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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—¡No tiene sentido correr! —le dijo a Brod—. Tienen velocidad, cañones, tal vez radar. ¡Aunque escapemos, buscarán toda la noche, y nos aplastarán en la oscuridad!

—¡Acepto sugerencias! —replicó su compañero. El sudor perlaba su labio superior y su frente.

Maia lo agarró por el brazo.

—¡Vira hacia poniente! Podemos cambiar de bordada más ceñidos al viento. El Intrépido tendrá que plegar velas para seguirnos. Sus motores tal vez estén aún fríos. Con suerte, podremos esquivarlo en ese laberinto. —Señaló la irregular costa de la isla de Jellicoe.

Brod vaciló, y luego asintió.

—Al menos las sorprenderá. ¿Preparada?

Maia se preparó y agarró la botavara, lista para la maniobra.

—¡Preparada, capitán!

Él respondió con una mueca ante el chiste. Maia reprimió el retortijón de su estómago, al cual había regresado la familiar conmoción biliar de temor y adrenalina como si fuera su obsesión favorita.

Se acabó la racha de buena suerte, pensó. Tendría que haberlo imaginado.

—Muy bien —dijo Brod con un suspiro entrecortado, compartiendo claramente el mismo pensamiento—. Allá vamos.

Todo dependía del siguiente paso. ¿Hasta qué punto podría virar el navío mayor? ¿Qué armas llevaría?

Como esperaban, el diminuto esquife maniobraba mejor usando directamente el viento. El Intrépido vaciló demasiado después de que Brod cambiara de rumbo. Cuando el barco pirata viró por fin, lo hizo de mala forma y contra la brisa. Brod y Maia ganaron impulso hacia el oeste mientras las marineras se esforzaban en cubierta, trincando las velas para que los motores aún en fase de calentamiento no tuvieran que luchar contra ellas. ¿Reconocen el esquife?, se preguntó Maia. A estas alturas seguro que ya saben que algo les ha sucedido a Inanna y a sus amigas del queche. ¡Lysos, parecen furiosas!

Incluso con el barco lastrado por su peso, llegaría un momento en que los dos navíos se encontrarían a poco más de un centenar de metros. ¿Qué harían las piratas entonces?

Esforzándose para ayudar a Brod a maniobrar lo mejor posible, Maia orientó la vela para conseguir la máxima eficacia. Esto significaba tener que lanzarse de un lado a otro del bote, apoyando su peso cada vez que era necesario restablecer el equilibrio.

Nunca había dirigido un bote pequeño de esta forma, rozando literalmente la superficie del agua. Era impresionante, y habría sido divertido de no tener el estómago revuelto. Giró la cabeza para ver si, por casualidad, Renna podía encontrarse en el barco pirata. Había hombres en el alcázar de la goleta, como durante la toma del Manitú, pero ni rastro de los peculiares rasgos de Renna.

Cuando el esquife abarloó el barco, Maia oyó furiosos gritos sobre las aguas que los separaban. Las palabras eran ininteligibles, pero reconoció el rostro lívido y arrebolado del capitán del barco, que discutía con varias mujeres que llevaban pañuelos rojos. El hombre señalaba a otras piratas que cargaban con un largo tubo negro en la banda de babor de la goleta. Sacudiendo la cabeza, hizo imperiosos gestos de prohibición.

A pesar de su estallido de furia, el capitán parecía plenamente consciente de su autoridad. Tanto, que no albergó ninguna sospecha cuando más mujeres, armadas con tridentes y cuchillos, se acercaron para rodearlo a él y a sus oficiales… hasta que el tono de mando del hombre se interrumpió bruscamente, silenciado bajo un súbito destello de violentos golpes.

Desde la distancia, horrorizada, Maia no pudo distinguir si usaban bastones o cuchillas para reducir a los hombres, pero el ataque continuó muchos segundos más de lo que parecía necesario. Fuertes y vibrantes gritos de placer demostraban cuánto gozaban las piratas tomándose un desquite que debían de haber ansiado desde hacía tiempo, rompiendo a la vez una alianza molesta y las últimas ataduras con la ley.

—¡Nos separamos! —gritó Brod. Había estado intensamente concentrado, por lo que no había podido mirar siquiera a sus antiguos camaradas, ni sacar nada en claro del reciente tumulto de gritos y gemidos. Menos mal, pues la caída de los oficiales había sido sólo parte del golpe. Cuando Maia encontró un momento para volver a examinar el aparejo, la mayoría de los miembros masculinos restantes de la tripulación habían desaparecido de donde trabajaban un momento antes.

Los Pinniped tal vez estén pasando un mal momento, reflexionó Maia, aún aturdida por lo que había visto. Pero saben distinguir un asesinato deliberado. Y por eso comparten nuestro destino.

Aquellas saqueadoras eran unas fanáticas. Maia lo sabía, y la idea se había reforzado tras la emboscada de esa misma mañana. ¿Pero esto? ¿Atacar y matar a hombres deliberadamente y a sangre fría? Era tan obsceno como aquello contra lo que las Perkinitas las prevenían constantemente: la antigua violencia hombre—contra—mujer que antaño condujo al Éxodo de las Fundadoras, hacía tanto tiempo.

Renna, pensó angustiada. ¿Qué has traído a mi mundo?

Maia recitó una breve plegaria para que su hermana, parte de la tripulación de la sala de máquinas, no estuviera implicada en el espontáneo derramamiento de sangre. Tal vez Leie ayudara a salvar a algún hombre bajo cubierta, aunque no parecía probable que las piratas fueran a dejar testigos.

Ahora mismo, lo que importaba era que el motín les había concedido a Maia y a Brod segundos, minutos. Tiempo que canjearon por los metros imprescindibles de distancia mientras las saqueadoras se reorganizaban y terminaban de hacer virar el barco.

—¡Preparada! —gritó Brod, advirtiendo de otra maniobra con la botavara.

—¡Preparada! —respondió Maia. Cuando su compañero viró, se deslizó bajo la botavara y ejecutó una compleja serie de acciones simultáneas, moviéndose con una fluida gracia que habría sorprendido a sus antiguas profesoras, o incluso a sí misma unos cuantos meses antes. De la práctica, combinada con la necesidad, se deriva una especie de concentración capaz de aumentar las habilidades más allá de toda expectativa.

Cuando volvió a mirar el Intrépido, éste navegaba varios cientos de metros por detrás, pero ganaba velocidad. Las artilleras tenían que seguir cambiando de posición sus rifles sin retroceso cada vez que la goleta tomaba un nuevo rumbo para seguir a los fugitivos. Se las podía ver gritándole a la nueva timonel para que fijara un rumbo. Ir en línea recta no valía, ya que el puente de proa del barco bloqueaba la visión. Al final, el Intrépido fijó un rumbo a treinta grados del viento. Eso reducía el ritmo de aproximación, pero permitía disparar con claridad.

¿Se lo advierto a Brod?, reflexionó Maia, con más frialdad de lo que esperaba.

No, mejor dejar que se concentre todo lo posible.

Vio cómo su amigo se volvía a mirar la vela temblorosa, las aguas revueltas, su destino, el macizo de enormes monolitos que se acercaba rápidamente. Usando todos estos datos, el muchacho hizo ajustes demasiado sutiles para ser calculados, basados en un tipo de instinto que antes había negado poseer, consiguiendo velocidad de una improbable combinación de velamen, madera y viento.

Se hace mayor mientras lo observo, se maravilló Maia. Los jóvenes e inmaduros rasgos de Brod se transformaban por aquel intenso ejercicio de habilidad. La mandíbula y la frente se le marcaban y algo en él, según Maia, destilaba tanto las esencias maduras como las inmaduras de la masculinidad: una firme resolución unida a un intenso placer por lo que estaba haciendo. Aunque los dos murieran en los próximos minutos, su joven amigo no dejaría este mundo sin haberse convertido en un hombre. Maia se alegró por él.

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