Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—Será mejor que empecemos a pensar en atracar en algún sitio. De lo contrario nos arriesgamos a chocar contra las rocas en la oscuridad.
Brod sujetaba el timón, ajustando constantemente su dirección para mantener rumbo al sur. Con la otra mano, se frotó la barbilla, un gesto masculino común, aunque en su caso aún tendría que pasar otro lejano verano antes de que le saliera barba.
—Normalmente sugeriría salir al océano abierto —continuó diciendo—. Echaríamos el ancla, vigilaríamos el viento y la marea, y volveríamos al archipiélago al amanecer.
Brod sacudió la cabeza tristemente.
—Ojalá no me sintiera tan ciego sin un informe meteorológico. Una tormenta podría acechar más allá del horizonte, y nunca lo sabríamos a tiempo.
Maia estuvo de acuerdo.
—En el mejor de los casos, malgastaríamos horas y volveríamos agotados. —Desenrolló el mapa—. Mira, en esta zona hay una isla grande con un ancla pintada. No está demasiado lejos de nuestra ruta, cerca de la zona más occidental de los Dientes.
Brod se inclinó hacia delante para leer en voz alta. .
—Faro Jellicoe… Debió de ser un santuario—faro antiguamente, como Halsey. «Fuera de servicio y desocupado», dice.
Maia frunció el ceño, con la repentina sensación de haber oído el nombre antes. Aunque el sol aún estaba a cierta altura sobre el horizonte, tiritó, achacando la sensación a lo terrible del lugar.
—Uh… ¿entonces nos dirigimos al suroeste, capitán?
Maia se había estado medio burlando de él todo el día usando el título honorífico. Sonriendo, Brod respondió con un acento enormemente exagerado.
—Bien hecho estará, señora propietaria. Si es usted tan amable de echar una mano con la vela.
—¡A la orden, señor! —Maia cogió la tensa botavara con una mano, plantando un pie sobre la gaza para sujetarla—. ¡Preparada!
—¡Allá vamos!
Brod dio un golpe de timón, impulsando bruscamente la proa del esquife hacia el viento. La vela se desinfló y aleteó, indicando a Maia que tirara de la botavara de babor a estribor, donde se hinchó de pleno con un audible chasquido y los envió velozmente a un nuevo rumbo, hacia la alargada sombra de una isla alta situada al oeste. El sol de la tarde encendía una luminosa aureola de vapor de agua, un halo sonrosado, que convertía el promontorio rocoso en una fiera lanza que apuntaba más allá de las nubes.
—Suponiendo que encontremos refugio en la laguna de Jellicoe —dijo Brod—, volveremos hacia el sur al amanecer. Mañana a media tarde, podemos virar al este, y llegaremos al canal principal cerca de Faro Halsey.
—El santuario activo. Háblame de ese sitio —pidió Maia.
—Es la única ciudadela que aún funciona en los Dientes del Dragón, permitida por el Consejo Reinante para mantener el orden. Mi cofradía fue obligada a habitar el faro, así que enviaron dos barcos y las tripulaciones de las que podían prescindir fácilmente… es decir, inútiles como yo. Con todo, nunca esperé que el capitán intentara sacar un dinero extra alquilándose a las saqueadoras. —Frunció el ceño tristemente—. No todo el mundo piensa de esa forma. A algunos les gusta ver pelear a las mujeres. Dicen que les produce calor de verano.
—¿No pudiste conseguir un traslado, o algo así?
—¿Bromeas? Los alféreces no cuestionan a los capitanes, ni siquiera cuando éstos faltan a una tradición no escrita de la cofradía. De todas formas, saquear es legal, dentro de unos límites. Para cuando me di cuenta de que el capitán Corsh se estaba vendiendo a auténticas piratas, era demasiado, tarde. —Brod sacudió la cabeza—. ¡Debía notarse cómo me sentía, porque se alegró de ofrecerme como rehén, mientras gritaba en voz alta a las saqueadoras la pérdida tan grande que eso le suponía, y que sería mejor que cuidaran bien de mí!
El muchacho se rió roncamente.
Somos iguales, pobrecillo, pensó Maia. ¿Es culpa mía no tener talentos adecuados para el mundo de las mujeres? ¿O es culpa suya ser un muchacho que nunca quiso ser marinero? Su amarga reflexión era claramente rebelde. Tal vez es un error hacer generalizaciones de este tipo, sin tener en cuenta las excepciones. ¿No deberíamos tener todos el derecho de intentar ser aquello para lo que más servimos?
También eran iguales en el hecho de haber sido abandonados por personas en las que confiaban. Sin embargo, él era más vulnerable. Los muchachos esperaban ser adoptados por una cofradía que sería su hogar a partir de entonces, mientras que las muchachas del verano crecían sabiendo exactamente qué les esperaba: una vida de lucha solitaria.
—Entonces será mejor que tengamos cuidado cuando lleguemos a Halsey. Tu capitán no…
—¿Se alegrará de verme? —interrumpió Brod—. Buf. Estaba en mi derecho de escapar contigo y las demás. Sobre todo después de lo de Inanna y sus planes asesinos. Pero tienes razón. No creo que Corsh lo vea de esa forma. Probablemente ya está preocupado por cómo va a explicar todo esto a los comodoros.
»Así que intentaremos llegar mañana al anochecer. Conozco un canal para entrar en la bahía. Es demasiado poco profundo para que pasen los barcos, pero adecuado para nosotros. Conduce a un embarcadero apartado. Desde allí, tal vez podamos llegar a la sala del navegante y echar un vistazo a sus cartas. Estoy seguro de que habrá escrito dónde está el escondite pirata. Dónde tienen a tu Hombre de las Estrellas.
Había un extraño retintín en la voz de Brod, como si dudara acerca de algo. ¿De sus posibilidades de éxito? ¿O de la misma idea de aliarse con alienígenas?
—Si al menos Renna estuviera prisionero allí, en Halsey… —Suspiró ella.
—Lo dudo. Las saqueadoras no dejarían a un prisionero allí donde pudiera hablar con otros hombres. Tienen demasiados planes para él.
En Grimké, Brod le había contado a Maia las acciones del Visitante justo después de la captura del Manitú. Según el relato de Brod, Renna había irrumpido entre las jubilosas vencedoras, protestando por todas las violaciones de la ley de Stratos. Se negó desafiante a trasladarse al Intrépido hasta que todas las heridas fueron atendidas. Tan firme fue su semblante extranjero, su furia y su contención, que Baltha y las otras saqueadoras retrocedieron en vez de verse obligadas a golpearlo. Brod nunca mencionó que Renna prestara especial atención a ninguna víctima en particular, pero a Maia le gustaba imaginar que las fuertes y amables manos de su amigo alienígena aliviaron su delirio, y que su voz, hablando en tonos profundos, le prometía firmemente que volverían a verse.
Brod tenía poco más que decir acerca de Leie. Había advertido a la hermana de Maia entre la banda de saqueadoras, sobre todo por sus ojos ansiosos y su intenso interés en las máquinas. Al jefe de máquinas le alegró contar con ella, y no le importó un comino qué sexo tenía un tripulante bajo su camisa y su taparrabos manchados de hollín, siempre que trabajara duro.
—Sólo hablamos una vez en privado —dijo Brod, protegiéndose los ojos mientras navegaban hacia el sol poniente. Ajustó el timón para tensar la vela—. Supongo que me eligió porque no iba a importarle a nadie que yo me riera de ella.
—¿De qué quería hablar?
Brod frunció el ceño, tratando de recordar.
—Me preguntó si alguna vez había conocido a un viejo comodoro o capitán, allá en el principal santuario de mi Cofradía de Joannaborg. ¿Se llamaba Kevin? ¿Calvin?
Maia se incorporó rápidamente.
—¿No querrás decir Clevin?
Él se dio un golpecito en la sien, ausente.