La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Ha sido un día muy emocionante, he conocido muchas cosas nuevas. Si León sigue llevándome de un lado para otro en un par de días estaré muerto. No sé de dónde saca esa energía.
– Sería mejor que empleara una parte de ella en casa.
– Sí, antes tuve la impresión de que… -Mario se calló a tiempo. A los hermanos de las mujeres guapas no les gusta oír ciertas cosas. Seguro que en Brasil ocurría lo mismo que en Italia.
Pedro miró a Mario con escepticismo. Como artista debía tener más espíritu de observación.
Pasados unos segundos Mario rompió el incómodo silencio.
– Sabes, Pedro, es mejor que hayamos salido hoy. Mañana va a llover.
– ¿Cómo lo sabes?
– Por la cicatriz del pecho. Me molesta siempre que va a cambiar el tiempo.
– No creo que tu cicatriz funcione bien en Brasil. Las condiciones térmicas y meteorológicas son aquí muy diferentes a las de Europa.
– ¡No, no! En Sudáfrica siempre acertaba con mis predicciones del tiempo.
– Curioso. Mi cicatriz del brazo no resulta tan útil. Sólo me molesta cuando realizo algún esfuerzo físico.
La muchacha que estaba sentada en las rodillas de Mario parecía aburrida con la conversación. Se puso de pie, pero con tan poca habilidad que volcó una copa. Un chorro de líquido marrón cayó sobre la camisa de Pedro.
– ¡Ten cuidado, patosa! -gritó mientras sacaba un pañuelo del bolsillo del pantalón.
La muchacha agarró el pañuelo para limpiarle la camisa.
– ¡Quítame tus sucias manos de encima! -gritó empujando a la mujer.
Mario miró a su nuevo amigo como si estuviera poseído por el demonio.
– Ha sido sólo un pequeño accidente. No hay motivo para alterarse tanto.
– Ya estoy harto de esto. ¡Vámonos!
En el pasillo pasaron ante una habitación cuya puerta estaba entreabierta y en la que había varios hombres y mujeres tumbados sobre esteras como si esperaran a la muerte. El olor que salía de la habitación era desconocido para Pedro, pero supuso que se trataba de opio. ¡Dios mío, lo mejor sería irse cuanto antes! Cuando salieron al exterior les dio el aire frío y húmedo en la cara. Estaba lloviendo.
Capítulo treinta y uno
Félix casi habría preferido tener un hijo mudo. El bebé no paraba de llorar y gritar. Lloraba cuándo tenía hambre, y lloraba cuando estaba saciado. Lloraba durante todo el día y la mitad de la noche. Félix no sabía qué hacía mal Fernanda, y tampoco sabía por qué ella le hablaba con aspereza cuando se lo preguntaba. Sólo sabía una cosa con certeza: no podían seguir así. Iban a perder los nervios, iban a convertirse en dos fieras, como el niño. Tenían que hacer algo. ¿No podían contratar a una niñera, por ejemplo? Fernanda tendría más tiempo para otras cosas, podría ir a la tienda, donde siempre se necesitaba ayuda, podría volver a pensar con claridad. Sí, una niñera sería la solución.
Félix garabateó su idea en el cuaderno de notas que, desde que trabajaba en la papelería, había sustituido a la voluminosa pizarra.
– Estás completamente loco -dijo Fernanda-. ¿Acaso crees que eres un senhor blanco?
No, pero sí un hombre que estaba dispuesto a hacer un gasto adicional si de ese modo su mujer estaba más contenta.
– ¡Por favor, igual que los vecinos! Ahora dime que no valgo como madre.
No era una mala madre, sólo una madre sobrecargada, contestó Félix, aunque no era del todo sincero. Fernanda era muy inteligente, pero como madre era un desastre.
– No nos lo podemos permitir, Félix. En este barrio nadie se haría cargo de él. Todos saben que Felipe es un llorón. Y si buscáramos en otro sitio nos costaría más tiempo y dinero.
¿Bueno, y qué? Félix pensaba que merecía la pena.
Fernanda se limpió una lágrima furtiva. ¡Cuántas veces había soñado con poder dejar a Felipe en manos de alguien y tener un par de horas de tranquilidad, poder dormir y volver a pensar con claridad! Jamás se habría atrevido a decírselo a Félix. Una familia como la que formaban ahora debía tener una madre sacrificada. Sólo los blancos muy ricos dejaban que otros cuidaran de sus hijos… o las personas muy pobres o las madres solteras, que tenían que volver a trabajar a los pocos días del parto para no perder su puesto de trabajo. Pero una mujer sana como ella, que tenía suficiente leche, un marido que cuidara de ella y una casa propia no podía dejar a su hijo en manos de otros por puro egoísmo.
Félix besó a Fernanda suavemente en los labios. Además, le explicó, él la necesitaba en la tienda. Los dependientes no servían para nada, eran desagradables, poco honrados, o ambas cosas a la vez. Ella debía vigilar a aquella pandilla, pues él sólo no podía con todo.
Fernanda sonrió.
– ¿Quieres decir que debo hacerme cargo de esa pandilla en lugar de cuidar de mi propio hijo? Tienes una lógica muy extraña. ¿Pero sabes qué? En este momento me parece más fácil dominar a ese grupo de salvajes que a Felipe. ¿Crees que lo conseguiré?
Fernanda había pasado mucho tiempo con una criatura que demandaba toda su atención, pero a cambio sólo recibía ingratitud. Se sentía inútil, tonta e incapaz de realizar cualquier trabajo que no fuera el de la casa. Había perdido la confianza en sus propias capacidades. Los tiempos en los que había trabajado como maestra, valorada tanto por alumnos como por colegas, pertenecían a otra época diferente. Parecía que hacía una eternidad desde que trabajara en la tienda, donde demostró gran interés y habilidad. Aquélla era otra Fernanda distinta, una mujer joven, fuerte, decidida, y no el manojo de nervios en que se había convertido.
Félix escribió en su cuaderno: «Si tú no lo consigues, no lo conseguirá nadie».
Fernanda no le creyó, pero se mostró agradecida por su intento de animarla.
Félix se tocó la oreja nervioso. Había llegado el momento de contarle las graves dificultades que tenía en la tienda. No todo iba tan bien como le había hecho creer. Y los dependientes poco dispuestos no eran el problema. Lo más difícil era hacer frente a la competencia. Dos manzanas más allá había abierto sus puertas una nueva papelería.
– ¿Cómo se puede ser tan tonto? -gritó Fernanda-. Esa gente tampoco se hace un favor a sí misma.
Creían, escribió Félix, que podrían sobrevivir con los clientes que sobraban en Fé. Quizás no debía haber hecho tanta ostentación de su éxito, con el nuevo cartel de chapa, la elegante puerta nueva y las grandes inscripciones de los escaparates.
Fernanda esbozó una malvada sonrisa.
– Podemos poner a Felipe en su carrito delante de la otra tienda. Eso ahuyentará a los clientes.
Félix se unió a la liberadora risa de Fernanda. Cuando reía tan abiertamente era otra vez la Fernanda de antes, la Fernanda con la que él se había casado. Le invadió una ola de ternura, y lo mismo le ocurrió a ella, pues respondió a su beso con una pasión poco habitual. Sólo el llanto que llegó desde la otra habitación les devolvió de nuevo a la amarga realidad.
Una semana más tarde ya habían encontrado una mujer que se quisiera ocupar de Felipe por las mañanas. Juliana, una ya no tan joven madre de ocho niños, que unos meses antes había tenido el último bebé, les pareció una mujer razonable. Era limpia y aseada, sabía manejar a los niños y, con su cuerpo redondeado, daba la sensación de ser alguien a quien no se saca fácilmente de sus casillas. Su casa era modesta, pero limpia, un lugar donde se podía dejar al pequeño sin tener mala conciencia.