Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Durante la confusión, entró corriendo en el hotel el señor Isser, el primer agente al que había detenido y hombre versado, al parecer, en el arte de deshacer nudos. Isser encontró a Duer de inmediato y empezó a explicarle algo. Supongo que le dio una versión embarullada de los hechos, un relato increíble de asalto y detención, de confusión de identidad, de captura y fuga. Hablaron unos instantes y, entonces, Whippo empezó a mirar a su alrededor. No sé qué buscaba, pero no tardé en notar sus ojos en los míos, observándome con una expresión intensa pero indescifrable. Los labios le temblaban como si contuviera la risa. Entre nosotros se transmitió algo que no comprendí. Era como si supiera lo que yo había hecho y lo aprobase.
La mirada duró solo un instante. Whippo se volvió y me quedé valorando los extraños y hermosos acontecimientos ocurridos. Los planes de Duer habían quedado desbaratados y se había evitado la amenaza contra el Banco de Estados Unidos. Y habiendo salvado a Cynthia Pearson y quizá también a la república, me marché de allí satisfecho.
Capítulo 40
Ethan Saunders
Consideré que había sido un día afortunado y regresé a la taberna de Fraunces, donde encontré a Lavien en el bar, tomando una taza de té y escribiendo una carta en un papel de oficio. Sus manos se movían despacio y deliberadamente, y las letras eran claras y precisas. Casi no necesitaba utilizar el secante. Dejó la pluma en la mesa y me miró.
– Le pedí que no interfiriera en el lanzamiento del Banco del Millón.
– Sí, me parece recordarlo. -Llamé al tabernero y le pedí una botella de vino-. Dijo: «No obstaculice los asuntos del gobierno», o algo así, ¿verdad? -le dije a Lavien.
– Ha desobedecido las órdenes del Departamento del Tesoro.
– Bueno, sí -convine-, pero yo no trabajo para el Departamento del Tesoro. Considero sus sugerencias, pero estas no dirigen mis acciones más que las mías dirigen las suyas. No estoy obligado con nadie ni con nada que no sea el honor, el amor y la venganza, y he intentado cumplir con esas tres cosas lo mejor que he sabido.
Llegó el vino, junto con dos vasos. Le puse uno delante a Lavien, esperando que lo rechazase, pero él llenó los dos.
– Supongo que así es -dijo-. No sé qué caos ha conseguido que cayera sobre nosotros, pero lo hizo muy bien. -Levantó el vaso en señal de brindis.
– Caramba, muchas gracias.
– Creo que ahora ya sabe dónde estaba Pearson durante su ausencia y las acciones de hoy indican que también ha descubierto qué se llevaba entre manos.
– Estaba aquí, en Nueva York -dijo-. Eso, usted ya lo sabía también. Con respecto a lo que se llevaba entre manos, tenía negocios con Duer que debía mantener en secreto debido a las tremendas deudas que tiene en Filadelfia. Vendía con pérdidas los bonos al seis por ciento y hacía subir el precio de los al cuatro por ciento, de modo que los otros agentes de Duer, sus verdaderos agentes, pudiesen comprar barato. Y, al mismo tiempo, hacía planes para invertir en el Banco del Millón. El dinero invertido en los bonos al seis por ciento se ha esfumado, pero he librado a Cynthia de la ruina final de Pearson, que le habría sobrevenido si él hubiese invertido en el Banco del Millón.
– No cabe ninguna duda de que la ha salvado de la ruina. Aun cuando el Banco del Millón sea un éxito, sus acciones ya se han devaluado. Hoy ha habido una sobresuscripción en la emisión, debido en no poca medida a los rumores que usted ha divulgado. Se ha suscrito diez veces más, por lo que su valor es ahora de una décima parte. El Banco del Millón tendrá que hacerlo muy bien o hasta el último inversor saldrá perdiendo.
– Entonces, quizá Duer tenga que darme las gracias.
– No lo hará. No le importaba que los títulos de los que era propietario conservaran su valor, sino controlar el propio Banco del Millón. No buscaba operar con esas acciones y sacarles beneficio: quería la riqueza del Banco del Millón al completo. Si acaso, la devaluación lo habría ayudado a comprar títulos a los inversores decepcionados, pero, para hacerlo, tendría que haber poseído primero una parte importante de ellos, lo cual, gracias a usted, no es así. -Lavien dio un sorbo al vino-. Sin embargo, para usted debe de ser difícil. Ha dicho que se sentía obligado con el honor, el amor y la venganza y hoy, ciertamente, ha contentado a dos de ellos. Ha demostrado su honor y su amor por la señora Pearson defendiendo la fortuna que le queda. Pero ¿y la venganza? Para protegerla a ella, tendrá que salvarlo a él.
No supe si me mortificaba, me tomaba el pelo o me animaba a actuar.
– A Pearson le llegará su hora, no me cabe ninguna duda.
– A mí, tampoco. -Lavien sonrió y me invadió una suerte de frialdad-. Leónidas ha venido a verme -añadió al cabo de un momento-. Quería despedirse.
– Ha sido una pequeña debacle -dije tras beber un sorbo-, no tan bien manejada como me habría gustado.
La expresión de Lavien se ablandó y, por unos instantes, pareció solo un hombre, lleno de bondad y preocupación.
– Siento que lo haya perdido. Comprendo la ira de Leónidas, pero se me antoja desproporcionada con la falta que usted cometió. Hizo mal no revelándole antes que se había comportado con él de una manera justa, pero lo cierto es que lo hizo, que se comportó con justicia. Él tendría que verlo. Al final, lo verá.
– Muchas gracias. Muy amable por su parte.
Contempló mi vaso de vino y sonrió.
– En líneas generales, diría que se está reformando bien. Tengo que acordarme de decirle a mi esposa que obró un efecto maravilloso sobre usted.
Para aquello no había respuesta.
– Bueno, supongo que empezará a hacer planes para volver a Filadelfia -prosiguió-. Aquí, nuestro trabajo ha terminado. Viajaremos juntos, mañana de madrugada en el coche exprés, y sus gastos correrán por cuenta del Tesoro. Y hasta entonces, tenemos cosas que hacer.
Si se hubiera levantado en aquel momento, creo que yo lo habría hecho con él, o al menos habría empezado a hacerlo antes de contenerme. Sin embargo, a mí aquel hombre no me daba órdenes, nunca me las había dado. No estaba tan cansado de la falta de sueño, ni tan abotargado por el vino, como para que se me hubiera olvidado que yo era mi propio jefe.
– Sé que no somos exactamente contrincantes, pero yo no trabajo para usted ni para el Tesoro. Tengo asuntos propios de los que ocuparme y estos empiezan con Pearson.
– Si quiere -dijo-, puedo cortarle el cuello antes de que nos marchemos.
Sus palabras eran tan serenas y calmadas que creo que, si se lo hubiera pedido, lo habría hecho. Y qué fácil habría sido… Tal vez por eso reaccioné con tanta fuerza. No quería que volviera a ofrecérmelo.
– No voy a asesinarlo.
– Entonces, ¿qué hará? -Se inclinó hacia delante-. ¿Se burlará de él? ¿Lo señalará y se reirá? Hay cosas en marcha, Saunders, y usted no se ha quedado al margen. Ahora ya no se trata de descubrir qué trama un funcionario británico de poca monta para que, dentro de seis meses, los retacitos de información que usted haya reunido puedan juntarse con otros cien a fin de llegar a una conclusión a partir de la cual se pueda actuar seis meses después.
– ¿Se atreve a despreciar el trabajo que hice?
– Eso, nunca -respondió-. Pero fue una guerra larga y los acontecimientos tuvieron lugar a gran escala. Ahora el tiempo no nos sobra. Le guste o no, está usted metido en esto hasta las orejas y esperar a ver con quién se pondrá en contacto Pearson dentro de dos semanas no es una alternativa. Tiene que afrontarlo ahora mismo.
– ¿Y por qué le preocupa eso? A Duer ya lo he frenado. La amenaza contra el banco ha terminado.