La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»Las mujeres no tienen lo que hay que tener para gobernar; no sirven para ello. Nunca se les debería permitir que mandaran ejércitos o que se metieran en política. Era preciso poner las cosas en el lugar que les corresponde. Drefan murió tratando de conseguirlo por las buenas. Ahora tendrá que ser por las malas.
A un gesto suyo con la cabeza, uno de los carceleros acercó la escalera hacia la puerta para bajar un extremo al pozo, mientras las manos que sujetaban a Cyrilla por los brazos la empujaban hacia el borde.
A Cyrilla no se le ocurría modo alguno de detener lo que le estaba ocurriendo. Aunque sabía que era estúpido protestar, era incapaz de dominar el pánico que la embargaba.
— Soy una reina, una dama. No pienso descolgarme por una desvencijada escalera.
El príncipe Fyren parpadeó al oír tal absurda objeción, pero enseguida hizo un gesto al carcelero para que volviera a dejar la escalera en su sitio.
— Como deseéis, milady —dijo el príncipe, con una burlona inclinación de cabeza.
Entonces se irguió e hizo un leve gesto con la cabeza a los hombres que la tenían sujeta por los brazos. Los hombres la soltaron. Antes de poder mover ni un solo músculo, Fyren estrelló la base de una mano en el pecho de la mujer, entre sus senos.
El doloroso golpe le hizo perder el equilibrio. La reina cayó hacia atrás, hacia el pozo.
Durante la caída iba pensando que se estrellaría en el suelo de piedra y que moriría. Con una última exclamación ahogada se resignó a ello, mientras por su mente pasaba un continuo flujo de imágenes de su gloria pasada. ¿Tanto poder para acabar así? ¿Todo había sido en vano? ¿Acabaría con el cráneo partido como un huevo que cae de una mesa al suelo?
Pero unas manos la cogieron. Cyrilla sintió manos por todas partes, incluso en sus partes más privadas. La mujer abrió los ojos y vio cómo la luz que se filtraba por la puerta desaparecía al tiempo que resonaba un portazo.
A la inquietante y parpadeante luz de la antorcha, vio caras que la rodeaban. Eran rostros desaliñados y barbudos. Rostros desagradables, sudorosos, malvados. Ojos negros y astutos recorrieron todo su cuerpo, mientras que unas sonrisas hambrientas y desprovistas de humor dejaban al descubierto dientes torcidos y afilados. Había tantos dientes… Cyrilla sintió cómo la garganta se le cerraba e impedía el paso del aire a los pulmones. Su mente se negaba a funcionar y por ella pasaban imágenes fugaces, confusas y totalmente inútiles.
Alguien la presionaba contra el suelo. La fría piedra se le clavó en la espalda. Gruñidos y chillidos contenidos la asaltaban desde todos lados. Los hombres la rodeaban. Pese a que se resistía, los hombres hacían lo que querían con su cuerpo.
Unas manos firmes semejantes a garras le desgarraron el elegante vestido y pellizcaron brutalmente su súbita y terrible desnudez.
Fue entonces cuando Cyrilla hizo algo que no había hecho desde que era una niña: gritó.
27
Excepto por el pulgar y el índice que jugueteaban con el hueso liso y redondo del colgante, Kahlan contemplaba totalmente inmóvil la ciudad que se extendía ante ella. Las escarpadas laderas que rodeaban la ciudad parecían acunar con ternura los edificios que ocupaban casi por completo el valle suavemente ondulado sobre el que se asentaba. Tejados de pizarra muy inclinados salpicaban el paisaje dentro del límite construido, y en el extremo septentrional descollaban las torres de palacio. Pero ni una sola voluta de humo salía de los cientos de chimeneas de piedra. Kahlan no percibió movimiento alguno. No se veía ni un alma en la calzada meridional, totalmente recta, que conducía a la puerta principal, ni tampoco en ninguna de las serpenteantes carreteras que se bifurcaban hasta morir en las puertas secundarias ni en las que circunvalaban la muralla exterior en dirección norte.
La ladera de la montaña en cuya cima se encontraba Kahlan estaba cubierta por un manto de nieve. Una suave brisa hizo caer la nieve acumulada en la rama de un pino vecino, creando una chispeante nube que se disipó en el aire. Esa misma brisa agitaba la piel de lobo blanca del grueso manto con el que se abrigaba y le rozaba la mejilla, pero Kahlan apenas se dio ni cuenta.
Prindin y Tossidin le habían hecho ese manto para que no pasara frío en la travesía hacia el nordeste mientras atravesaba un inhóspito paisaje azotado por glaciales tormentas de invierno. Los lobos temían a los humanos y rara vez se dejaban ver, por lo que Kahlan poco sabía de sus hábitos. Las flechas de los dos hermanos habían hecho blanco en animales que ella ni siquiera había visto. Si no hubiera visto a Richard disparar, habría creído que esos disparos eran imposibles. Los dos hermanos eran casi tan buenos arqueros como Richard.
Aunque siempre había sentido una cierta animadversión hacia los lobos, en realidad nunca la habían molestado. Y, desde que Richard le había explicado la vida familiar en la manada, había empezado incluso a sentir afecto por ellos. Kahlan no quería que los hermanos mataran a ninguno para hacerle un abrigo caliente, pero ellos insistieron en que lo necesitaba, y al fin cedió.
Kahlan se sintió enferma al ver cómo los animales eran despellejados, dejando al descubierto el rojo de los músculos, el blanco de los huesos y los tendones, la sustancia de su ser tan elegante cuando estaba llena de vida y espíritu, y tan súbitamente mórbida después de arrebatárselos.
Mientras los hermanos realizaban la truculenta tarea, Kahlan no podía dejar de pensar en Brophy, el hombre al que había tocado con su poder y que había resultado ser inocente. Giller, su mago, lo había convertido en lobo para que pudiera empezar una nueva vida sin ser esclavo de la magia de una Confesora. Kahlan se imaginó la pena que sentiría la familia de lobos cuando esos miembros no regresaran, la misma que debió de sentir la compañera de Brophy y su manada cuando éste fue asesinado.
Había visto ya demasiadas muertes. Estaba tan harta de las muertes que sentía ganas de echarse a llorar; y el fin no se vislumbraba. Al menos, los tres hombres barro no habían demostrado orgullo ni alegría al matar a los magníficos animales, y habían dirigido una plegaria a los espíritus de sus hermanos lobos, tal como los habían denominado.
— No deberíamos estar haciendo esto —rezongó Chandalen.
Kahlan era consciente de que el cazador, apoyado en su lanza, la observaba, pero no apartó los ojos de la silenciosa ciudad del valle en la que reinaba una excesiva quietud. El tono de Chandalen era menos brusco de lo habitual y reflejaba el temor y el respeto que le inspiraba una ciudad del tamaño de Ebinissia.
Chandalen nunca se había alejado tanto de la tierra de la gente barro y tampoco había visto nunca tantos edificios juntos ni tan grandes. Al posar por primera vez la vista en la ciudad, sus ojos marrones la contemplaron con silencioso estupor, que fue incapaz de ocultar, y, por una vez, se quedó sin comentario ácido alguno. Para alguien que había vivido toda su vida en una aldea situada en la pradera, Ebinissia debía de parecerle el resultado de hechizos mágicos y no del esfuerzo humano.
Kahlan sintió una pequeña punzada de pesar por él y por los dos hermanos, pues su simple visión del mundo se haría pedazos en ese viaje. Aún les quedaban muchas cosas por ver que les causarían asombro.
— Chandalen, me he esforzado mucho por enseñarte a ti, a Prindin y a Tossidin a hablar mi idioma. Allí donde vamos nadie habla tu lengua. Si me empeño en enseñarte es por tu propio bien. Eres libre de creer que lo hago para mortificarte o bien pensando en tu seguridad lejos de tu tierra. Pero, de uno u otro modo, quiero que me hables en el idioma que te he enseñado.
Cuando habló, Chandalen usó un tono de voz más tenso aunque no pudo ocultar lo humilde que se sentía al ver por primera vez una gran ciudad. Y no sería lo mayor que vería. Tal vez sentía también algo de lo que Kahlan no le había creído capaz: temor.