Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Fue cosa de coser… ¡y cantar! Damián se personó en Perfumería Diana y sin ambages le dijo a Paz:
– Van a empezar las Fiestas Mayores de los pueblos. Necesito una vocalista. Con un mes de ensayo me comprometo a convertirte en una supervedette, más popular que Pachín.
Los ojos de Paz, ¡cansada de vivir con estrecheces!, se abrieron de par en par. Accedió a someterse a una prueba, con micrófono, en casa del propio Damián. Y el resultado fue el que debía ser.
– Lo dicho, chiquilla. Armarás la de San Quintín. Todo salió a pedir de boca. Pachín reaccionó como los buenos. "¡De acuerdo, no faltaría más! ¡Menuda pareja! Tú y yo, los amos…" También Dámaso, el patrón de la Perfumería Diana, comprendió que debía darle facilidades, "¡Adelante, pequeña! Por la tienda no te preocupes". En el piso de la Rambla se armó el natural alboroto, que Matías, divertido con la peripecia de su sobrina, cortó diciendo: "Pero ¿qué mal hay en ello? ¿No echan mano del micrófono los predicadores?". Hasta Gol, el gato de Paz, pareció alegrarse y saltó a sus brazos y le lamió la mano. El presentimiento feliz, la lotería "¡Gerona Jazz, con la sensacional vocalista PAZ ALVEAR!". La ciudad quedó en un santiamén repleta de carteles con su nombre en letras grandes y rojas, carteles que sustituyeron a los de la Semana Santa, ya ajados. Y pronto dicho nombre se estampó aquí y allá, por toda la provincia.
Hermoso veraneo el de Paz. De pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta. Darnius, Celrá, Vilajuiga, Llagostera, Agullana, Camprodón, Tossa de Mar… La muchacha sabía mover el talle y calzaba sandalias doradas, de tacón alto. Su cabellera les recordaba a los mozos los trigales. Su busto era provocador. Cuando, acercándose al micrófono, lo cogía y miraba la sala con fingida timidez, inclinando un poco la cabeza, se oía: "¡y ole la madre que te parió!". Entonces Paz pegaba como un grito… y por unos instantes la sala quedaba hipnotizada, mientras Fermín, el de la batería, ponía los ojos en blanco y enseñaba los dientes. Y cuando Paz hacía mutis y cogía las maracas, moviéndose a compás, las parejas que abarrotaban el entoldado se dejaban embrujar por aquel ritmo y vivían momentos de plenitud.
Por su parte, Paz descubrió que "aquello" le gustaba. Que le gustaban las anacrónicas colgaduras y los palcos de dichos entoldados, los carteles con su nombre y hasta el olor y el sudor de la carne que bailaba. Fuera de eso, cada pueblo era un mundo. Aparentemente, todos eran iguales. El mismo bullicio, los mismos vendedores ambulantes, los mismos campesinos endomingados fumando "caliqueños" y bebiendo ron. Pero existía algo distinto en cada lugar: el amor. En Celrá, el novio le ofrecía a la novia una cinta para el pelo; en Agullana, una baratija. En Vilajuiga, mozo y moza de pronto salían fuera y desaparecían entre los pajares; en Palamós, entre las barcas. El amor, según el sitio, se convertía en gaseosa, en cerveza, o en porrón de vino tinto. Tal vez las diferencias se debieran a la tradición; tal vez a los vientos; tal vez a la manera como los perros le ladraban a la luna.
Como fuere, la vida de Paz cobró en aquel verano, gracias al disparo alegre de la Gerona Jazz, una nueva dimensión. Gozó mucho más que Marta, muchísimo más qué el camarada Rosselló e igual que Mateo, que 'La Voz de Alerta' y que los estraperlistas que alquilaron confortables chalés.
– ¿Estás contenta? -le preguntaba Damián, el hombre del bigote negro y de la trompeta irónica, que se había convertido en su mentor.
– Mucho…
– Mañana, en Hostalrich, cuando toquemos la primera rumba, enciendes un pitillo…
Las fiestas acostumbraban a terminar muy tarde, a una hora avanzada. Entonces, cuando todo el mundo se iba y quedaban por el suelo las serpentinas rotas, los cascos de las botellas y los cucuruchos de papel, una extraña nostalgia invadía los entoldados, parecida a los de los Circos después de la función. La tapa del piano, al cerrarse, hacía ¡cloc! como el clavo de un ataúd.
Poco después la Gerona Jazz iniciaba el regreso a Gerona, siempre en el mismo taxi de ocho plazas, con un remolque en el que, junto a los instrumentos y en unas trampas construidas a propósito, los músicos acostumbraban a ocultar algún que otro quilo de arroz o unos litros de aceite. ¡Incluso el bombo había sido dotado, con el mismo objeto, de un dispositivo especial de apertura y cierre!
Lo habitual en estos regresos, a las tantas de la madrugada, era que Paz, muerta de cansancio, acabara quedándose dormida y roncando. Pero a veces no. A veces, sobre todo si la noche era clara, se mantenía despierta y miraba fuera, viendo cómo los árboles se amaban en la oscuridad.
Entonces recordaba su época de Burgos, su fracaso en Madrid, pero le sonaban en los oídos todavía los "¡oles!" y las palabras de Pachín: "Tú y yo, los amos…" ¡Dios, se estaba resarciendo de pasadas y lacerantes humillaciones!
Al arribar a Gerona el taxi, como siempre, iba repartiendo los músicos a domicilio. Al llegarle el turno a Paz, la muchacha se apeaba y se despedía de sus compañeros enviándoles con la punta de los dedos un beso. Ambrosio, el contrabajo, le decía: "¡Adiós, supervedette!".
La fiesta terminaba ahí. Pues la escalera del piso en el que habitó el Cojo se le antojaba siniestra. Tanto, que mientras la subía, procurando no tocar con la mano la pegajosa barandilla, se preguntaba: "¿Cuándo podremos trasladarnos a otro sitio mejor?". Gol, el gato, solía esperarla dormido en el rellano. Al oír sus pisadas, se despertaba y abría un ojo para mirarla como diciendo: "Pronto, pequeña…"
Verano, pues, un tanto explosivo, como si un Stuka psicológico hubiera dejado caer unas bombas sobre Gerona y sus aledaños.
La bomba de mayor potencia, no obstante, como no podía menos de suceder un día u otro, cayó sobre la cabeza del doctor Chaos.
El doctor Chaos, a lo largo de todo el invierno, se había comportado con gran estilo en el Hospital y en su clínica y con extrema discreción en lo referente a sus costumbres. Instalado en el Hotel Ciudadanos, en la calle del mismo nombre, recibía ciertamente alguna que otra visita sospechosa, por regla, general soldados o algún muchacho agitanado; pero no había ley que le prohibiera abrir la puerta de su habitación, la número 42, a quien solicitada ver al doctor.
De modo que, si en los círculos oficiales era mirado esquinadamente debido a sus opiniones, y el Gobernador y el comisario Diéguez esperaban la ocasión propicia para caer sobre él, en cambio en la ciudad tenía buen ambiente, sobre todo porque había sabido conquistarse la simpatía de casi todas las mujeres influyentes, incluida María del Mar. Éste era un hecho real que había causado el asombro de los inexpertos. El doctor Chaos, precisamente por su anomalía sexual, por la elegancia de su perro Goering y por la boquita de piñón que al hablar o escuchar ponía de vez en cuando, era siempre bien recibido en las tertulias de "las señoras". Y es que… sabía halagarlas, contarles anécdotas graciosas e hilvanar frases de doble sentido, que animaban las veladas como un polvo de rapé animaba en las aldeas los corrillos de los ancianos. Sobre todo doña Cecilia sentía adoración por el doctor Chaos y siempre decía de él que con sólo verlo se le pasaba el mal humor que le provocaban las constantes banderitas que el general iba clavando en los mapas del cuartel.
Pero el verano llevó al doctor Chaos a buscarse un hotel, el Hotel Miramar, en la hermosa población de Blanes, para pasar allí los fines de semana. Entre otras cosas, necesitaba descansar. Su trabajo era duro en los quirófanos, sin contar con que la blenorragia se extendía como una epidemia entre la tropa.;
Entonces ocurrió que, en ese hotel de Blanes, el doctor Chaos, de cuarenta y cinco años de edad, borracho del sol que por las mañanas lo tostaba en la playa y por el buen vino que le servían en la mesa, perdió un poco el control. Súbitamente se enamoró de un joven camarero, llamado Rogelio, de dieciocho años, imberbe, y que tenía un lejano parecido con Alfonso Estrada.