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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Mi misión es escoltarte a Aydindril, no a este lugar. No deberíamos estar perdiendo el tiempo aquí. —Por la entonación que dio a este comentario, dejaba entrever que, a su entender, un lugar como ése nada bueno podría deparar.

Entrecerrando los ojos para protegerse del brillo cegador del sol en la blanca nieve, Kahlan vio muy abajo dos figuras que iniciaban el ascenso.

— Soy la Madre Confesora —dijo, soltando el huesecillo redondo—. Mi deber es proteger a toda la gente de la Tierra Central del mismo modo que trabajo para salvaguardar a la gente barro.

— Tú no ayudas a mi gente; sólo la pones en peligro.

Sus palabras parecían más fruto del hábito que un sentido reproche.

— Ya basta, Chandalen —replicó Kahlan en un quedo y cansino murmullo.

Por fortuna, el hombre barro no insistió, sino que descargó su ira en otras víctimas.

— Prindin y Tossidin no deberían subir la colina al descubierto. ¿Cómo pueden ser tan estúpidos después de todo lo que les he enseñado? Si fuesen aún chiquillos, les daría una buena zurra en el trasero. Cualquiera puede ver adónde se dirigen. ¿Y tú quieres hacerme caso de una vez y ponerte a cubierto?

Kahlan dejó que la condujera de nuevo a la arboleda, no porque lo creyera necesario sino para demostrarle que respetaba sus esfuerzos por protegerla. Pese a su inicial resistencia a escoltarla en ese viaje, Chandalen había cumplido con su deber de velar por ella en todo momento, lo mismo que los dos hermanos. La diferencia era que Prindin y Tossidin lo hacían con sonrisas y auténtico celo, mientras que Chandalen mostraba un ceño permanente y recelo. Con la escolta de tres hombres barro, Kahlan se sentía como una mercancía muy valiosa y frágil que debía transportarse con sumo cuidado. Los hermanos eran sinceros, mientras que para Chandalen esa misión no era más que una tarea que debía realizarse por muy pesada que fuera.

— Deberíamos irnos cuanto antes de aquí —insistió Chandalen.

La Confesora sacó una mano de debajo de su capa de piel y se apartó del rostro un largo mechón de pelo.

— Tengo el deber de descubrir qué ha pasado.

— Dijiste que tu deber era ir a Aydindril, tal como te pidió que hicieras Richard el del genio pronto.

Kahlan le volvió la espalda sin responder y se adentró más profundamente entre los árboles cubiertos de nieve. Extrañaba a Richard más de lo que podía soportar. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía mirándola con la expresión que puso al creer que lo había traicionado. La mujer sentía deseos de arrodillarse y soltar el grito que pugnaba continuamente por escaparse a su control, un grito fruto del horror que le producía lo que había hecho.

¿Pero acaso tenía otro remedio? Si lo que sabía era cierto y el velo del inframundo estaba rasgado y sólo Richard podía volverlo a cerrar, y si ese collar era lo único que podía salvarle la vida y darle la oportunidad de cerrar el velo, no tenía otra opción. ¿Cómo podría haber tomado otra decisión? ¿Cómo podría Richard respetarla si no afrontaba sus responsabilidades para el bien común? El Richard que ella amaba acabaría por darse cuenta de ello. Tenía que darse cuenta.

Pero, si alguna de esas cosas resultaba no ser cierta, entonces habría empujado al hombre al que amaba a la peor de sus pesadillas, y todo por nada.

Por enésima vez se preguntó si Richard debía de mirar el mechón de cabello que le había dado y si pensaba en ella. Ojalá que lograra entenderla y perdonarla. Kahlan deseaba tanto decirle cuánto lo amaba y abrazarlo… Su único objetivo ahora era llegar a Aydindril y pedir ayuda a Zedd.

Pero debía saber qué había ocurrido en Ebinissia. Kahlan se enderezó, resuelta. Era su deber como Madre Confesora.

Su primera intención había sido eludir la ciudad, pero en los últimos dos días se habían topado en el camino con los cadáveres congelados de mujeres. Nunca eran hombres, sino sólo mujeres, tanto jóvenes como ancianas, tanto niñas como abuelas. Algunas estaban medio desnudas y otras no llevaban ropa alguna, y eso que se encontraban en lo más crudo del invierno. Algunas yacían solas y otras, las menos, apiñadas. Habían muerto congeladas, demasiado exhaustas o demasiado asustadas o desorientadas para buscar refugio. Habían huido de Ebinissia no sólo con prisas, sino realmente aterrorizadas. Habían preferido morir de frío en los caminos que quedarse en la ciudad.

Casi todas ellas presentaban señales de haber sufrido todo tipo de atropellos antes de dispersarse a los cuatro vientos hacia las montañas. Kahlan sabía qué les habían hecho, lo que les había llevado a tomar esa decisión desesperada. Pese a que los tres hombres también lo sabían, ninguno osaba decirlo en voz alta.

Kahlan se abrigó con la cálida capa. Esa atrocidad no podía haber sido cometida por los ejércitos de D’Hara, pues era demasiado reciente y las tropas d’haranianas habían recibido la orden de retirada. No tenía sentido que hubieran hecho algo como eso una vez acabada la guerra.

Incapaz de aguantar ni un minuto más sin saber qué calamidad se había abatido sobre la ciudad, la mujer se subió un poco el arco que llevaba colgado al hombro e inició el descenso de la colina. Por fin los músculos de sus piernas se habían acostumbrado a caminar a grandes zancadas, que era el paso adecuado para andar con las raquetas que los hombres barro le habían fabricado con sauce y tendón. Chandalen corrió tras ella.

— No bajes —le gritó—. Puede ser peligroso.

— ¿Peligroso? —Kahlan se subió la mochila que llevaba a la espalda—. Si hubiese algún peligro, Prindin y Tossidin no irían al descubierto. Puedes venir conmigo o esperar aquí, pero yo voy.

Consciente de que era inútil tratar de convencerla, Chandalen la siguió en un extraño ataque de silencio. El brillante sol de la tarde no lograba calentar el ambiente de ese crudo día de invierno. Normalmente, en las estribaciones de las montañas Rang’Shada soplaba un fuerte viento, pero por fortuna ese día era débil. Hacía varios días que no nevaba, lo que les había permitido viajar más deprisa. No obstante, con cada inspiración sentía como si el aire se congelara dentro de su nariz.

Kahlan interceptó a los hermanos a media ladera. Los hombres barro se detuvieron ante ella y, apoyados en sus lanzas, respiraron entrecortadamente. Era extraño, pues no parecían cansarse nunca. Pero no estaban acostumbrados a la altitud. Tenían el rostro pálido y se mostraban muy serios.

— Por favor, Madre Confesora, no bajes allí —dijo Prindin, que tuvo que hacer una pausa para recuperar el aliento tras el agotador ascenso—. Los espíritus de los antepasados de esa gente los han abandonado.

Kahlan desató un odre que llevaba a la cintura, bajo la capa, para que el calor de su cuerpo impidiera que el agua se congelara. Se lo tendió a Prindin y lo animó a que tomara un sorbo antes de interrogarlo.

— ¿Qué has visto? No habéis entrado en la ciudad, ¿verdad? Os dije que no traspasarais las murallas.

Prindin tendió el odre a su hermano, que también jadeaba.

— No, no entramos. Nos ocultamos, tal como nos dijiste. No entramos, pero tampoco fue necesario. —El hombre barro se lamió una gota de agua del labio inferior y añadió—: Vimos bastante desde fuera.

Cuando Tossidin acabó de beber, Kahlan recuperó el odre y volvió a colocar el tapón.

— ¿Visteis a alguien?

— Vimos a mucha gente —replicó Tossidin, lanzando una fugaz mirada por encima del hombro a la ciudad en el valle.

— Muertos —apostilló Prindin, limpiándose la nariz con el dorso de la mano mientras miraba alternativamente a su hermano y a Kahlan.

— ¿Cuántos? ¿Y muertos cómo?

Tossidin se soltó la larga correa que sujetaba su capa de piel al cuello y respondió:

— Muertos en la batalla. La mayoría son hombres armados con espadas, lanzas y arcos. Hay tantos que no conozco la palabra para contarlos. Nunca en toda mi vida había visto tantos hombres juntos. Hubo una guerra, y los vencidos fueron masacrados.

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