inusitada y salió huyendo, si bien le costó lo suyo acertar a abrir la puerta. Bajó jadeante la escalera, sin saber qué hacer, suponiendo que el doctor lo perseguía aún. Se dirigió a su cuarto, donde rompió a llorar rabiosamente. De pronto, reaccionó. Tiró al suelo el paquete de cigarrillos y levantándose fue a contarle lo sucedido a su patrón, el dueño del hotel. Su indignación era tanta que quería avisar a la Guardia Civil. Y no cesaba de frotarse los labios con el dorso de la mano.
El propietario del hotel, Victoriano de nombre, hombre con experiencia pues había trabajado seis años en la Costa Azul, tranquilizó como pudo al joven Rogelio y lo convenció para que dejara el asunto en sus manos. Desde el primer momento comprendió que no le interesaba que aquello transcendiese.
– Anda, vete a ducharte y tómate un refresco. Yo me encargo de ese canalla…
El joven Rogelio, aunque a regañadientes, obedeció. Y Victoriano, el dueño del Hotel Miramar, subió sin pérdida de tiempo a la habitación del doctor Chaos.
Su entrevista con éste, que ya había preparado su equipaje, fue brevísima.
– Si vuelve usted a aparecer por aquí, lo denuncio a la Policía. De momento, me encargo de que el muchacho se calle también…
El doctor Chaos contestó:
– De acuerdo.
Un cuarto de hora después el ilustre cirujano conducía su coche, su Peugeot de segunda mano, por la carretera que lo devolvería a Gerona. Era domingo. Sus manos temblaban en el volante. Sentía una inmensa pena. Se compadecía a sí mismo. Miraba el paisaje circundante y se preguntaba por qué la naturaleza, tan sabia en coordinar la vegetación, le había jugado a él aquella mala pasada. Se cruzó con otros coches, pocos, en los que iban hombre y mujer. Todavía su cara olía a agua de colonia y a masaje, pues se había preparado a conciencia para su frustrado intento. Y era lo peor que la imagen del joven Rogelio lo obsesionaba más que nunca. Goering, el perro, parecía también tristón y en vez de asomar su cabeza por la ventanilla se había acurrucado en el asiento junto a su amo.
Llegado a Gerona, el doctor Chaos se dirigió al Hospital. Las monjas lo saludaron con deferencia. "¿Cómo por aquí, doctor? No lo esperábamos hasta mañana…" "He de arreglar unas cosas". Y se encerró en su despacho. Y desde allí llamó por teléfono al doctor Andújar.
Sabía que el doctor Andújar no podría modificar su constitución. Pero necesitaba expansionarse con él. Él era la única Persona que podía entenderlo. Era su entrañable, amigo, que Va intentó encauzar su vida en los lejanos tiempos de la Facultad.
El doctor Andújar se encontraba en su casa, gozando con los suyos, con sus ocho hijos, de la serena tarde dominguera, Se dedicaban a resolver rompecabezas, mientras la señora Andújar preparaba para todos la merienda.
– Voy en seguida. No tardo ni diez minutos. La entrevista entre los dos médicos, en el despacho del doctor Chaos, en el Hospital, fue dramática.
Dramática porque el doctor Chaos -y el doctor Andújar era buen conocedor de ello- se había pasado la vida justificando desde todos los ángulos su perversión, basándose para ello en las manifestaciones bisexuales evidentes lo mismo en los hombres que en las mujeres, amparándose en citas del Talmud, de los filósofos griegos, de Freud y de Gide, y afirmando, con Ulrichs, que el amor uranista era superior a las relaciones amorosas normales.
Pero todo ello iba a servirle al doctor Chaos de muy poco aquella tarde de agosto, pues la escena con el joven Rogelio lo había sumido en el bochorno y casi en la desesperación.
– Mi querido amigo -le dijo al doctor Andújar-, acabo de darle la razón a Óscar Wilde: "Soy un payaso con el corazón destrozado". He caído una vez más y no puedo ni siquiera inspirar lástima, sino repugnancia o una carcajada. Y le contó a su amigo su rapto pasional en el Hotel Miramar.
El doctor Andújar, que sentía por el problema homosexual un interés muy vivo y un extremo respeto por la persona de su colega, no experimentó ni repugnancia ni tuvo ganas de reír. Sintió una gran lástima, eso sí, pues tenía enfrente a un gran hombre derrotado, con la cabeza hundida entre los hombros y jugueteando con el papel secante de la mesa.
– Esperaba que un día u otro me llamarías -le contestó el doctor Andújar, sentándose con la máxima naturalidad en un sillón desde el cual veía perfectamente el rostro de su interlocutor-. Desde el día que llegué a Gerona quería enfocar en serio este asunto contigo, pero no me atrevía. Esperaba a que lo hicieras tú, pues me advertiste que no habías conseguido corregirte.
– Pues ya lo ves. El momento ha llegado. Si el dueño del hotel me hubiera denunciado, en estos momentos me encontraría declarando ante la Guardia Civil.
El doctor Andújar encendió un pitillo.
– Lo malo es que no sé por dónde ayudarte -prosiguió-. La fe religiosa podría serte útil, muy útil; pero ya me dijiste que, por ese lado, nada hay que hacer…
El doctor Chaos hizo un gesto de impotencia.
– Desgraciadamente, nada. Al contrario. En estos momentos, suponiendo que creyera en Dios, lo maldeciría por no haberme creado como a ti o como a la mayoría de los mortales. El doctor Andújar no se inmutó.
– Tampoco puedo confiar en que lo que te ha sucedido va a servirte de escarmiento para no reincidir… El doctor Chaos suspiró con fatiga.