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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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A pesar de todo, todavía no sabía mucho cuando un bonito día de abril Gustavo sufrió un ataque de apoplejía, muriendo poco después. La familia de Gustavo, que no quería tener nada que ver con la tienda, se mostró encantada de que Félix se ofreciera para comprársela. Félix adquirió el ruinoso negocio por un precio adecuado, y estaba seguro que con algunas innovaciones y mucho trabajo recuperaría enseguida lo invertido. Fernanda le apoyó, y como pronto sería su mujer, de nombre pusieron a la tienda las primeras letras de sus nombres: “Fé”, como señal de la confianza que tenían en el futuro.

¿No habría desafiado demasiado al destino? De su firme creencia en su suerte quedaba ya casi no quedaba nada después de que Fernanda le tratara tan mal en las últimas semanas. En muy poco tiempo había sacado adelante la tienda, había comprado una casa, se había casado y había engendrado un hijo, y a pesar de todo no se sentía ni la mitad de feliz de lo que debía sentirse. ¡Aplacar a los dioses! Primero tenía que aplacarse a sí mismo, porque si no la presión a que le sometían el trabajo, las deudas, la responsabilidad y su quejumbrosa esposa le harían perder el control y -¡Dios no lo quisiera!- levantar su mano contra Fernanda. Félix miró a José con desconsuelo, y en la ausente mirada del viejo pudo ver que se había evadido de nuevo de la realidad. ¿En qué estado mental se encontraba cuando dijo lo de los dioses? Bueno, pensó Félix, daba igual, no podía perder nada por ir a ver a Luiza.

Luiza se rió con fuerza en su cara.

– En eso no puede ayudarte ninguna mae de santos. No practican su magia con embarazadas.

Le dio a Félix un tazón de chocolate luego retiró del fuego un puchero del que salía un sabroso olor a cebollas, ajo y carne y se volvió hacia Félix. Para conversar con el chico no bastaban los oídos, hacían falta los dos ojos y mucha concentración.

– Cuando una muchacha se marcha con otro, sí, ahí sí se puede hacer algo. Si mira a otros hombres, si es vanidosa, si se muestra indiferente contigo… para todo eso sí hay remedios. Pero a una embarazada hay que aceptarla así. Enseguida se pasa.

Miró a Félix con compasión, le llenó el tazón con leche caliente y se sentó a su lado.

– ¿Y cómo le va a José, ese viejo conquistador?

Félix le explicó por gestos que el viejo no estaba bien, que cada vez estaba más ido, que cada vez hablaba más de una tal Marta. Félix escribió en su pizarra: «¿Marta?». Pero Luisa, que no conocía más letra que la L, no entendió nada.

– Espera un momento, enseguida lo solucionaremos. Sinhô Pedro está en casa, él podrá traducirme tus garabatos.

Cuando un poco después regresó a la cocina, su rostro tenía una expresión grave.

– ¿Te ha hablado de Marta? Eso no significa nada bueno. Yo creía que había borrado ese capítulo de su memoria.

Félix le indicó, golpeando nervioso con los dedos en la mesa, que quería saber quién era esa tal Marta.

– Marta era la mujer de José. Su antiguo senhor la vendió a un barón de caucho de Manaos, y vendió a José al senhor Eduardo. A su senhor no le importó que ella estuviera embarazada. ¡Ay, Félix, se sintió tan desgraciado! Por aquel entonces José no reía nunca, tampoco lloraba, estaba siempre serio. Pero las cosas son así, y el tiempo cura todas las heridas. Y nos iba muy bien en Boavista.

Félix miró con tristeza los pequeños y despiertos ojillos de Luiza. ¿Qué habría pasado con Marta, en la salvaje selva del Amazonas, donde ningún esclavo duraba más de dos años recogiendo caucho porque acababan con él la malaria o la fiebre amarilla? Incluso cuando Félix estaba en Boavista los esclavos tenían pánico a que los vendieran y los llevaran a ese infierno verde. Era el mayor castigo posible, aunque nunca se impuso en Boavista, donde se castigaba con benevolencia a los esclavos vagos, rebeldes o desleales. ¿Y el niño? ¿Lo habría tenido Marta? ¿Habría sobrevivido? ¿Estaría ahora por allí cerca? ¡Qué martirio para el viejo José imaginarse qué habría pasado con el fruto de su amor por Marta!

Impresionado, Félix regresó a su casa. La visita a José y a Luiza había tenido al menos algo positivo: la historia del viejo le hizo ver lo bien que le iba a él. Era libre, joven y estaba sano. Y si Fernanda volviera a ser como antes, sería inmensamente feliz.

Las náuseas y el mal humor de Fernanda desaparecieron enseguida. Y cuanto más engordaba, más la quería Félix. Cuando notó las primeras pataditas en la tripa, ella le tomó la mano, se la puso en su abultado cuerpo y dijo:

– Toca. Ya hace capoeira.

Félix querría haber gritado de felicidad. Pasaba cada segundo de su tiempo libre con Fernanda, hacía los trabajos de la casa por ella, traía comida para que ella no tuviera que estar mucho tiempo junto al fuego, y hasta pagó a una mujer para que lavara la ropa, aunque Fernanda le regañó por un gasto tan superfluo. Le daba masajes en los pies hinchados y le conseguía rodajas de limón para ponérselas en las sienes cuando le dolía la cabeza.

La tienda y Fernanda no le dejaban a Félix tiempo suficiente para ocuparse de José como habría sido necesario. Félix iba a lo sumo una vez a la semana a su antiguo barrio, a veces incluso pasaban catorce días antes de que, con mala conciencia, se dejara ver por allí para comprobar que el viejo estaba bien. En noviembre el sofocante calor y diversos problemas surgidos en la tienda hicieron a Félix aplazar la visita, a la que ya consideraba como una obligación molesta, hasta que el día que fue hasta allí se encontró la casa vacía. Félix se acercó a la casa de al lado a buscar a José. Pero la vecina se tapó la cara con las manos y dijo sollozando:

– ¡Jesús María! ¿Acaso no lo sabes? José murió anteayer.

Félix quiso saber por qué nadie le había avisado.

– Zé dijo que iría a tu tienda.

Pero Zé afirmaba que había mandado al Zambo, que a su vez decía que le había dado la triste noticia a un calvo con delantal verde. Por la descripción Félix supo enseguida que se trataba de un dependiente, Sebastiao, al que despediría de inmediato.

Sus antiguos vecinos le contaron diversas versiones de cómo había muerto José. El Zambo decía que había visto cómo José se tumbaba en medio de la calle, mientras dona Juliana sabía “con absoluta seguridad” que José estaba en perfectas condiciones y que todo podía considerarse como un trágico accidente. Feijáo creía haber notado que José había cepillado muy bien su uniforme, como si fuera a ir a su propio entierro, mientras que la pequeña Joana decía haber oído esa noche a José cantando una alegre canción. Félix sacó sus propias conclusiones de todas estas observaciones: José se había levantado por la noche, se había perdido y al final había llegado a la calle principal, donde un carruaje lo había atropellado. ¡Vaya muerte para el viejo cochero!

El entierro de José fue sencillo, pero lleno de dignidad. Acudieron casi todos los vecinos de Quintino, así como la familia da Silva y todos sus criados que conocían a José de los tiempos de Boavista. Luiza estaba junto a la tumba tan destrozada por el dolor como si fuera la propia viuda. Eduardo, al que José había acompañado en todas las penas y alegrías de su vida adulta, lloraba sin lágrimas, sólo le delataban los convulsivos movimientos de su cuerpo dentro del traje negro. Félix y Fernanda se mantuvieron agarrados de la mano, igual que Pedro y Joana. Sólo Vitória y León estaban medio metro separados el uno del otro, mirando con tristeza la tumba abierta. Félix, que allí veía a muchos de sus conocidos de Boavista por primera vez después de su huida, no pensó ni por un momento en el aspecto, la actitud y la presencia de nadie: el dolor le impedía ver lo que ocurría a su alrededor.

Cuando se terminó el entierro, Jorge se acercó a Félix.

– Me dijo que esperara a que estuviera bajo tierra.

Diciendo esto sacó del bolsillo interior de su chaqueta un papel con manchas de grasa, lo desdobló y se lo dio a Félix para que lo leyera. Era el testamento que José le había dictado a su amigo Jorge, que era miembro del “consejo del barrio”, como se llamaba ahora el antiguo consejo de ancianos.

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