Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– No creo.,. Me conozco demasiado. Esta noche dormiré diez horas seguidas y mañana me esperan en la Clínica dos apéndices y un riñón. Ahora me doy asco, pero ya me ha ocurrido otras veces. La única moraleja posible es que renuncie para siempre a arriesgarme con desconocidos…
– ¿Sigues interesándote más bien por hombres… de clase inferior?
– Pues sí… Como siempre. Pero últimamente…
– ¿Qué?
– Será por la edad, pero me vuelvo cada vez más pederasta. Últimamente, me excitan sobre todo los jóvenes, los adolescentes… Lo de esta tarde ha sido una muestra.
El doctor Andújar, sin querer, recordó el modo como una noche, en casa del Gobernador, el doctor Chaos miró a Pablito.
– Eso es mucho más peligroso. Socialmente, se entiende.
– Ya lo sé. Lo mejor sería que me pegara un tiro.
El doctor Andújar, al oír esto, se intranquilizó.
– Eres médico como yo -dijo el doctor Andújar-. Sabes que no existe la droga maravillosa.
– Lo sé.
– Es decir -rectificó el doctor Andújar-, existe una, pero tampoco crees en ella: la voluntad.
El doctor Chaos siguió jugueteando con el papel secante.
Volvió a suspirar.
– La voluntad… -pareció sonreír-. Soy un esclavo, ya lo sabes. Tú también lo eres amando a tus hijos. ¿Podrías dejar de amar a tus hijos?
– No.
– Pues también deberías pegarte un tiro. El doctor Andújar guardó silencio.
– Si no creyera en Dios, no habría traído hijos al mundo y me habría suicidado antes que tú. ¿Crees que no tengo mis problemas?
– ¿Qué problemas? Eres el ser más feliz que he conocido.
– Estás equivocado. Al terminar la carrera pasé una crisis muy grave. Me pasaba el día con prostitutas. Pero luché y vencí.
– Claro. Porque tu crisis era normal. Te casaste, y en paz.
– ¿En paz? ¿Qué psiquiatra puede hablar de paz? Rodeado de locos… y sin poder hacer nada. Queriendo ayudar a los hombres como tú… y sin poder hacer nada. Comprender que necesitas una pistola… y no tener derecho a dártela.
El doctor Chaos pareció reaccionar. Se había planteado a menudo el problema del suicidio: durante la guerra un alemán herido, de la Legión Cóndor, se suicidó a su lado, porque dijo que se sentiría incapaz de vivir con una sola pierna. Entendió que el doctor Andújar le provocaba para demostrarle que era un cobarde y que si habló de pegarse un tiro fue para ponerse a su nivel.
– Es curioso -comentó, notando que sudaba, por lo que puso en marcha el ventilador que tenía a su lado-. Te he llamado… Porque no podía con mi sufrimiento. Y lo que haces es decirme Que tú también tienes problemas… y que te salvó una mujer. El doctor Andújar asintió con la cabeza.
– Por ahí voy… Ése es el camino. ¡No, por favor, no te excites! Hoy debes dormir diez horas… y mañana operar dos apéndices y un riñón. Pero mi consejo es que intentes ese recurso supremo: acércate a una mujer. No estoy hablando de que te cases, entiéndeme. Pero vuelvo a mi teoría de los tiempos de la Facultad… Continúo creyendo que hay casos recuperables y que tú eres uno de ellos. Estoy seguro de que también una mujer podría proporcionarte placer.
El doctor Chaos quedó abatido de nuevo.
– ¿Crees que no lo he intentado? Durante la guerra, con una enfermera… Y antes, con una viuda, en Madrid. Fue un fracaso espantoso. Me pareció que tocaba una serpiente.
El doctor Andújar se levantó para dejar la colilla en el cenicero, que no estaba al alcance de su mano.
– Pero me has dicho que ahora se ha producido un cambio en ti, que te interesan cada vez más los adolescentes…
– Sí. ¿Y eso qué tiene que ver?
– Quién sabe… Los adolescentes tienen la piel suave. Se parecen a una mujer mucho más que un peón ferroviario…
El doctor Chaos retó a su amigo con la mirada. Por un instante se agarró a la idea como a un clavo ardiente.
– ¿Quieres decir que…?
– Yo lo probaría.
El doctor Chaos, sin querer, miró a su perro, que yacía a sus pies. Su piel era suave, como la de Rogelio.
– Estás empleando un truco -dijo de pronto-. Mi deseo no se satisface con sólo tocar la piel.
– Insisto en que lo probaría… -repitió el doctor Andújar-. Tú mismo has hablado de los cambios que la edad produce.
– Las aberraciones me tientan más que nunca.
– No sabemos nada. Tú mismo defiendes esta tesis. Nuestro organismo es un misterio. ¿Quieres que te diga una cosa? Verte tan abochornado me ha infundido esperanzas. Otras veces el incidente de hoy te habría tenido sin cuidado. "Probaré con otro", te habrías dicho. Tal vez hayas penetrado en el hastío… a través de la vergüenza.
– No te he dicho que sienta vergüenza, sino que me doy asco.
– Tampoco puedes afirmar eso. Y no me repitas que empleo un truco. Hay hombres que se han curado, sobre todo al llegar a tu edad. Es un hecho clínico. Y eran menos reflexivos, más instintivos que tú -el ventilador revolvía ahora el abundante pelo del doctor Chaos-. Imagínate que encuentras una mujer joven… y que te demuestras, aunque sea una sola vez, que eres capaz… Se te abriría el mundo ¿no?
El doctor Chaos movió desolado la cabeza.
– Es que no puedo ni imaginarlo… Y además ¿qué significaría una sola vez?
– ¡Mucho! Significaría enormemente… Porque podrías pensar en algo inédito de que te hablé en una ocasión: tener un hijo.
El doctor Chaos casi pegó un salto.
– Aunque pudiera, no tendría ningún hijo.
– ¿Por qué no?
– Porque pienso como los nazis; sólo tienen derecho a la paternidad las personas seleccionadas, sin tara. Y porque he sufrido demasiado…
El doctor Andújar parecía ahora totalmente concentrado.
– El dolor es fecundo.
– En ese caso, esta tarde estoy yo fertilizando la tierra.
– Quién sabe… Es probable que te estés purificando.
– ¡Por favor! No emplees, precisamente ahora, esa palabra…
– ¿Por qué no? La he empleado adrede. Porque sé que te consideras, en estos momentos, absolutamente impuro y que te equivocas de medio a medio. Porque hay algo en ti que te redime: el amor.
– ¿El amor?
– Sí. Tu defecto, en el fondo, es amor. Esta tarde necesitabas amor… Amar con la misma intensidad con que yo amo a los míos. Tú mismo lo has dicho: "No podía con mi sufrimiento". Y tenías razón. Si no fueras capaz de sufrir tanto no habrías amado nunca a nadie. Ni a hombres inferiores… Ni a tu perro. Ni me habrías llamado por teléfono.
– Te llamé por miedo, no por amor. Me asustaba la soledad.
– Claro. Porque la carne sola no se basta. Es el espíritu el que necesita constantemente compañía. En las autopsias eso no se ve, ya lo sé. Pero se ve al enfrentarse con la muerte. Hemos hablado de eso otras veces ¿no es así?
– ¡Claro! -El doctor Chaos se tocó el pelo que el aire del ventilador revolvía sin cesar-. Y ya sabes lo que opino al respecto.
– He de insistir en que cometes un error. La vida es una ley; pero la muerte también lo es.
– La muerte no es ninguna ley, excepto la que significa que ha llegado el fin. La muerte es la estupidez definitiva.
– No es posible que hables así, tú que has estado durante unos meses al frente de un manicomio.
– No te entiendo.
– En todos los manicomios hay un loco que se cree inmortal. Lo hay incluso en ese manicomio que tú conoces… ¿No te da esto que pensar? Bien sabes que son los locos quienes en última instancia tienen razón.
En los ojos del doctor Chaos asomó otra vez la ironía.
– Da la casualidad de que ese loco a qué aludes… es homosexual.
– Lo sé. Pero eso no destruye su certeza en la inmortalidad. Sigue dibujando alas en las paredes. Y cuando el sol está en lo alto, se siente dichoso.
El doctor Chaos miró con sarcasmo al doctor Andújar.