La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Haciendo caso omiso del príncipe Fyren, Cyrilla expuso sus demandas a los demás consejeros. Pero el príncipe se puso en pie y la acusó de traición a la Tierra Central. El hombre tuvo el descaro de acusarla justamente de un crimen del que él era culpable.
Y no sólo eso, sino que el príncipe Fyren aseguró al Consejo que Kelton no estaba cometiendo agresión alguna, sino que sólo actuaba en legítima defensa contra un vecino ambicioso. A continuación lanzó una diatriba sobre los males de dejar que mujeres ocuparan posiciones de poder. El Consejo creyó todo lo que dijo y no permitió que Cyrilla presentara prueba alguna.
La reina asistió atónita y en silencio a cómo el Consejo oía las acusaciones de Fyren y, sin dudarlo, la condenaba a ser decapitada.
¿Dónde estaba Kahlan? ¿Y los magos?
La visión de lady Bevinvier había resultado cierta. Ojalá Cyrilla le hubiera hecho caso o, al menos, hubiera tomado alguna precaución. También el aviso de Kahlan había resultado estar bien fundado; Kelton había atacado primero por celos y, luego, años después, había vuelto a las andadas al percibir debilidad.
La guardia de Galea aguardaba en el gran patio, presta para escoltar de inmediato a Cyrilla de regreso a casa. Había sido preciso preparar las defensas de Galea hasta que llegaran las fuerzas que debía enviar el Consejo. Pero esas fuerzas no llegarían nunca.
Cuando se pronunció la sentencia, la reina oyó los terribles ruidos de batalla en el patio. En realidad no era batalla alguna, pensó amargamente Cyrilla, sino más bien una carnicería. En señal de respeto y deferencia, así como en un gesto que pretendía expresar el acatamiento de la autoridad del Consejo de la Tierra Central, sus tropas esperaban en el patio desarmadas.
De pie junto a la ventana, custodiada por un soldado a cada lado, la reina Cyrilla contempló temblando de horror la carnicería. Algunos de sus hombres lograron hacerse con las armas de sus atacantes y ofrecer una heroica resistencia, pero no tenían opción. Los sobrepasaban en cinco contra uno y no tenían modo de defenderse. Cyrilla no pudo discernir si, en medio del caos, alguno lograba escapar. Ojalá que sí; ojalá que Harold fuese uno de ellos.
La blanca nieve que cubría el suelo se transformó en un sangriento mar. La reina asistió horrorizada a la salvaje matanza. La velocidad a la que ocurrió fue lo único misericordioso en ella.
La reina fue obligada a arrodillarse delante del Consejo, mientras el príncipe Fyren cogía su larga melena en una mano y con su propia espada se la cortaba. Cyrilla guardó silencio y mantuvo la cabeza orgullosamente erguida en honor de su gente, en honor de los hombres que acababa de ver cómo morían asesinados. El príncipe le dejó el pelo tan corto como la más humilde de las fregonas.
Lo que sólo una hora antes había parecido el próximo final del sufrimiento de su pueblo no era sino el principio.
Los brutales dedos que la agarraban por los brazos la obligaron a detenerse bruscamente frente a una pequeña puerta de hierro. La reina hizo un gesto de dolor. Apoyada en la pared al otro lado del corredor había una ordinaria escalera de mano que pesaba como dos veces ella.
De nuevo, el guardia que llevaba el manojo de llaves se adelantó para abrir la cerradura, maldiciendo entre dientes el mecanismo y quejándose de que estaba oxidado por la falta de uso. Todos los guardias parecían ser keltas. Cyrilla no había visto miembro alguno de la milicia local de Aydindril, aunque sabía que la mayoría de ellos habían muerto cuando Aydindril sucumbió ante D’Hara.
Por fin, el carcelero abrió la puerta y dejó ver un oscuro pozo. Cyrilla sintió que las piernas se le volvían líquidas. Sólo se sostenía en pie por las manos que la sujetaban. Iban a arrojarla a ese oscuro pozo lleno de ratas.
Cyrilla hizo un esfuerzo por calmarse, diciéndose que era la reina, pero el corazón le seguía latiendo desbocado.
— ¿Cómo osáis encerrar a una dama en un agujero infestado de ratas?
El príncipe Fyren se acercó al oscuro pozo. Con una mano en la cadera se sostenía hacia atrás el manto real azul que llevaba desabrochado. Con la otra mano cogió una antorcha de un tedero.
— ¿Ratas? ¿Es eso lo que os preocupa, milady; que pueda haber ratas? —El príncipe le dirigió una sonrisa burlona. Era demasiado joven para ser un maestro de la insolencia. De haber tenido los brazos libres, lo habría abofeteado—. Dejadme que aplaque vuestros temores, reina Cyrilla.
El príncipe arrojó la antorcha a la oscuridad. Mientras caía, iluminó unos rostros. Una fornida manaza cogió la antorcha. En el pozo había hombres, de seis a diez.
— A la reina le preocupa que haya ratas allí abajo —dijo el príncipe Fyren hablando hacia el agujero, y su voz resonó dentro.
— ¿Ratas? —replicó una ruda voz desde el fondo—. Aquí no hay rata alguna. Ya no. Nos las hemos comido todas.
El príncipe Fyren seguía con una mano adornada con volantes en el puño apoyada en la cadera. Su voz burlona expresaba una inquietud fingida.
— ¿Lo veis, alteza? El hombre dice que no hay ratas. Ahora ya no tenéis nada que temer, ¿verdad?
Los ojos de Cyrilla se desplazaron veloces entre la titilante luz de la antorcha en el fondo del pozo y Fyren.
— ¿Quiénes son esos hombres?
— Sólo un puñado de asesinos y violadores que esperan ser decapitados, como vos. De hecho, son unas auténticas bestias todos ellos. Con tantos asuntos entre manos, no hemos tenido tiempo de ejecutar sus sentencias. Me temo que llevan tanto tiempo encerrados en ese pozo que están de muy malas pulgas.
»Pero estoy seguro de que, con una reina entre ellos, estarán de mejor humor —agregó, sonriendo de nuevo.
— Exijo tener una celda para mí sola —logró decir apenas Cyrilla.
La sonrisa del príncipe se esfumó, y enarcó una ceja.
— ¿Exigís? ¿Os atrevéis a exigir? ¡No tenéis derecho a exigir nada! —exclamó, propinándole una bofetada—. ¡No sois más que una criminal, una repugnante asesina del pueblo de Kelton! ¡Habéis sido juzgada y condenada!
A la reina, la mejilla le ardía por el bofetón.
— Por favor, no podéis arrojarme al pozo… con ellos —susurró la reina. Sabía perfectamente que todas las súplicas serían en vano, pero no pudo evitarlo.
Fyren hizo rodar los hombros, se puso derecho mientras se alisaba el manto y recuperó la compostura.
— ¡Eh, chicos! —gritó a los de abajo—. No se os ocurrirá mancillar a una dama, ¿verdad?
En el fondo del pozo resonaron suaves risas.
— ¡Caramba! Pues claro que no. No queremos que nos corten la cabeza dos veces. La trataremos muy pero que muy bien —prometió la voz ronca en tono amenazador.
Cyrilla notó el sabor cálido y salado de la sangre en la comisura de sus labios.
— Fyren, no podéis hacer esto. Exijo ser ejecutada de inmediato.
— Otra vez con exigencias.
— ¿Por qué no enseguida? ¡Quiero que me ejecuten ahora mismo!
El príncipe alzó la mano, dispuesto a abofetearla de nuevo, pero volvió a bajarla con una sonrisa afectada.
— ¿Veis? Al principio proclamabais vuestra inocencia y no queríais ser ejecutada, pero ya estáis cambiando de idea. Unos cuantos días en el pozo con ellos y suplicaréis que os corten la cabeza. Rogaréis poder confesar vuestra traición frente a los espectadores que acudan a ver vuestro castigo. Además, tengo otros asuntos de los que ocuparme y no puedo molestarme en naderías. Seréis ejecutada cuando yo juzgue que tengo tiempo.
Con terror creciente, Cyrilla empezó a comprender qué le aguardaba dentro del pozo. Las lágrimas le quemaban en los ojos.
— Por favor… no me hagáis esto. Os lo suplico.
El príncipe Fyren se alisó los volantes del cuello y habló con suavidad:
— Traté de ponértelo fácil, Cyrilla, porque eres una mujer. El cuchillo de Drefan habría sido rápido, y apenas habrías sufrido. Si fueses un hombre, jamás te habría tratado con tal clemencia. Pero lo echaste a perder; permitiste que la Madre Confesora metiera las narices, permitiste que otra mujer violara los dominios masculinos.