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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Se sentó, sorprendida de lo tranquila que se sentía. Más allá de las dos filas de Asentadas, se produjo movimiento entre las hermanas que estaban fuera, acercando las cabezas para hablar. Podía imaginar los murmullos excitados que la salvaguardia montada por Aledrin impedía oír. Ahora únicamente hacía falta que Takima mantuviese la boca cerrada el tiempo suficiente.

Romanda gruñó con impaciencia y se puso de pie sólo lo suficiente para preguntar:

—¿Quién se levanta en apoyo de la declaración de guerra contra Elaida? —Su mirada se volvió hacia Lelaine, y su fría y petulante sonrisa reapareció. Era obvio lo que ella consideraba importante, una vez que esta tontería se hubiese resuelto.

Janya se puso de pie con tanto brío que los largos flecos marrones de su chal se mecieron.

—No veo por qué no. Total, ¿qué más da? —manifestó. Se suponía que no podía hablar, pero su gesto firme y su mirada penetrante desafiaban a cualquiera que intentara hacerla callar. Normalmente no se mostraba tan resuelta, pero, como siempre, las palabras le salieron atropelladas—. Arreglar lo que el mundo ya sabe no será ni más ni menos arduo que esto. ¿Y bien? No tiene sentido esperar.

Al otro lado de Takima, Escaralde asintió y se puso de pie.

Moria casi se incorporó de un salto y lanzó una ojeada ceñuda a Lyrelle, que se recogió la falda como si fuera a levantarse, pero entonces vaciló y miró a Lelaine con expresión interrogante. Lelaine estaba demasiado ocupada en mirar hoscamente a Romanda, situada en la fila de enfrente, como para darse cuenta.

Entre las Verdes, Samalin y Malind se pusieron de pie al tiempo, y Faiselle alzó la cabeza con una sacudida. Una domani fornida, de tez cobriza, había pocas cosas que sobresaltasen a Faiselle, pero ahora sí parecía estarlo, y su rostro cuadrado se giraba a izquierda y a derecha para mirar con los ojos muy abiertos ora a Samalin ora a Malind.

Salima se levantó, arreglando cuidadosamente los flecos amarillos de su chal a la par que ponía idéntico cuidado en evitar la ceñuda mirada de Romanda. Kwamesa se incorporó, y a continuación lo hizo Aledrin al tiempo que tiraba de la manga a Berana, haciendo que se levantara también. Delana se giró completamente en su banco y dirigió una ojeada escrutadora hacia las hermanas que se encontraban fuera. A pesar del silencio, la expectación de las mujeres agrupadas en torno al pabellón se transmitía en el continuo rebullir, el acercarse unas cabezas a otras, en los ojos lanzando miradas rápidas e intensas a las Asentadas. Delana se incorporó lentamente, con ambas manos apretadas contra el estómago, con aire de estar a punto de vomitar allí mismo. Takima hizo una mueca y contempló fijamente sus manos, que tenía apoyadas sobre las rodillas. Saroiya observó a las otras dos Blancas mientras se daba tironcitos de la oreja, como acostumbraba hacer cuando estaba sumida en hondas reflexiones. Pero nadie más se movió.

Egwene sintió el sabor de la bilis subiéndole por la garganta. Diez. Sólo diez. ¡Había estado tan segura! Siuan lo había estado. Sólo con el asunto de Logain tendría que haber sido suficiente, dada la ignorancia de las hermanas con respecto a la ley implicada. El ejército de Pelivar y la negativa de Arathelle de aceptar que eran Asentadas debería haberlas levantado como el agua impulsada por una bomba.

—¡Por amor de la Luz! —barbotó Moria. Se volvió hacia Lyrelle y Lelaine, puesta en jarras. Si Janya al hablar había ido en contra de la costumbre, esto la rompía por completo. Los estallidos de ira estaban estrictamente prohibidos en la Antecámara, pero los ojos de Moria lanzaban chispas, y su acento illiano estaba saturado de rabia—. ¿A qué esperáis? ¡Elaida robó la Vara y la Estola! ¡El Ajah de Elaida hizo de Logain un falso Dragón, y sólo la Luz sabe a cuántos hombres más! ¡Ninguna mujer en la historia ha merecido más que ella esta declaración de guerra! ¡Poneos en pie o guardad silencio a partir de ahora sobre vuestro firme propósito de destituirla!

Lelaine no la miró de hito en hito, pero por su expresión habríase dicho que se veía sorprendida por el ataque de un gorrión.

—Esto casi no merece una votación, Moria —replicó con voz tensa—. Después hablaremos sobre decoro, tú y yo. Sin embargo, si necesitas una demostración de resolución… —Aspiró sonoramente y se puso de pie, tras lo cual hizo un gesto seco con la cabeza que impulsó a Lyrelle a incorporarse como si la hubiesen tirado de unas cuerdas.

A Lelaine pareció sorprenderle que no tirase también de Faiselle y Takima. Lejos de levantarse, ésta gruñó como si hubiese recibido un golpe. Con una expresión de incredulidad, recorrió con la mirada la fila de mujeres que estaban de pie, contándolas de manera obvia. Y volvió a contarlas por segunda vez. Takima, que había recordado todo desde el principio.

Egwene respiró profundamente aliviada. Se había conseguido. Casi no podía creerlo. Al cabo de un momento, carraspeó y, de hecho, Sheriam dio un brinco de sobresalto. Con los verdes ojos abiertos como platos, la Guardiana se aclaró la garganta también.

—Alcanzado el consenso simple, se declara la guerra a Elaida do Avriny a’Roihan. —Su voz no sonaba demasiado firme, pero bastaba—. En interés de la unidad, pido que se levante toda la Antecámara para llegar al consenso plenario.

Faiselle pareció a punto de incorporarse, pero después apretó los puños sobre el regazo y siguió sentada. Saroiya abrió la boca y luego la cerró sin decir nada, con gesto preocupado. Nadie más se movió.

—No lo conseguiréis —manifestó Romanda sin alterarse. La mueca burlona que lanzó a Lelaine era tanto como proclamar por qué ella, al menos, no se levantaría—. Ahora que ese pequeño asunto está resuelto, podemos entrar en…

—Me parece que es imposible —la interrumpió Egwene—. Takima, ¿qué indica la Normativa de Guerra sobre la Sede Amyrlin?

Romanda se había quedado boquiabierta. Los labios de Takima se pusieron pálidos; la diminuta Marrón parecía más que nunca un pájaro que quisiera alzar el vuelo.

—La Normativa… —empezó, y luego respiró hondo y se sentó muy derecha—. La Normativa de Guerra consigna: «Así como unas manos han de guiar una espada, del mismo modo la Sede Amyrlin dirigirá y llevará adelante la campaña por decreto. Pedirá el consejo de la Antecámara de la Torre, pero la Antecámara ejecutará sus decretos a la mayor rapidez posible, y por bien de la unidad, sus componentes deberán… —titubeó, y resultó obvio que hubo de obligarse a continuar—, deberán aprobar cualquier decreto de la Sede Amyrlin relativo a la prosecución de la guerra por consenso plenario».

Se produjo un larguísimo silencio. Todos los ojos estaban desorbitados. Delana se giró rápidamente y vomitó sobre las alfombras, detrás de su banco. Kwamesa y Salima bajaron de los cajones y dieron un paso hacia ella, pero Delana las rechazó con un ademán y sacó un pañuelo de la manga para limpiarse la boca. Magla, Saroiya y otras cuantas de las que seguían sentadas tenían un aspecto como si fuesen a seguir su ejemplo en cualquier momento; no así otras de las que habían sido elegidas en Salidar, sin embargo. Romanda parecía a punto de comerse las uñas.

—Muy lista —dijo finalmente Lelaine en tono seco y, tras una pausa deliberada, añadió—: Madre. ¿Querréis explicarnos lo que la gran sabiduría de vuestra vasta experiencia os aconseja hacer? Con respecto a la guerra, me refiero. Quiero que quede bien claro.

—Yo también quiero dejar muy claro algo —replicó fríamente Egwene. Se echó hacia adelante y clavó una severa mirada en la Asentada Azul—. Se exige cierto grado de respeto hacia la Sede Amyrlin, y de ahora en adelante me lo «mostrarás», hija. Éste no es momento de que me vea obligada a destituirte como Asentada e imponer un correctivo.

Los ojos de Lelaine se desorbitaron aún más por causa de la conmoción. ¿De verdad habría pensado esa mujer que todo iba a seguir como antes? ¿O acaso era que después de tanto tiempo de no atreverse a demostrar más que un mínimo de entereza, Lelaine había creído simplemente que carecía de ella? Egwene no deseaba realmente destituirla; casi con toda seguridad, las Azules volverían a presentarla para el puesto. Además, todavía tenía que vérselas con la Antecámara en asuntos que no podían disfrazarse de forma convincente como parte de la guerra contra Elaida. Con el rabillo del ojo Egwene advirtió que en los labios de Romanda asomaba una sonrisa al ver rebajada a Lelaine. De poco le serviría tanto esfuerzo si lo único que conseguía era que Romanda ganase más prestigio entre las demás.

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