El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Mierda -siseó Martin, con el auricular pegado al oído. ¿Dónde estaba el mamón de Polmanteer?
El teléfono de su abogado sonó cuatro veces. El contestador automático se conectó. Martin maldijo, colgó y probó el móvil del abogado. ¿Dónde estaría en domingo, por el amor de Dios? No era posible que aquel asqueroso bastardo hubiera ido a la iglesia.
El móvil no cosechó mejores resultados. Colgó el auricular con furia y buscó en su escritorio la tarjeta del abogado. Gorila Dos le empujó a un lado.
– Lo siento, señor -dijo-. No puedo permitir que saque…
– ¡No estoy sacando una mierda! Quiero encontrar el busca de mi abogado.
– No lo guardaría en su escritorio, ¿verdad? -preguntó Uno desde los estantes, donde continuaba su trabajo. Los libros seguían cayendo al suelo.
– Ya sabe a qué me refiero -dijo Martin a Dos-. Quiero el número de su busca. Está en una tarjeta. Conozco mis derechos. Apártese, o no me haré responsable…
– ¿Qué pasa, Martin? ¿Qué está pasando? Hay unos hombres en nuestro dormitorio, han vaciado el ropero y… ¿Qué está pasando?
Martin giró en redondo. Tricia estaba en la puerta, sin duchar, sin vestir y sin maquillar. Parecía una de aquellas sintecho que se sentaban sobre sus sacos de dormir y mendigaban dinero en el metro de Hyde Park Corner. Parecía lo que era: una colgada.
Sus manos empezaron a cosquillearle de nuevo. Hincó las uñas en las palmas una vez más. Tricia había sido la única causa de sus dificultades durante los últimos veinte años. Y ahora era la causa de su ruina.
– Maldita furcia de mierda -dijo-. ¡Tu puta madre! -Atravesó la habitación de una zancada. La agarró del pelo y consiguió golpearle la cabeza contra la jamba de la puerta antes de que los policías le sujetaran-. ¡Zorra estúpida! -gritó mientras se lo llevaban a rastras-. De acuerdo -dijo a los agentes-. De acuerdo -repitió mientras intentaba zafarse de ellos-. Llamen al capullo de su jefe. Díganle que estoy dispuesto a negociar.
25
Era casi mediodía cuando Simon St. James pudo dedicar un poco de su tiempo a los informes de las autopsias practicadas en Derbyshire que Lynley le había enviado por mediación de Havers. No estaba seguro de lo que debía buscar. El examen de la Maiden parecía correcto. La conclusión de hematoma epidural era coherente con el golpe recibido en la cabeza. Que había sido asestado por una persona diestra que la había atacado desde arriba era coherente con la hipótesis de que estaba corriendo y había tropezado (o la habían atrapado) en su huida por el páramo a oscuras. Aparte del golpe en la cabeza y los arañazos y contusiones que cabía esperar después de una caída sobre terreno abrupto, nada en su cuerpo sugería algo peculiar. A menos que uno quisiera considerar interesante el extraordinario número de agujeros que había practicado en su cuerpo, desde las cejas a los genitales. Pero no parecía una ruta muy interesante, cuando atravesar con agujas diferentes partes del cuerpo se había convertido en uno de los escasos actos de desafío de una generación de jóvenes cuyos padres los habían practicado todos.
A juzgar por su lectura del informe sobre la Maiden, St. James obtuvo la impresión de que todos los elementos básicos habían sido abordados, desde el momento, causa y mecanismo de la muerte hasta las pruebas (o su ausencia) de lucha. Se habían tomado radiografías y fotografías, y habían examinado el cuerpo de pies a cabeza. Los diversos órganos habían sido estudiados, extraídos y comentados. Muestras de fluidos corporales se habían enviado a toxicología. Al final del informe, se expresaba con concisión y claridad la opinión: la chica había muerto como resultado del golpe en la cabeza.
St. James repasó los hallazgos por segunda vez para asegurarse de que no había pasado por alto ningún detalle importante. Después cogió el segundo informe y se sumergió en la muerte de Terry Cole.
Lynley le había telefoneado para comunicarle que una de las heridas del chico no había sido infligida por la navaja multiusos que, al parecer, era la causante de las otras, incluyendo el desgarro fatal de la arteria femoral. Después de leer los datos básicos del informe, St. James dedicó un escrutinio más detenido a todo lo relacionado con aquella herida en particular. Tomó nota de su tamaño, posición en el cuerpo y la marca dejada en el hueso. Contempló las palabras y después se acercó con aire pensativo a la ventana de su laboratorio, desde la cual vio que Peach se revolcaba beatíficamente en un trozo de jardín iluminado por el sol, con su estómago peludo de dachshund expuesto al sol de mediodía.
Sabía que habían encontrado la navaja multiusos en un contenedor de gravilla. ¿Por qué no habían dejado la segunda arma en el contenedor? ¿Por qué esconder un arma, pero no la otra? Esas preguntas pertenecían a la parcela de los detectives y no de los científicos, por supuesto, pero creía que debía formularlas de todos modos.
Una vez formuladas, parecía que solo existían dos respuestas: o bien la segunda arma identificaba al asesino con demasiada precisión para abandonarla en el lugar de los hechos, o bien había sido abandonada en el lugar de los hechos y la policía la había confundido con otra cosa.
Si la primera suposición era cierta, no ayudaría en nada. En cambio, la segunda aconsejaba un estudio más detallado del lugar de los hechos. No tenía acceso a esas pruebas, y sabía que no sería bienvenido en Derbyshire si iba a examinarlas. Por lo tanto, cogió el informe de la autopsia y buscó algo que le proporcionara una pista.
La doctora Sue Miles no había olvidado nada: desde los insectos alojados dentro y encima de los cadáveres durante las horas previas a su descubrimiento, hasta las hojas, flores y ramas atrapadas en el pelo de la chica y en las heridas del chico.
Fue este detalle final (una astilla de madera de unos dos centímetros de largo encontrada en el cuerpo de Terence Cole) lo que despertó la curiosidad de St. James. La astilla había sido enviada al laboratorio para ser analizada, y alguien había añadido una nota a lápiz en el margen del informe, identificándola. Producto de una llamada telefónica, sin duda. Cuando los agentes tenían prisa, no siempre esperaban el informe oficial del laboratorio de la policía para proseguir sus investigaciones.
«Cedro», había escrito alguien en el margen. Y al lado, entre paréntesis, «Port Orford». St. James no era botánico, de modo que Port Orford no le dijo nada. Sabía que sería muy difícil localizar en un domingo al botánico forense que había identificado la astilla, de modo que cogió los papeles y bajó a su estudio.
Deborah estaba dentro, absorta en la revista dominical del Sunday Times.
– ¿Problemas, amor? -dijo.
– Ignorancia -contestó su marido-. Lo cual ya es un buen problema.
Encontró el libro que buscaba entre sus volúmenes más polvorientos. Empezó a pasar las páginas, mientras Deborah se reunía con él.
– ¿Qué es?
– No lo sé. Cedro y Port Orford. ¿Te dicen algo?
– Parece un lugar. Port Isaac, Port Orford. ¿Por qué?
– Una astilla de cedro fue encontrada en el cuerpo de Terence Cole. El chico de los páramos.
– ¿El caso de Tommy?
– Humm. -St. James pasó más páginas y siguió con el dedo lo que había debajo de «cedro»-. Del Atlas, azul, Incienso Chileno. ¿Sabías que había tantas clases de cedros?
– ¿Es importante?
– Empiezo a pensar que podría serlo.
Bajó la mirada por la página. Y entonces vio las dos palabras: «Port Orford.» Era como una variedad del árbol.
Fue a la página indicada, donde primero observó la foto, consistente en una muestra del follaje de la confiera, y luego leyó el artículo.
– Es curioso -dijo a su mujer.
– ¿El qué? -preguntó Deborah mientras enlazaba su brazo con el de él.
Le contó lo que decía la autopsia: una astilla de madera, identificada por el botánico forense como de un cedro Port Orford, había sido encontrada en una de las heridas de Terence Cole.