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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Aunque Brod había vivido entre los Dientes varios meses antes de ser tomado como rehén, sólo conocía la zona próxima a Faro Halsey, la única habitada de forma oficial. Por eso Maia se encargaba de la navegación mientras él llevaba el timón. Su carta advertía de la existencia de bajíos y arrecifes y letales corrientes a lo largo del curso que ella había elegido, por lo que el rumbo era adecuado para gente como ellos, que no deseaban ser vistos.

Estaba claro que Maia y Brod no eran los primeros en llegar a esa conclusión. Varias veces detectaron pruebas de asentamientos pasados y presentes. Había chozas y rudos refugios de piedra encaramados en rendijas, a veces equipados con burdos montacargas para hacer bajar botes de concha aún más pequeños que el suyo. Una vez, Brod señaló y Maia llegó a ver a una ermitaña que recogió rápidamente sus redes cuando localizó el esquife. Ignorando sus gritos, la anciana se puso a los remos y desapareció en una oscura serie de cavernas y grutas.

Se acabó esperar recibir consejo de los habitantes, pensó Maia. En otra ocasión, atisbó a una figura furtiva que los observaba desde una fila de oquedades, medio derrumbadas por el tiempo, parte de una galería de ventanas talladas mucho atrás, en la zona superior de una torre. La construcción le recordó el santuario—prisión de Valle Largo, sólo que éste era más grande, e indescriptiblemente más viejo.

Las sombras proyectadas por las innumerables torres de piedra peinaban las oscuras aguas azules, todas señalando en la misma dirección provisional, como si los pináculos de piedra fueran gnómons, medio millar de ardientes relojes de sol que siguieran al unísono la serena marcha de las horas, de los eones.

Aquél era un lugar antaño lleno de historia, y ahora completamente carente de voz.

—Los reyes libraron aquí su última batalla —había explicado Naroin poco antes de partir con las supervivientes en su queche capturado. Maia y Brod estaban a punto de abordar el esquife, ya con nuevos suministros, preparándose para virar al sur—. Todos los clanes y ciudades—estado unidos enviaron fuerzas para aplastar finalmente el imperio masculino. No se habla mucho del tema, para que las vars desistan de volver a aliarse con los hombres contra las grandes casas. Pero nada pudo detener una leyenda tan grande —Naroin señaló las secas torres—. Piénsalo. Aquí es donde los que deseaban convertirse en patriarcas y sus ayudantes entablaron su última batalla.

Maia se detuvo a compartir la reflexión de su amiga.

—Es como algo surgido de un cuento de hadas. Irreal. Apenas puedo creer que estoy aquí.

La policía—marinera suspiró.

—Yo tampoco. Esta zona no se visita mucho hoy en día. Está apartada de las rutas de navegación. Nunca imaginé nada semejante. Te hace preguntarte tantas cosas…

Así era. Mientras Brod y ella se internaban entre los Dientes del Dragón, Maia reflexionó sobre la poca confianza que le inspiraba la historia oficial. Cuanto más lejos iban, más segura estaba de que Naroin le había contado la verdad tal como la había aprendido. Y esa verdad era una mentira.

Maia recordó el acertijo del pozo, aquel horrible y vítreo cráter de la isla de Grimké, donde ella y las demás habían sido abandonadas. Desde que pusieron rumbo sur viajando por separado, Brod y ella habían visto otros picos con estigmas similares. Huellas calcinadas de piedra derretida bajo un feroz calor, a veces a consecuencia de un fuerte golpe, y a veces…

Ninguno de los dos habló mientras el firme viento los hacía pasar ante una torre destruida, unos restos que habían sido derribados por un poder de un alcance inimaginable.

No sé nada de reyes y similares. Tal vez los patriarcales y sus aliadas entablaron su última batalla aquí. Pero me apuesto un nicho y todos mis derechos de invierno a que nunca causaron esta… devastación.

Había otra historia, más antigua. Un acontecimiento del que rara vez se hablaba, casi tan importante para la colonia de Stratos como su fundación.

Maia estaba segura de que aquí se había combatido a otro enemigo, hacía mucho tiempo. Y por el aspecto del entorno, había costado trabajo derrotarlo.

La Gran Defensa. Es curioso que nadie de nuestro grupo lo relacionara al contar historias alrededor del fuego, pero puede que esa batalla también se librase aquí, en los Dientes del Dragón.

Era como si la leyenda de los reyes sirviera para encubrir un relato más antiguo. Uno en el que el papel de los hombres había sido admirable. Como si aquellas que ostentan el poder quisieran que su recuerdo quedase sólo para ermitañas y piratas. Recordó el antiguo y erosionado bajorrelieve que había encontrado entre las ruinas enterradas del templo, en Grange Head, donde formas humanas con barba y lampiñas luchaban contra demonios cornudos bajo las alas protectoras de una vengadora Madre Stratos. Maia añadió el detalle a su creciente colección de pruebas… Pero ¿de qué? ¿Para llegar a qué conclusión? Todavía no estaba segura.

Una formación de nubes bajas se apartó, descubriendo la extensión de mar y piedra a un diluvio de brillante luz. Parpadeando, Maia se sintió apartada del implacable fluir de sus amargos pensamientos. Sonrió. Oh, he cambiado, desde luego, y no sólo por haberme hecho más dura. Es resultado de todo lo que he visto y oído. Renna, sobre todo, me hizo pensar en el tiempo.

Los clanes instaban a las vars a dejar de pensar en inútiles reflexiones sobre siglos y milenios. Las veraniegas debían concentrarse en tener éxito aquí y ahora. Pensar a largo plazo sólo era asunto tuyo cuando habías establecido tu casa y tenías una posteridad de la que preocuparte. Maia no había sido educada para considerar Stratos un mundo, con un pasado que podía ser indagado y un destino que podría ser cambiado.

Pero no es tan difícil aprender a verte como parte de una gran cadena. Una cadena que empezó mucho antes que tú, y que continuará mucho después.

Renna había empleado la palabra continuum para referirse a un puente entre generaciones, incluso hacia la propia muerte. Una noción preocupante, sin duda. Pero las mujeres y los hombres de antaño se habían enfrentado a ello antes de que hubiera clones, o de otro modo nunca habrían abandonado la Vieja Tierra. Y si pudieron hacerlo, entonces una humilde var como yo también puede.

Esos pensamientos eran más desafiantes que medir constelaciones, o incluso que dedicarse a los rompecabezas del Juego de la Vida, que a fin de cuentas no eran más que asunto de hombres. Ahora se atrevía a poner en duda el juicio de las sabias—historiadoras. Se atrevía a ver a través de una propaganda materialista y conservadora en busca de un fragmento de verdad. Los fragmentos son casi tan peligrosos como nada en absoluto, lo sabía. Sin embargo, debía de ser posible penetrar aquel velo de algún modo, calcular cómo todo lo que había visto y sufrido encajaba.

¿Cómo le explicaré esto a Leie?, reflexionó Maia. ¿Debo robársela primero a sus amigas saqueadoras? ¿Arrastrarla, atada y amordazada, a algún lugar para arrancarle la maldad?

Maia ya no meditaba tristemente sobre la alegría perdida de la experiencia compartida con su hermana. La Leie de antaño nunca habría comprendido lo que Maia pensaba y sentía ahora. La nueva Leie, aún menos. Maia todavía añoraba a su gemela, pero también experimentaba resentimiento hacia su dura conducta y sus aires de superioridad cuando por fin se reunieron brevemente.

Maia anhelaba más ver a Renna.

¿Me convierte eso en una niña de papá? El juvenil epíteto no la molestaba. ¿O soy una pervertida que alberga sentimientos de calor hacia un hombre?

Dilemas filosóficos como el «porqué» y el «qué» parecían menos importantes que el «cómo». De algún modo, debía llevar a Renna a sitio seguro. Y si Leie elegía acompañarlos, perfecto.

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