Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Sorpresa general.
– ¿Qué quiere usted decir?
Carmen Elgazu asumió una gran dignidad.
– Yo creo que la máxima aspiración de César era otra: era morir… Sí, ésa era su vocación. Decía que precisamente porque la época era de escarnio debía haber quien expiara las culpas.
Meses antes de la guerra le entró ese pensamiento muy adentro y no hacía más que hablar de eso. Decía que todos pecábamos y que él deseaba morir.
Al padre Forteza se le marcaron súbitamente las ojeras. Dejó de dibujar arbolitos.
Segundos después prosiguió:
– ¿Quién fue el último que lo vio?
Intervino Matías:
– Mosén Francisco… Se había disfrazado con mono azul y se ocultó en el cementerio… Cuando los milicianos se cansaron de disparar y se fueron, mosén Francisco se acercó a las víctimas y consiguió darle a César la absolución.
Un gran silencio se apoderó del comedor. Esta vez fue Carmen Elgazu quien lo rompió, llevándose repentinamente el pañuelo a la nariz:
– ¿Sabe usted, padre…? En Gerona hay mucha gente que le reza ya a mi hijo, como si estuviera en los altares. Que le pide favores… -Luego añadió-: Podrá usted hablar con algunas de ellas, si le interesa…
El padre Forteza hizo un gesto que significaba: "Eso, en todo caso, más tarde".
En ese momento exacto se oyó el llavín en la puerta y entró Ignacio.
Todos se alegraron lo indecible de su llegada. Era la pieza que faltaba. En cierto modo, Ignacio fue quien mejor conoció a César, aparte de que hubiera sido verdaderamente una lástima que el padre Forteza se hubiese marchado sin haberle saludado siquiera.
Ignacio, al reconocer desde el pasillo, al jesuita, no pudo disimular su asombro. Llegaba con el semblante un poco demudado, no se sabía por qué. Tal vez por el exceso de trabajo en casa de Manolo.
El muchacho, en dos zancadas, se plantó en el comedor.
– Pero, ¡padre! ¡Cuánto honor! La verdad es que no esperaba…
El jesuita se levantó para estrecharle la mano.
– Ya lo ves, hijo… Has llegado en el momento oportuno.
– ¿De veras?
Ignacio, algo desconcertado, besó en la frente a su madre y tomó asiento a su lado, en una silla que Pilar le acercó. Y fue la propia Pilar la encargada de explicarle el motivo por el cual el padre Forteza estaba allí.
Ignacio, mientras escuchaba a Pilar, iba moviendo repetidamente la cabeza. Era evidente que le costaba adaptarse al tema, que llegaba con la mente muy ajena a él. Ello intensificó el cambio de clima que la llegada de Ignacio había operado en el comedor. No obstante, el muchacho había visto en seguida el álbum de las fotografías sobre la mesa. Y aquello lo puso rápidamente en situación.
– César, claro… -musitó, como hablando consigo mismo, sin dejar de mirar el álbum.
El padre Forteza le dijo:
– Me han contado cosas de gran interés para mi labor. Estoy muy impresionado.
Ignacio, por fin, levantó la vista y la fijó en el jesuita. Y en un tono muy suyo, mezcla de añoranza y de descontento, replicó:
– Lo impresionante sería que César continuara sentado aquí con nosotros, en su silla de siempre.
Carmen Elgazu volvió a palidecer. Matías mudó de expresión.
El padre Forteza comprendió al muchacho.
– Por supuesto -dijo-, tienes razón. Desde el punto de vista humano, mejor sería tenerlo sentado aquí… -el jesuita, midiendo bien sus palabras, agregó-: Sin embargo, en un orden… diríamos trascendente, reconocer la santidad de César podría servir de consuelo, ¿no te parece?
Ignacio sintió activarse en su interior su atávica rebeldía. Era obvio que su lucha era fuerte. Finalmente respondió:
– Compréndalo usted, padre… En estos casos hablar de consuelo resulta difícil…
Esta vez el tono de voz de Ignacio fue más duro que antes. Carmen Elgazu miró a su hijo con expectante temor. El juego era complejo y sutil y las vacías copitas de Calisay parecieron notas frívolas. Ocurría lo siguiente: los allí reunidos ignoraban que Ignacio no llegaba de casa de Manolo, sino de casa de Adela. De ahí su contagiosa incomodidad. Ignacio, un cuarto de hora antes, le estaba diciendo a Adela: "Es terrible. Me doy cuenta de que no puedo vivir sin ti…"
Se había creado un silencio tenso. El padre Forteza apuntó:
– Sin embargo, insisto en que puede ser hermoso pensar que César es ya un ángel, y que desde arriba está mirando, en estos momentos, este comedor…
Ignacio hizo una mueca. Recordó las dudas que respecto al cielo había expuesto en casa de Manolo y Esther. Incluso pensó: "¿Por qué dice esto el padre, si sabe que a los ángeles y a los santos les basta con la contemplación de Dios?". Pero cedió. ¿Por qué cedió? Porque allí estaba su madre, Carmen Elgazu, que lo miraba con aquella expresión dramática con que lo miró años atrás, cuando él se enfrentó con mosén Alberto.
Ignacio realizó un esfuerzo titánico pero consiguió iluminar su rostro y hablar en tono de gran convicción.
– Tiene usted razón, padre… Sí, seguro que César está en el cielo… y que en estos momentos nos está mirando.
Carmen Elgazu casi estalló de alegría.
– ¡Hijo! -exclamó tomándole la mano con dulzura-. Gracias a Dios que te oigo hablar así.
La situación había dado un vuelco. Las palabras de Ignacio cayeron como una lluvia bienhechora en el comedor. El jesuita miró al muchacho con gratitud, si bien no se le ocultó que su reacción obedeció a un impulso de carácter emocional.
Ignacio, sin embargo, estaba tan contento por haber triunfado sobre sí mismo -además de que se dio cuenta de que su padre lo miraba también con gratitud-, que decidió rematar su buena acción.
– ¡César…! -exclamó, como dando a entender que él podría estar hablando de su hermano interminablemente-. A su lado yo era… ¡qué sé yo! Un cobarde -sonrió y añadió-: Y como han visto ustedes, ¡sigo siéndolo!
El jesuita protestó:
– No digas eso, muchacho. A tu edad, es lógico que te formules preguntas… Además -prosiguió, en expresivo gesto-, si no lo hicieras así no serías Ignacio, ¿verdad?
Pilar casi palmoteo.
– ¡Eso me gusta!
El padre Forteza recogió su bloc de notas, indicio cierto de que daba por terminado "el interrogatorio". Entonces Ignacio, viendo la botella de Calisay dijo: "¡Hum…!". Y se sirvió una copita y paladeó el licor.
El clima habla pasado a ser alegre. El jesuita entonces bromeó de nuevo sobre el nombre que oficialmente le correspondía: vicepostulador. "Todo lo que sea vice -comentó-, malo. Significa que la opinión propia no cuenta".
Ignacio, lanzado a convertir la alegría en euforia, le preguntó al jesuita:
– ¿Le han dicho ya que hoy es día grande en esta casa?
El padre Forteza negó con la cabeza.
– No sé a qué te refieres.
Ignacio le notificó entonces que celebraban nada menos que el cumpleaños de su padre, Matías.
El jesuita, al oír esto, estuvo a punto de palmetear también y se volvió hacia el interesado.
– ¡Su cumpleaños! Enhorabuena… -El padre Forteza se incorporó ligeramente hasta conseguir estrechar entre las suyas las dos manos de Matías-. ¿Cuántos cumple usted, Matías? ¿Cuántos?
– Exactamente, cincuenta y cinco…
– ¡Un chaval!
– Y que lo diga. Mañana ingresaré en las Organizaciones Juveniles.
La sesión, agradable a todas luces, se prolongó por espacio de un cuarto de hora aún. El padre Forteza contó varias anécdotas de su época de noviciado y les habló de la labor evangélica que realizaba en el Japón, en Nagasaki, su hermano mayor, misionero.
Carmen Elgazu preguntó:
– ¿Y no corre peligro su hermano en aquellas tierras?
– ¡No, no! -contestó el padre Forteza-. Llevar sotana es mucho más peligroso aquí…
Por fin terminó la reunión. El padre Forteza debía regresar al convento… ¡a confesar mujeres!
– En la iglesia habrá una cola de ellas esperándome…