La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¿Qué significa esto? -preguntó Fernanda en la puerta, por la que no se atrevía a pasar.
«Es tuya. Nuestra».
Entonces Félix tomó a Fernanda en brazos, cruzó el umbral, la dejó en la más bonita de las tres habitaciones, sonrió orgulloso y la besó.
– Pero… ¿cómo has podido…? -exclamó Fernanda cuando por fin comprendió.
Luego se lanzó a los brazos de Félix y le acarició el cuello, el pecho, la espalda, y él reaccionó justo como ella había pensado. ¡Cielos, si su deseo seguía creciendo de aquel modo pronto no harían otra cosa, sí, incluso tendrían que dar rienda suelta a sus impulsos en la tienda, detrás del mostrador!
– ¡Qué forma más bonita de estrenar la casa! -susurró Fernanda, jadeando y sudando todavía-. ¡Ay, Félix, es maravillosa! Tiene incluso un tejado con tejas, el suelo con baldosas y unas bonitas rejas en las ventanas, como la gente elegante. Y cuando hayamos pintado las paredes de azul claro y las puertas de blanco…
Félix se alegró de haber enseñado a Fernanda la casa antes de terminar los trabajos de reforma, pues él habría pintado las paredes de blanco y las puertas de verde oscuro.
Se mudaron una semana más tarde. Fernanda se entregó con gran afán a los trabajos de mejora de la casa. Mientras él trabajaba en la tienda todos los días de ocho a ocho, Fernanda pintó las paredes, arregló sus modestos muebles, cavó el pequeño jardín, tejió unas fundas para los cojines, sacó brillo al suelo, limpió las ventanas, rascó el óxido y la suciedad requemada del fogón hasta que pareció nuevo, y además le preparaba a Félix sus platos favoritos.
Félix la echaba de menos en la tienda, pues tenía una forma de tratar con los clientes que no se aprendía fácilmente. Por otro lado, le producía un indescriptible placer llegar por las tardes a su pequeña y limpia casa y disfrutar de una buena comida y del seductor cuerpo de su mujer. Félix estaba en el paraíso. Y Fernanda también.
La felicidad parecía completa cuando Fernanda, dos meses después de la boda, le dijo con lágrimas de felicidad que esperaba un bebé. Pero el embarazo no le sentó nada bien. Tenía náuseas y fuertes cambios de estado de ánimo. A veces se echaba a llorar desconsoladamente sólo porque Félix se había atrevido a decirle que se le había caído un botón de la camisa. A veces le regañaba porque hacía mucho ruido al sorber la sopa. Y casi todos los días le recriminaba su supuesta traición. Cada vez estaba más convencida de que Félix debía haber consultado la compra de la casa con ella. Le reprochó haber actuado a sus espaldas, haber hecho mal uso del dinero que habían ganado entre los dos.
«Pero era una sorpresa», escribió él.
– ¡Sorpresa! A lo mejor me habría gustado vivir en otro sitio. Yo también tenía algo que decir, ¿o no?
Félix no sabía qué hacer. Daba igual que fuera amable con ella o que le llevara cosas bonitas de la ciudad: ella siempre encontraba un motivo para regañarle. Unas veces era el precio de un costurero -«por ese dinero podíamos haber comprado una vajilla nueva»-, otras veces era el color de un pañuelo lo que no le gustaba. ¡Si al menos le hubiera satisfecho físicamente! Pero ella se negaba continuamente, aludiendo al bienestar del niño aún no nacido.
Félix le contó sus penas a José. El viejo cochero, que ahora vivía solo en la vieja cabaña de Félix, donde una vecina le echaba un vistazo de vez en cuando, entendía mejor que nadie la mímica y los gestos de Félix. Y sus problemas también.
– ¡Mujeres! Cuando se quedan embarazadas son insoportables. Pero eso se pasa enseguida. Sigue siendo amable con ella y no se lo tengas en cuenta. Ella no puede hacer nada al respecto, es su naturaleza.
Félix arrugó la boca descontento. Un bonito consejo… ¿hacer como que no había pasado nada? Eso no iba con él. Tenía que encontrar otra solución.
– Puedes hablar con Luiza. Ella conoce métodos y recursos para aplacar a los dioses, y a tu Fernanda también.
¡Los dioses, qué ocurrencia! Bueno, quizás mereciera la pena intentarlo. Los consejos de José siempre habían funcionado bien, y al fin y al cabo en sus momentos de lucidez José mostraba más entendimiento, sabiduría y experiencia que muchos de los hombres letrados que compraban en su tienda.
Había sido José el que persuadió a Félix de su idea fija de abandonar Río dejándole el campo libre a Zeca.
– ¡Tienes que luchar, muchacho! Todavía no se ha casado con ese zapatero, y no creo que lo haga. Sólo quiere provocarte, despertar tu orgullo, obligarte a actuar. Si ahora abandonas perderás toda la consideración que ella te tiene, y la mía también. La chica te quiere, eso es evidente.
Aunque Félix no creía que el viejo pudiera entender tan bien lo que ocurría en la confusa cabeza de una mujer joven, siguió su consejo. No tenía nada que perder. O bien tenía éxito, en cuyo caso habría merecido la pena cualquier humillación, cualquier deshonra. O bien no lo tenía, y entonces siempre podría desaparecer y no volver a ver nunca más a los testigos de su fracaso.
Tuvo suerte. Tras la proposición que Félix le hizo por escrito, Fernanda le miró con picardía y dijo:
– ¿Acaso no te dije que me iba a casar? ¡Pues mira!
Luego se lanzó al cuello de Félix, lo que él, con el estómago todavía encogido por los nervios, interpretó como un “sí”. ¡Qué lista era su pequeña Fernanda! Le había tendido una trampa, le había atrapado en ella. ¡Y él le tenía que estar agradecido por ello! Le entregó a Fernanda un sencillo anillo de plata, la besó y la miró con una mezcla de desconfianza y anhelo. ¿Qué otros trucos le tenía preparados?
Poco después Fernanda le convenció de que dejara su trabajo con Lili.
– Nos casaremos cuando tengas un trabajo respetable.
Para conseguir su objetivo privó a Félix de todas las libertades a las que ya le había acostumbrado. ¡Nada de besos, ni delicadas caricias, ni estrechos abrazos! A pesar de que la tortura también le afectaba a ella, Fernanda se mantuvo firme… hasta que poco antes del carnaval él se despidió del trabajo en casa de Lili.
– Félix -le gritó ésta-, no me puedes hacer esto. Espera al menos hasta el miércoles de ceniza, a partir de entonces tendremos menos trabajo.
Pero su decisión era firme, reforzada por el préstamo que León le hizo y que le facilitó el acceso a la papelería de Gustavo.
Después del carnaval Félix empezó a llevar las cuentas de la tienda. Un mudo difícilmente podía dedicarse a vender. Se pasaba doce horas al día sentado en un despacho pequeño y poco aireado, y le habría gustado mandarlo todo a paseo. Pero el viejo Gustavo estaba tan entusiasmado con sus conocimientos no siempre legales de cómo evadir impuestos, que le fue dando cada vez mayor responsabilidad y empezó a pagarle más. ¡Qué suerte haber encontrado a aquel chico! Félix, que no perdía de vista la posibilidad de ser el propietario de la tienda en el futuro, aceptó ayudarle en ella unas horas al día, al principio en el nivel más bajo, como chico para todo. Subía por las empinadas escaleras para recoger pesados paquetes de papel a casi cinco metros de altura; iba al almacén a por las tintas y pinturas que pedían los clientes y que a veces se habían secado a causa del calor y las malas condiciones de almacenamiento; desempolvó cientos de archivadores que llevaban una eternidad esperando a un comprador; tuvo que aguantar a los idiotas que se pasaban el día hurgándose en la nariz, pero se daban la vuelta en cuanto había un cliente a la vista. Y observaba. Félix vio enseguida en qué se podía mejorar, dónde se podía ahorrar y cómo se podía atraer a más clientes.
A pesar de todo, todavía no sabía mucho cuando un bonito día de abril Gustavo sufrió un ataque de apoplejía, muriendo poco después. La familia de Gustavo, que no quería tener nada que ver con la tienda, se mostró encantada de que Félix se ofreciera para comprársela. Félix adquirió el ruinoso negocio por un precio adecuado, y estaba seguro que con algunas innovaciones y mucho trabajo recuperaría enseguida lo invertido. Fernanda le apoyó, y como pronto sería su mujer, de nombre pusieron a la tienda las primeras letras de sus nombres: “Fé”, como señal de la confianza que tenían en el futuro.
¿No habría desafiado demasiado al destino? De su firme creencia en su suerte quedaba ya casi no quedaba nada después de que Fernanda le tratara tan mal en las últimas semanas. En muy poco tiempo había sacado adelante la tienda, había comprado una casa, se había casado y había engendrado un hijo, y a pesar de todo no se sentía ni la mitad de feliz de lo que debía sentirse. ¡Aplacar a los dioses! Primero tenía que aplacarse a sí mismo, porque si no la presión a que le sometían el trabajo, las deudas, la responsabilidad y su quejumbrosa esposa le harían perder el control y -¡Dios no lo quisiera!- levantar su mano contra Fernanda. Félix miró a José con desconsuelo, y en la ausente mirada del viejo pudo ver que se había evadido de nuevo de la realidad. ¿En qué estado mental se encontraba cuando dijo lo de los dioses? Bueno, pensó Félix, daba igual, no podía perder nada por ir a ver a Luiza.