La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Vitória no le hizo caso. La aversión al trabajo de Eufrasia, Rogério y tantos otros viejos y nuevos conocidos que consideraban su color de piel como una licencia para vivir sin trabajar había sido siempre para ella un motivo de enojo… y uno de sus temas de conversación favoritos. Se alegró de que el amigo de León detectara tan pronto uno de los puntos débiles de la república. La gente con formación seguía explotando a los negros analfabetos, que, al igual que en los tiempos de la esclavitud, seguían desempeñando los peores trabajos. Los mulatos con una rudimentaria formación escolar o los blancos de las clases modestas dominaban la artesanía y el pequeño comercio. Los “senhores”, en cambio, sólo se esforzaban un poco para poder vivir trabajando lo menos posible: el proteccionismo y la corrupción daban frutos fantásticos.
Sí, la clase alta “portuguesa” era holgazana, y Vitória era una de las que más lamentaba esa desafortunada actitud. Apenas había ya funcionarios que hicieran algo sin la correspondiente comisión, ya no quedaban policías honrados ni inspectores de hacienda decentes. En las facultades se pagaba a los profesores para que dieran el grado de licenciado o incluso de doctor a los estúpidos hijos de familias con un apellido todavía muy influyente. En las obras públicas no se valoraba ya el sentido o la necesidad de cada proyecto, sino que se aprobaba cualquier plan absurdo si a cambio se desembolsaba una buena suma. Los encargos de fuentes o estatuas para las plazas públicas no recaían ya en los artistas más capacitados, sino en quien podía demostrar ser primo de un amigo del hijo del funcionario correspondiente.
Vitória no entendía cómo podían conformarse los demás. ¿Era ella la única que lamentaba estas circunstancias? ¿Es que en este país nadie tenía conciencia? ¿Qué sentía el funcionario cuando pasaba ante una fuente de pesadilla que él mismo había adjudicado a un artista sin talento? ¿Le gustaba a la gente ir a un médico y tener la angustiosa y a menudo justificada sospecha de que el “doctor” era un farsante inútil? ¿O vivir en una calle que de pronto cambiaba de nombre, tomando generalmente el de un político que había destacado por su gran incompetencia y su codicia aún mayor, lo que le había proporcionado fama y distinción? Había tantos de éstos que en Río era fácil perderse con tantos nombres de calles nuevos.
– ¿No es así, signara Vita?
Vitória salió de su ensimismamiento.
– La gran religiosidad, pero también la beatería, me recuerdan a mi país. Aunque aquí es más visible. Con tan pocos matrimonios mixtos y tantos mulatos me da la sensación de que la mayoría de la gente no toma muy en serio las enseñanzas de la Iglesia católica.
León se echó a reír.
– Más concretamente los hombres, Mario, los hombres. Pero aparte de eso, tiene usted razón. Es exactamente así.
Vitória se alegró sobre aquella crítica a la santurronería, que estaba por todas partes y a ella le ponía muy nerviosa.
– Creo que es una bajeza ensuciar de ese modo nuestras creencias.
Dona Alma ya estaba harta de aquella conversación. Acababan de retirar los platos del postre, y la cortesía no la obligaba a esperar al café. Holgazanería, promiscuidad… ¿qué más defectos les iban a atribuir esos jóvenes a los portugueses?
– Me voy a retirar. Ha sido un placer conocerle, senhor Gianelloni.
Todos en la habitación notaron que había cambiado a propósito el apellido del italiano, incluso el artista mismo, que esta vez se ahorró la corrección. Hizo una profunda reverencia ante dona Alma, le deseó buenas noches y, cuando abandonó la habitación, se mostró tan aliviado como el resto de los comensales.
Isaura ayudó a dona Alma a desvestirse, le cepilló su larga cabellera gris y le recogió el pelo en una trenza para la noche. Desde que la antigua esclava había demostrado compasión por la familia imperial expulsada del país -admiraba a la princesa Isabel por considerarla como la persona que liberó a los negros del yugo de la esclavitud-, dona Alma se mostraba muy amable con ella y la había convertido en su doncella personal. Isaura abrió la cama, hizo una leve reverencia y dejó a su senhora sola. Dona Alma se puso un chal por los hombros, acercó una silla a la ventana, tomó un trago de su nuevo tónico curativo y miró el cielo. ¡Todo estaba alterado en este país, todo! Ni siquiera la luna creciente estaba ya en el firmamento como debía, sino que estaba torcida y parecía un cuenco vacío.
En pocas semanas, en mayo de 1891, haría treinta años que había llegado a Brasil, pero dona Alma todavía se sentía más unida a su país natal, Portugal, que a aquel infierno tropical. Los campos de color pardo del Alentejo, quemados por el árido calor del verano, le parecían la Arcadia más pura, mientras que el exuberante verdor de Brasil le resultaba francamente obsceno. El olor de los ladrillos secos y polvorientos que se quemaban bajo el sol se convirtió en su recuerdo en un aroma embriagador, mientras las intensas fragancias de las plantas tropicales le resultaban ordinarias y el olor del café puesto a secar, repugnante. Las melodías del fado despertaban en ella más saudades, nostalgias, que el triste chorinho que escuchaban últimamente los brasileños. Las suaves colinas de Lisboa le gustaban mil veces más que la melodramática silueta de Río. El gutural dialecto de su pueblo le parecía incomparablemente más bello que el suave y cantarín acento de los brasileños. ¿Qué había hecho mal para que el Señor la castigara de ese modo?
En toda su vida sólo había cometido un pecado. Había sido a los diecisiete años y fue producto del desconocimiento y el amor. ¿Cómo podía hacer el Todopoderoso que tuviera que seguir pagando por aquello? Ella, hija de una buena familia, se enamoró del apuesto Julio, accedió a sus deseos, y aquello no quedó sin consecuencias. ¡El Buen Dios no podía ponerla una penitencia de por vida por un episodio que no duró más de dos meses! El apuesto Julio eludió toda responsabilidad cuando le contó que estaba embarazada. Desapareció para siempre del pueblo, ante el temor de que le obligaran a casarse. Eduardo da Silva, un hombre que, a pesar de ser agricultor, era inteligente, generoso y correcto, aunque algo más aburrido que Julio, se hizo cargo de ella. Se casó a pesar de que sabía que esperaba un hijo de otro. Jamás olvidaría el viaje en barco hasta Brasil, que en aquel entonces duraba casi dos meses, ni el día en que su hijo vino al mundo y a las pocas horas murió. ¡Allí estaba ella, con un hombre al que no amaba y en un país que odiaba! Pero superó la nostalgia, la soledad y la pena por el pequeño Carlos, trabajó como una mula para hacer de Boavista un hogar agradable, aprendió a querer y respetar a su marido y llevó una vida del agrado de Dios.
Pero no fue suficiente para el vengativo Todopoderoso. Otros dos hijos, Joana y Manoel, murieron en su primer año de vida. Su dulce y pequeña Isabel, una delicada criatura de pelo claro y rostro angelical, sólo llegó a cumplir once años; el impertinente Guillermo, que con su piel aceitunada y sus rasgos aristocráticos era el que más se parecía a ella, no pasó de los ocho. Siete hijos había parido, cinco había perdido. ¿Qué mayor castigo se puede infligir a una madre?
Dona Alma buscó consuelo y apoyo en la oración, y parecieron desaparecer todas sus penas. Siguió una época de crecimiento, paz y tranquilidad. Pedro y Vitória crecían, Eduardo y ella estaban libres de preocupaciones, Boavista prosperaba. Dona Alma estaba convencida de que el Creador había escuchado sus oraciones. Pero era sólo una pausa en su desmedido afán de venganza.
El reuma y la artritis los podía aceptar con resignación. Pero la abolición de la esclavitud y la consiguiente pérdida de prestigio, fortuna y amigos, era simplemente demasiado. Todo por lo que Eduardo y ella habían trabajado durante treinta años se desvanecía ante sus ojos. Sencillamente, no era justo. Nunca había amado Boavista tanto como su propia tierra, pero al fin y al cabo era su hogar, el lugar donde habían nacido sus hijos, el gran amor de Eduardo. Era horrible tener que ver cómo su marido, que siempre había sido un hombre fuerte, optimista y que miraba hacia adelante, estaba ahora abatido y desmoralizado. Pero aún era peor la transformación que había sufrido Vitória.