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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Brienne —dijo Renly después de mirar a su alrededor.

—¿Alteza? —Seguía llevando la armadura de acero azul, aunque se había quitado el yelmo. La tienda estaba abarrotada y hacía calor, el sudor le pegaba el pelo amarillo al rostro amplio y poco agraciado—. Mi lugar está a vuestro lado. Soy vuestro escudo juramentado…

—Uno de los siete —le recordó el rey—. No temáis, cuatro de vuestros compañeros estarán conmigo en la batalla.

—Si tengo que apartarme de Vuestra Alteza —dijo Brienne arrodillándose—, al menos concededme el honor de armaros para la batalla.

Catelyn oyó una risita a su espalda.

«Pobrecilla, está enamorada de él —pensó—. Lo servirá de escudero sólo para poder tocarlo, y no le importa lo mucho que se burlen de ella.»

—Concedido —dijo Renly—. Ahora, salid todos. Hasta los reyes deben descansar antes de una batalla.

—Mi señor —pidió Catelyn—, en el último pueblo que cruzamos hay un pequeño sept. Si no me permitís volver a Aguasdulces, al menos dadme permiso para ir allí a rezar.

—Como deseéis. Ser Robar, proporcionad una buena escolta a Lady Stark hasta ese sept… pero aseguraos de que esté de vuelta antes del amanecer.

—A vos también os convendría rezar —añadió Catelyn.

—¿Para pedir la victoria?

—Para pedir sabiduría.

—Loras, quédate y ayúdame a rezar —dijo Renly después de reírse—. Hace tanto que no lo hago que se me ha olvidado. En cuanto a los demás, quiero a todos los hombres en sus puestos en cuanto despunte el día, todos con armas, armaduras y a caballo. Le vamos a dar a Stannis un amanecer que tardará mucho en olvidar. Ya oscurecía cuando Catelyn salió del pabellón. Ser Robar Royce iba a su lado. Lo conocía de manera superficial, era uno de los hijos de Bronze Yohn, atractivo a su manera ruda, con cierto renombre ganado en los torneos. Renly le había otorgado una capa arco iris y una armadura roja, y lo había nombrado uno de los siete.

—Estáis muy lejos del Valle, ser —le dijo.

—Y vos de Invernalia, mi señora.

—Yo sé qué me ha traído aquí, pero ¿por qué habéis venido vos? No es vuestra batalla, igual que no es la mía.

—Es mi batalla desde que Renly es mi rey.

—Los Royce son vasallos de la Casa Arryn.

—Mi padre debe lealtad a Lady Lysa, y también su heredero. Los segundos hijos tienen que buscar la gloria allí donde puedan. —Se encogió de hombros—. Y uno acaba por hartarse de los torneos.

Catelyn calculó que no tendría más de veintiún años, la misma edad que su rey… pero el rey de ella, su Robb, era más sabio a los quince que aquel joven. O eso quería creer. En el pequeño rincón del campamento que correspondía a Catelyn, Shadd estaba troceando zanahorias y poniéndolas en una cazuela, Hal Mollen jugaba a los dados con tres de sus hombres de Invernalia, y Lucas Blackwood, sentado, afilaba la daga.

—Lady Stark —dijo Lucas al verla—, Mollen dice que habrá batalla al amanecer.

—Hal tiene razón —respondió. «Y una lengua muy larga.»

—¿Qué hacemos, mi señora? ¿Luchar o huir?

—Rezar, Lucas —fue su respuesta—. Vamos a rezar.

SANSA

—Cuanto más lo hagas esperar, peor será para ti —le advirtió Sandor Clegane.

Sansa trató de apresurarse, pero tenía los dedos torpes a la hora de hacer nudos y abrochar botones. El Perro siempre le hablaba con dureza, pero aquel día había en su mirada algo que la llenaba de terror. ¿Había averiguado Joffrey algo acerca de sus encuentros con Ser Dontos?

«No, por favor —pensó mientras se cepillaba el cabello. Ser Dontos era su única esperanza—. Tengo que estar bonita, a Joff le gusta que esté bonita, siempre le ha gustado que me ponga esta túnica, este color.» Se alisó la ropa. Sentía la tela tensa en torno al pecho.

Al salir, Sansa procuró situarse a la izquierda del Perro, para no verle el lado quemado de la cara.

—Decidme qué he hecho.

—Tú nada. Tu regio hermano.

—Robb es un traidor. —Sansa se sabía la fórmula de memoria—. No tengo nada que ver con lo que haya hecho. —«Dioses, que no sea el Matarreyes.» Si Robb había herido a Jaime Lannister, a ella le costaría la vida. Pensó en Ser Ilyn y en aquellos espantosos ojos claros que miraban sin compasión desde un rostro descarnado y picado de viruelas.

El Perro soltó un bufido.

—Te han entrenado bien, pajarito.

La llevó al patio inferior, donde se había reunido una multitud en torno a los blancos de prácticas para los arqueros. Los hombres se apartaron para dejarles paso. Oyó las toses de Lord Gyles. Los mozos de cuadras ociosos la miraron con insolencia, pero Ser Horas Redwyne apartó la mirada a su paso, y su hermano Hobber fingió que no la veía. Un gato amarillo agonizaba en el suelo, entre maullidos patéticos, con un dardo de ballesta clavado entre las costillas. Sansa dio un rodeo para esquivarlo. Sentía náuseas.

Ser Dontos se aproximó montado sobre un palo de escoba. El rey había decretado que, ya que el día del torneo estaba demasiado borracho para subirse a su corcel, debía ir siempre a caballo.

—Sed valiente —susurró al tiempo que le apretaba el brazo.

Joffrey estaba en el centro de la multitud, tensando una ballesta muy ornamentada. Ser Boros y Ser Meryn lo acompañaban. Sólo con verlos sintió que se le encogían las entrañas. Cayó de rodillas ante Joffrey.

—Alteza.

—Con ponerte de rodillas no te vas a salvar —dijo el rey—. Levántate. Estás aquí para responder por la última traición de tu hermano.

—Alteza, no sé qué ha hecho mi traidor hermano, pero bien sabéis que no he tomado parte en ello. Os lo suplico, por favor…

—¡Levantadla! —El Perro la puso en pie con manos no carentes de dulzura—. Ser Lancel —añadió Joff—, contadle el ultraje.

Sansa siempre había considerado que Lancel Lannister era atractivo y de palabras hermosas, pero en la mirada que clavó en ella no había el menor atisbo de compasión ni bondad.

—Vuestro hermano, gracias a alguna vil hechicería, cayó sobre Ser Stafford Lannister con un ejército de wargs demoníacos, a menos de tres días a caballo de Lannisport. Miles de hombres murieron mientras dormían, sin tener ocasión siquiera de desenfundar las espadas. Y después de la matanza, los norteños celebraron un banquete con la carne de las víctimas.

—¿No tienes nada que decir? —preguntó Joffrey.

—Alteza, está tan conmocionada que no puede ni pensar —murmuró Ser Dontos.

—Cállate, bufón. —Joffrey alzó la ballesta y le apuntó a la cara—. Los Stark sois tan monstruosos como vuestros lobos. No se me ha olvidado que tu fiera intentó matarme.

—Fue la loba de Arya —dijo—. Dama jamás os hizo daño; aun así la matasteis.

—No, la mató tu padre —replicó Joff—. Pero yo maté a tu padre. Me habría gustado hacerlo en persona. Anoche maté a un hombre que era más alto que tu padre. Vinieron hasta mis puertas, a gritar mi nombre y a pedir pan, como si fuera yo un panadero, pero les di una lección. Al que más gritaba le atravesé la garganta con un dardo.

—¿Murió? —Costaba pensar otra cosa que decir cuando uno tenía la punta horrible de un dardo ante la cara.

—Claro que murió, estúpida. También había una mujer que tiraba piedras, a ella la acerté, pero sólo en el brazo. —Frunció el ceño y bajó la ballesta—. A ti también te debería disparar, pero dice mi madre que entonces matarían a mi tío Jaime. Así que lo que voy a hacer es castigarte, y luego enviaremos a tu hermano un mensaje diciéndole qué te pasará si no se rinde. Perro, golpéala.

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