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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Por supuesto que podríamos cruzarlos con uno de sus caballos de trabajo si para usted un purasangre resultara demasiado fuerte -explicó solícito a Fleurette-. Sería un comienzo interesante…

Fleurette frunció el ceño. No podía imaginarse un purasangre más dócil que Niniane, aunque fuera, claro está, más rápido. Pero, por todos los cielos, ¿por qué iba ella a tener algún interés por los purasangres? Según la opinión de su madre eran demasiado sensibles para las largas y duras cabalgadas por el monte.

– Se hace en Inglaterra con frecuencia -interrumpió Gwyneira que, entretanto, estaba igual de sorprendida que Fleurette por el comportamiento de Beasley. ¡Era ella la criadora de caballos de la familia! ¿Por qué entonces Beasley no se dirigía a ella cuando se hablaba de cruces de razas?-. En parte se convierten en buenos cazadores. Pero también suelen adquirir la cabezonería y resistencia de los caballos como los suyos, unidas al carácter explosivo y asustadizo de los purasangres. En realidad, no es lo que yo desearía para mi hija.

Beasley sonrió transigente.

– Oh, era sólo una sugerencia. Miss Fleurette gozará, por supuesto, de total libertad en lo que a su caballo se refiere. Podríamos organizar de nuevo una cacería. En los últimos tiempos he descuidado este asunto, pero… ¿Le gustaría participar en una cacería, Miss Fleur?

Fleurette asintió.

– Claro, ¿por qué no? -contestó con moderado interés.

– Si bien siempre faltarán los zorros -señaló Gwyn sonriendo-. ¿Ha pensado alguna vez en importarlos?

– ¡Por todos los cielos! -intervino exaltado Gerald, con lo cual la conversación dio un giro en torno a la escasa fauna neozelandesa.

También Fleurette pudo aportar algo al respecto, con lo que al final la comida transcurrió en animada conversación. Fleur se disculpó pronto para retirarse a sus habitaciones. Pasaba últimamente las tardes escribiendo largas cartas a Ruben y viajaba esperanzada a Holden, aunque el encargado de correos se mostraba poco optimista: «Ruben O’Keefe, Minas de oro, Queenstown» no le parecía ser una dirección de fiar. Las cartas, de todos modos, no eran devueltas.

Gwyneira se ocupó al principio de la cocina, pero luego decidió reunirse un rato con los caballeros. Se sirvió una copa de oporto en el salón y se deslizó con ella a la habitación contigua en la que los caballeros solían, tras la comida, fumar, beber y, a veces, jugar a las cartas.

– Tenía usted razón, ¡es encantadora!

Gwyneira se detuvo interesada frente a la puerta entreabierta cuando oyó la voz de Beasley.

– Al principio era un poco escéptico: una chica tan joven, casi una niña. Pero ahora que la he visto: es muy madura para su edad. ¡Y tan bien educada! ¡Una auténtica pequeña dama!

Gerald asintió.

– Ya se lo había dicho. Está totalmente madura para el matrimonio. Entre nosotros le diré que debemos andarnos con cuidado. Usted mismo ya sabe lo que pasa con tantos hombres circulando por las granjas. Algunas gatas pierden la razón cuando están en celo.

Beasley soltó unas risitas.

– Pero si es… No confunda mis palabras, me refiero a que no estoy obsesionado con ello, yo me habría interesado sino por una…, bueno, quizá por una viuda, más bien de mi edad. Pero si ya en esa edad tiene relaciones…

– ¡Reginald, se lo suplico! -lo interrumpió con vehemencia Gerald-. La virtud de Fleur está fuera de cualquier duda. Y es sólo para que así se conserve que pienso en un matrimonio temprano. La manzana está madura, si entiende a qué me estoy refiriendo.

Beasley volvió a reírse.

– ¡Una imagen ciertamente paradisíaca! ¿Y qué dice la muchacha al respecto? ¿Será usted quien le comunique mi proposición o debo… declararme yo mismo?

Gwyneira apenas si podía dar crédito a lo que estaba escuchando. ¿Fleurette y Reginald Beasley? El hombre debía de haber superado los cincuenta o era más bien sexagenario. ¡Tan viejo como para ser su abuelo!

– Déjelo en mis manos, ya me encargo yo. Le caerá un poco por sorpresa. Pero estará de acuerdo, no se preocupe. A fin de cuentas es una lady, como usted mismo ha dicho. -Gerald volvió a levantar la botella de whisky-. ¡Por la unión de nuestras familias! -rio-. ¡Por Fleur!

– ¡No, no y otra vez no!

La voz de Fleurette resonó desde la sala de caballeros, donde Gerald la había convocado para hablar, a través de todo el salón hasta el despacho de Gwyneira. Su tono no era el propio de una damisela, tanto más cuanto la joven Fleurette le estaba haciendo a su abuelo la escena de su vida. Gwyneira había preferido no intervenir de inmediato en ese episodio. Gerald tenía que enfrentarse solo a Fleur y luego ella podría mediar. Al final, Beasley sería rechazado sin herir sus sentimientos. A pesar de que un pequeño desaire no le haría daño a ese hombre maduro. ¿Cómo podía pensar en una novia de dieciséis años? De todos modos, Gwyneira se había cerciorado de que Gerald no estuviera demasiado borracho cuando llamó a Fleur, y había advertido previamente a su hija.

– Recuérdalo, Fleur, no puede forzarte. Puede que lo hayan comentado por ahí y que se produzca un pequeño escándalo. Pero te aseguro que Christchurch ya ha superado otros asuntos. Limítate a permanecer tranquila y deja claro tu punto de vista.

No obstante, Fleurette no permaneció tranquila.

– ¿Tengo que conformarme? -le replicó a Gerald también-. ¡Ni pensarlo! Antes de casarme con ese viejo me tiro al agua. ¡En serio, abuelo, me tiro al lago!

Gwyneira no pude evitar una sonrisa. ¿De dónde había sacado Fleur esa vena dramática? Seguramente de los libros de Helen. De hecho un remojón en las charcas de Kiward Station no le sentaría mal. En primer lugar, no había corrientes, y en segundo lugar, Fleur sabía nadar estupendamente gracias a los amigos maoríes de ella y Ruben.

– ¡O me meto en un convento! -proseguía Fleurette. No había ninguno en Nueva Zelanda, pero le pareció adecuado para la situación. Gwyneira conseguía tomárselo por el lado cómico. Pero luego oyó la voz de Gerald y volvió a alarmarse. Arrastraba algo las palabras…, el anciano había bebido, con toda certeza, más de lo que Gwyneira creía. ¿Mientras ella había preparado a Fleur? ¿O justo ahora mientras Fleur lanzaba sus pueriles amenazas?

– ¡Tú no quieres meterte en un convento, Fleurette! Es el último lugar al que te marcharías. Ahora que le has encontrado el gusto a revolcarte por la paja con el guarro de tu amiguito. Pero espera, pequeña, otros han acabado domados. Necesitas un hombre, Fleur, tú…

Fleurette pareció sentir también ahora la amenaza.

– Mi madre tampoco permite que me case ahora… -dijo en voz mucho más baja. Pero esto todavía encolerizó más a Gerald.

– ¡Tu madre hará lo que yo quiera! A partir de ahora las cosas van a cambiar. -Gerald empujó dentro a la muchacha, que acababa de abrir la puerta en ese momento para huir de él-. ¡Todos vais a hacer de una vez por todas lo que yo diga!

Gwyneira, que entretanto se había acercado llena de miedo a la sala de caballeros, se precipitó al interior. Todavía vio cómo Fleurette era arrojada a un sillón y permanecía allí sentada sollozante y amedrentada. Gerald hizo el gesto de abalanzarse sobre ella, con lo que la botella de whisky se rompió. No fue una pérdida, la botella estaba vacía. A Gwyneira le cruzó por la mente que poco antes estaba llena en sus tres cuartas partes.

– Es respondona la yegüita, ¿eh? -siseó Gerald a su nieta-. ¿Todavía sin domar? Bueno, esto lo arreglaremos ahora. Vas a aprender a obedecer a tu jinete…

Gwyneira lo apartó con violencia del lado de su hija. La rabia y el miedo por Fleur hizo crecer en ella una fuerza enorme. Reconoció con exactitud ese brillo en los ojos de Gerald que la perseguía en sus peores pesadillas desde la concepción de Paul.

– ¡Cómo te atreves a tocarla! -le dijo-. ¡Déjala inmediatamente en paz!

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