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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Yo suelo decirles: «Chicos, no os peleéis por mí. Celebremos la libertad, igualdad y fraternidad.»

El cepillo de la Reina yacía donde lo había dejado caer Gabrielle, en la alfombra del cuarto de estar.

A última hora de la tarde las mujeres oyeron la voz de Danton en la calle. Llegó acompañado de Fabre, el genio de la época, de Legendre, el carnicero, de Collor d’Herbois, la-peor-persona-del-mundo, de François Robert y de Westermann. Caminaba apoyado en Legendre y Westermann, tambaleándose, sin afeitar, agotado y apestando a coñac. «¡No nos rendiremos!», repetían sin cesar. Era una consigna sencilla y directa. Danton estrechó a Gabrielle entre sus brazos con fuerza, como si quisiera protegerla contra todo mal, y ella sintió que le temblaban las rodillas.

Luego la sentó en un sillón.

– La pobrecilla no se sostenía en pie -dijo Louise Robert mirando aliviada a François. Su piel resplandecía bajo el colorete.

– ¡Marcharos todos! -exclamó Danton-. ¡Idos a casa!

Acto seguido entró en el dormitorio y se arrojó sobra la cama. Lucile entró tras él y le acarició la espalda.

– Estoy demasiado cansado -dijo Danton, sonriendo-. Ah, Georges-Jacques, Georges-Jacques, la vida consiste en una serie de maravillosas oportunidades. ¿Qué pensaría de ti en estos momentos maître Vinot?

– Quiero saber dónde está mi marido.

– ¿Camille? -preguntó Danton-. En la Escuela de Equitación, organizando su plan de vida. No, Camille no es como el resto de los humanos, no necesita dormir.

– La última vez que lo vi -dijo Lucile-, estaba conmocionado.

– Sí -contestó Danton, poniéndose serio. Cerró los ojos unos instantes y volvió a abrirlos-. Esa arpía, Théroigne, asesinó a Suleau a veinte metros de donde estaba Camille. No hemos visto a Robespierre en todo el día. Puede que se ocultara en la bodega de Duplay… -añadió con voz cansada-. Suleau iba a la Escuela con Camille, al igual que Max. ¡Qué pequeño es el mundo! Camille es un joven muy trabajador, llegará lejos. Mañana sabremos… -Pero no pudo terminar la frase. Cerró los ojos y dijo-: Eso es todo.

La Asamblea había iniciado la sesión a las dos de la madrugada. El debate se vio entorpecido por numerosos obstáculos: las voces de los oradores quedaban sofocadas por el intermitente ruido de los disparos, y la llegada de la familia real, hacia las ocho y media de la mañana, provocó una fuerte confusión. El día anterior habían votado en favor de suspender el debate sobre el futuro de la monarquía, pero ahora parecía como si los vestigios de la institución hubieran quedado sepultados entre los despojos del palacio. La derecha afirmó que el aplazamiento del debate fue la señal que provocó el estallido de la insurrección; la izquierda replicó que cuando los diputados abandonaron el tema renunciaron a todo derecho de convertirse en líderes de la opinión pública.

La familia del Rey y algunos amigos suyos ocuparon el palco de los periodistas, situado detrás de la tribuna del presidente. A partir de media tarde, mucha gente y numerosos delegados atravesaron los pasillos y penetraron en la Cámara. Corrían todo tipo de terribles y pintorescos rumores. La muchedumbre había destrozado los colchones y las almohadas del palacio, el cual estaba invadido de plumas que volaban por los aires. Las prostitutas desempeñaban su oficio en el lecho de la Reina, aunque esos pormenores no encajaban con otras versiones. Habían visto a un hombre tocando el violín sobre el cadáver de un individuo al que había degollado. Un centenar de personas habían sido asesinadas a golpes y cuchilladas en la rue de l’Échelle. Un cocinero había muerto abrasado. Los sirvientes habían sido sacados a rastras de debajo de los lechos, obligados a trepar por las chimeneas y arrojados por las ventanas para ser ensartados en unas picas. Habían prendido fuego a numerosas zonas del palacio, y se decía que muchos habían practicado el canibalismo.

Vergniaud, el actual presidente de la Asamblea, había renunciado a distinguir la verdad de la fantasía. Al echar un vistazo alrededor de la Cámara, contó más invasores que diputados. Cada dos por tres se abrían las puertas y aparecían hombres, sonrientes y extenuados, cargados con objetos que de no haberlos trasladado directamente a la Escuela de Equitación hubieran podido considerarse un botín. A Vergniaud le parecía excesivo colocar muebles incrustados y obras completas de Moliere a los pies de la nación. Aquello parecía una sala de subastas. Vergniaud trató de aflojarse discretamente la corbata.

En el concurrido palco de los periodistas, los hijos de los Reyes estaban medio dormidos. El Monarca, a fin de conservar las fuerzas, mordisqueaba la pata de un capón. De vez en cuando se limpiaba los dedos en su fúnebre casaca púrpura. Un diputado que ocupaba un escaño debajo de él se cubrió la cara con las manos.

– Salí a orinar, y Camille Desmoulins se precipitó sobre mí -dijo-. Me arrinconó contra la pared y me obligó a apoyar el nombramiento de Danton como Papa o algo parecido. Tengo entendido que Danton va a presentarse como candidato a Dios, y me han advertido que si no voto en favor suyo me cortarán la cabeza.

Unos bancos más atrás, Brissot charlaba con el ex ministro Roland. El señor Roland mostraba un color más macilento que de costumbre. Sostenía el polvoriento sombrero contra su pecho, como si se tratara de su última arma defensiva.

– Es preciso disolver la Asamblea -dijo Brissot- y convocar a nuevas elecciones. Antes de que concluya esta sesión, debemos nombrar un nuevo gabinete, un nuevo Consejo de Ministros. Hay que hacerlo ahora, de inmediato, alguien tiene que gobernar el país. Ocuparás de nuevo el cargo de ministro del Interior.

– ¿De veras? ¿Y Servan, y Claviere?

– Recuperarán también sus cargos -contestó Brissot. Esta es mi misión en la vida, pensó, formar gobiernos-. Todo será como en junio, salvo que no existirá el obstáculo del veto real. Y tendrás a Danton de colega.

– A Manon no le gustará -dijo Roland, suspirando.

– Pues tendrá que irse acostumbrando.

– ¿Qué ministerio vas a ofrecerle a Danton?

– Eso no importa -respondió Brissot-. Lo importante es que ocupe un cargo destacado.

– ¿Tan grave es la situación?

– Si hubieras estado hoy en las calles, no te cabría la menor duda.

– ¿Has estado tú en las calles? -preguntó Roland. Dudaba de que Brissot hubiera salido de su despacho.

– Estoy informado -respondió Brissot-. Perfectamente informado. Me han dicho que él es su hombre. Todos lo aclaman y vitorean. ¿Qué te parece?

– Me pregunto si esto es un buen comienzo para la república -dijo Roland-. ¿No corremos el riesgo de vernos acosados por la chusma?

– ¿Adónde demonios se dirige Vergniaud? -preguntó Brissot.

El presidente había hecho una seña a su sustituto.

– Les ruego que me dejen pasar -dijo amablemente.

Brissot siguió a Vergniaud con la mirada. Era posible que se propusieran, organizaran y rompieran alianzas, facciones y pactos, y si no se mantenía alerta cabía la posibilidad de que dejara de ser el hombre mejor informado de Francia.

– Danton es un delincuente -dijo Roland-. Quizá deberíamos pedirle que asuma el cargo de ministro de Justicia.

Al llegar a la puerta y toparse con Camille, Vergniaud no consiguió hacer gala de su proverbial oratoria. Uno se da cuenta de la situación, dijo Camille, y ve y comprende las cosas. Al cabo de tres minutos, empezaron a fallarle las palabras.

– ¿Me estoy repitiendo, Vergniaud? -preguntó Camille.

– Un poco -respondió Vergniaud-, pero lo que dices resulta muy interesante. Termina lo que ibas a decir. ¿En qué sentido?

Camille hizo un gesto vago, como si quisiera abarcar la Escuela de Equitación y las masas que gritaban en la calle.

– No comprendo por qué el Rey no está muerto. Han caído personas mucho más valiosas que él. ¿Y los diputados superfluos? ¿Acaso los monárquicos los han metido en las cárceles?

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