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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—Si alguna vez llegas a una gran ciudad —dijo entonces Naroin—, busca una unidad de comunicación y marca el cinco cuatro nueve seis del SEP. A cobro revertido. Menciona mi nombre.

—Pero y si tú no… si tú nunca… quiero decir… —Maia se detuvo, incapaz de decirlo con tacto. Pero Naroin se echó a reír, como aliviada de tener algo de lo que burlarse.

—¿Y si nunca lo consigo? Entonces, por favor, dile a mi jefa dónde me viste por última vez. Cuéntale todas las cosas que has visto y hecho. Diles que te dije que te debemos un favor o dos. Al menos podrán ayudarte a encontrar un trabajo decente.

—Mm. Gracias. Mientras no tenga nada que ver con el carbón…

—¡O el agua salada!

Naroin volvió a echarse a reír, y extendió sus pequeños y fuertes brazos para abrazarla.

—Buena suerte, virgie. Que no te encierren. No te des tantos golpes en la cabeza. Y deja de intentar ahogarte, ¿quieres? Haz eso y estoy segura de que te irá bien.

TERCERA PARTE

Cuaderno de Bitácora del Peripatético

Misión Stratos

Llegada + 53.369 Ms

Hoy les he hablado de la ley a las herederas de Lysos. Una ley en cuya aprobación no tuvieron parte. Una ley que no pueden cambiar ni desobedecer.

Las sabias, consejeras y sacerdotisas reunidas escucharon mi discurso en absoluto silencio. Aunque ya había informado en privado a algunas de ellas, aún podía notar la sorpresa y la incredulidad tras muchos de los rígidos rostros.

—Después de milenios, los del Phylum hemos aprendido la dura lección de la especialización —les dije—. Separados por vastos abismos de espacio, los primos lejanos pierden su sensación de poseer una herencia común. Las tribus humanas aisladas se separan, emergiendo muy lejos en la corriente del tiempo, cambiadas más allá de cualquier posibilidad de reconocimiento. Se trata de una pérdida mucho mayor que la simple pérdida de memoria.

La seriedad de mi público era inquietante. Sin embargo, Iolanthe y las otras habían aconsejado franqueza, no eufemismos diplomáticos, así que expuse ante las líderes los informes de los archivos de mi servicio: una letanía de desgracia y horror, de catastróficos malentendidos y tragedias provocadas por visiones estrechas del mundo. De rectos espasmos éticos y mortales vendettas en las que cada bando estaba convencido (y armado con pruebas) de tener razón. De explotaciones peores que las que antaño consideramos superadas en el pasado remoto de la Tierra. Peores por ser perpetradas por primos que se negaban ya a reconocerse mutuamente, o a escuchar.

Tragedias que finalmente provocaron la ley.

—Hasta ahora, he descrito cómo renovar el contacto podría resultar ventajoso. Artes y ciencias serían compartidas, y enormes bibliotecas con soluciones a incontables problemas. Muchas de vosotras me miráis ahora, y pensáis: «Bueno, no es más que un hombre solo. Para disfrutar de esas cosas buenas, podemos soportar visitas esporádicas de enviados solitarios. Escogeremos de la cornucopia, sin perturbar nuestro ordenado destino.» Otras sospechabais que habría mucho más en juego. Mucho más. Así es.

Convoqué una imagen holográfica para que destellara en el centro de la sala del Consejo, un brillante copo de nieve tan ancho como un planeta, tan fino como un árbol, que reflejaba la luz de galaxias.

—Hoy, un segundo servicio más importante que el proporcionado por los peripatéticos, enlaza los mundos del Phylum. Es un servicio que algunas de vosotras sin duda repudiaréis, como si fuera medicina de agrio sabor. La gran hielonave se mueve entre diez mil soles… más despacio que los mensajeros como yo. Pero su camino es inexorable. Transporta estabilidad. Trae el cambio.

Una delegada Perkinita se incorporó de un salto.

—¡Nunca los aceptaremos! ¡Lucharemos!

Me esperaba eso.

—Haced lo que penséis que tenéis que hacer. Volad la primera hielonave, o diez de ellas, sin preocuparos por los incontables inocentes que entregaréis así a la muerte. Algunos mundos insensibles han asesinado a cientos de hiberninaves heladas, y al final se han rendido.

»Intentad lo que queráis. El derramamiento de sangre os transformará. Inevitablemente, la culpa y la vergüenza desviarán a vuestras hijas, o a vuestras nietas, del camino que elegisteis para ellas. Incluso la resistencia pasiva cederá con el tiempo, cuando la curiosidad haga mella en vuestras descendientes, tentándolas para que prueben las brillantes lunas nuevas que orbitarán en el cielo.

»Ninguna flota de guerra brutal os obligará a acceder. Jurad expulsarnos, si queréis. Los planetas son pacientes; también lo son vuestros espléndidos y antiguos clanes, más longevos que ningún ser humano individual o que ningún gobierno.

»Pero el Phylum y la Ley son aún más persistentes. No aceptarán un “no”por respuesta. Hay más en juego que el mito de la misión y el gran aislamiento de un solo mundo.

Las palabras fueron duras, pero fue bueno soltarlas. Sentí el apoyo de muchas miembros del Consejo que habían patrocinado mi presentación para impedir que el asunto se quedara estancado. Es una suerte que aquí, al contrario que en Mundo Watari o en Nuevo Levante, una minoría respetable vea lo que es obvio: que la soledad y la especialización no son modos humanos.

—Miradlo de esta forma —concluí—. Lysos y las Fundadoras buscaron aislamiento para perfeccionar su experimento. ¿Pero no habéis sido puestas a prueba por el tiempo y validadas en su contexto como pueda serlo cualquier otra forma de vida? ¿No es hora de asomarse y mostrar a vuestros primos lo que habéis forjado?

Un largo silencio recibió mi conclusión. Iolanthe inició un aplauso incómodo que aleteó por el salón y escapó por las claraboyas como un pájaro huido. Entre las frías miradas del resto, la portavoz se aclaró la garganta, y secamente levantó la sesión.

A pesar de la tensión, me marché sintiéndome más fuerte de lo que me había sentido en meses. Me pregunté cuánto era debido a haberme quitado un peso de encima al ser sincero, y cuánto se debía a las atenciones que había recibido últimamente gracias a Odo, bajo el signo de la campana.

Si sobrevivo a este día, a esta semana, debo regresar a esa casa, y celebrarlo mientras pueda.

21

Los Dientes del Dragón. Fila tras fila de agudos incisivos, apuntando ferozmente al cielo.

Tendría que haberme dado cuenta, pensó Maia. Al ver por primera vez estas islas en la distancia, tendría que haber sabido su nombre.

Los Dientes del Dragón. Una frase legendaria. Sin embargo, al reflexionar sobre ello, Maia cayó en la cuenta de que apenas sabía nada de la cadena de montañas marinas, cuyas enormes raíces de cristal columnar surgían de la corteza oceánica, alzándose para taladrar las olas de la superficie y arañar grandes pedazos de cielo. Sus lustrosos y ondulados costados parecían ajenos a la erosión del tiempo. Los árboles se aferraban a las escarpadas alturas donde cascadas, alimentadas por arroyuelos impulsados por la presión, caían desde cientos de metros, formando altos arco iris que remedaban las auroras, y producían a Maia y Brod dolorosas tortícolis mientras pasaban con su barca y las contemplaban asombrados.

Su esquife recorría el archipiélago tropical como un parásito que se abriera camino a través de la espina dorsal de una poderosa bestia semisumergida. Las islas se apiñaban más densamente cuanto más se internaba el pequeño bote. Unidas de forma natural, muchas de las islas estaban conectadas por estrechos puentes naturales. Brod siempre hacía un signo sobre sus ojos al pasar por debajo de alguno de ellos. Un gesto no de temor, sino de reverencia.

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