Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Prodújose otro silencio. En realidad, la figura del padre Forteza inspiraba también un gran respeto a todos. Todos le recordaban en La pasión, en el Teatro Municipal, recitando: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". "Me causan compasión estas turbas, porque tres días hace que permanecen ya en mi compañía y no tienen qué comer".
El jesuíta manifestó que, con respecto a la piedad, de momento aquello le bastaba y que podían pasar a otro capítulo: el de las mortificaciones. Suponía que ahí resultaría más difícil hacer memoria, pues César realizaría muchas por cuenta propia,! sin que se enterase nadie. Pero no había más remedio que proseguir.
Pilar intervino con más decisión de lo que cabía esperar. Habló de la austeridad de César en la mesa y en los juegos; de su preocupación por no sentarse nunca en posturas excesivamente cómodas; de cómo se mordía la lengua cuando en su presencia se criticaba a alguien.
– Se mortificaba constantemente -concluyó la muchacha-. Aunque estaba tan acostumbrado a hacerlo, que no parece qué ello lo hiciera sufrir.
El padre Forteza se dirigió nuevamente a Matías.
– ¿Es cierto, Matías, que le prohibió usted llevar cilicio?
Matías asintió.
– Desde luego. Se lo prohibí. Aunque -añadió en tono ligeramente irónico- me temo que no me hizo el menor caso…
– ¿Y por qué se lo prohibió usted? -interrogó el jesuíta.
Matías se encogió de hombros.
– ¡Qué sé yo! César era un chico débil. Y no me gustaba que hiciera esas cosas…
Carmen Elgazu, que se esforzaba en no olvidar detalle -¡con qué relieve recordó el momento en que Matías tiró coléricamente el cilicio al río-, intervino otra vez, afirmando que cuando mayormente se mortificaba César era en época de Cuaresma.
– Se pasaba la Cuaresma sin sonreír siquiera. Adelgazaba todavía más, pues no podíamos conseguir que comiera lo que le hacía falta. Y desde luego, no se atrevía ni a silbar.
Pilar, al oír esto, tuvo un reflejo entusiasta.
– En cambio, cuando llegaba el Sábado de Gloria, al oír las campanas pegaba un gran salto y nos abrazaba a todos. Sobre todo a Ignacio.
El jesuíta preguntó:
– ¿Por qué sobre todo a Ignacio?
– No sé…
El padre Forteza, llegados a este punto, formuló una extraña pregunta, tal vez por aquello de que un dato insignificante podía ser revelador. Preguntó si era cierto que César visitaba con mucha frecuencia el cementerio.
La palabra sonó fuerte en el comedor. Esta vez quien contestó, haciendo de tripas corazón, fue Matías.
– Desde luego, era lo primero que hacía al llegar del Collell.
– ¿Qué cree usted, Matías, que lo impulsaba a ello?
Matías aplastó la colilla en el cenicero.
– Eso… nadie puede saberlo. Lo único que puedo decirle es que allí visitaba de preferencia los nichos de los niños.
Al oír esto, el padre Forteza abrió de nuevo el álbum de las fotografías. Y volvió a fijarse en aquélla en que se veía a César pintando en el taller de imágenes la llaga en el costado de Cristo. Cerrado el álbum, el jesuíta modificó el tono de la voz.
– César… era un chico triste, ¿verdad?
Las opiniones fueron en este punto contradictorias. Carmen Elgazu negó con mucha seguridad.
– ¡De ningún modo! Era el chico más feliz del mundo… En muchos momentos respiraba una alegría que no he visto nunca en nadie más.
Matías manifestó perplejidad, pero no dijo nada. En cambio, Pilar apuntó:
– Pues a mí me parece que el padre tiene razón. Que en el fondo, era triste… -la muchacha agregó-: Muchas veces yo le preguntaba: "Pero ¿qué te ocurre, César? ¿Te sientes mal?".
Hubo un forcejeo, pero Pilar se mostró muy firme.
– Es más -concluyó-. Creo que llegué a descubrir la causa de la tristeza de César.
– ¡Ah!, ¿sí? -el padre Forteza miró fijo a la muchacha.
– Sí. César estaba descontento de sí mismo… ¡Se consideraba un pecador!
– ¿Un pecador?
– Eso es. Decía que era un pecador… Y que debido a ello no conseguía convertir a los hombres de la calle de la Barca.
El padre Forteza abrió los brazos, dando a entender que las intervenciones de Pilar le agradaban. Marcó otra breve pausa y acto seguido se dirigió nuevamente a Matías.
– ¿Podría usted imaginar, Matías, que César cometiera alguna vez actos impuros?
Carmen Elgazu miró a Matías como si quisiera sobornarlo.
– No… -dijo Matías-. Absolutamente imposible… -luego añadió-: Ni siquiera sabía lo que era eso.
La respuesta fue tan contundente, que el padre Forteza golpeó la mesa con el lápiz. Luego se pasó la mano por la cabeza y, como dispuesto a abreviar, preguntó a todos cuál podía ser, en resumidas cuentas, la principal virtud del muchacho.
Esta vez el mohín de perplejidad fue colectivo. ¿Qué podían contestar? Tal vez la obediencia; tal vez la humildad… Si lo elogiaban, César se ponía nervioso. Matías recordó que en una ocasión el muchacho, en el río Ter, consiguió pescar un pez y se quedó tan aturdido como si hubiera cometido un mala acción.
Carmen Elgazu intervino:
– ¿Puedo darle mi opinión, padre?
– Claro que sí.
– Creo que la principal virtud de César era la esperanza… Sí, mi hijo tenía una gran esperanza. Una gran confianza en Dios.
El padre Forteza irguió el busto. Era la primera vez, ¡qué curioso!, que sonaba en el diálogo la palabra ¿05. La expresión del jesuíta denotaba que habían llegado a un punto particularmente delicado.
– Señora… ¿le habló su hijo, alguna vez, de visiones sobrenaturales?
Esta vez Carmen Elgazu se mordió los labios. Dio la impresión de que la daba apuro entrar en este terreno.
– Hable, señora, por favor…
– Es que… -por fin Carmen Elgazu se decidió-. Una vez me dijo que vio rayos de luz en torno a la imagen de San Francisco de Asís…
El padre Forteza manifestó sorpresa.
– ¿De San Francisco de Asís? ¿Es que César amaba mucho a los animales?
Carmen Elgazu dudó un instante.
– No… No creo que los amase de una manera particular.
El jesuita advirtió que Matías había empezado a liar otro cigarrillo.
– La verdad… no sé -y añadió-: De todos modos, César no mentía jamás…
El padre Forteza se dirigió a Pilar.
– ¿Te habló a ti de esto en alguna ocasión?
La muchacha movió negativamente la cabeza.
– No. Pero, en cambio, un año, por Navidad, me dijo que tuvo la impresión de que el Niño Jesús le había sonreído.
El padre Forteza se mostró ahora impenetrable. Y resultó evidente que no quería seguir en esa dirección. Entonces se dirigió una vez más a Carmen Elgazu.
– Antes dijo usted, Carmen, que César, en muchos momentos, respiraba una alegría que no ha visto usted nunca en nadie más. ¿Cómo podía estar alegre en aquella época, con tanto escarnio y tanta persecución?
Carmen Elgazu no titubeó.
– Él sabía que Jesús triunfaría, ¿comprende, padre? Lo mejor de César era eso: que creía con todas sus fuerzas en las promesas de Jesús.
Las promesas de Jesús… El padre Forteza evocó para sus adentros, en un instante, varios textos dirigidos a los apóstoles: "Vuestra tristeza se convertirá en gozo". "Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver".
La palabra "apóstoles" condujo al jesuita a efectuar un viraje enfocando un aspecto de la cuestión que sin duda le interesaba especialmente.
– ¿Considera usted, Carmen, que la máxima aspiración de César era ser sacerdote?
Carmen Elgazu tuvo entonces una intervención absolutamente inesperada.
– Pues la verdad… No creo que la máxima aspiración de César fuera ser sacerdote.