La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– León -intervino dona Alma-, ¿por qué no le enseñas a tu amigo las partes bonitas de la ciudad, el palacio imperial o las preciosas iglesias barrocas? Debe de pensar que vivimos lejos de cualquier cultura y civilización.
– Muy estimada signora dona Alma -respondió Gianecchini en lugar de León-, su yerno ha sido muy amable al cumplir mis deseos. Yo quería ver los mercados, los barrios pobres, los muelles del puerto, pero también los parques y el giardino Botánico. En Italia tenemos iglesias más que suficientes, además de palacios, monumentos y museos. Pero no tenemos ni negros ni aborígenes indios, no conocemos esta variedad de plantas y animales, aunque Italia es el país más alegre y productivo de Europa, como seguro que le habrá contado su yerno.
Sí, lo había hecho, pensó Vitória. Hacía mucho, mucho tiempo, cuando él era todavía un osado emprendedor y ella una ingenua sinhazinha; y cuando se dejó impresionar tanto por las costumbres mundanas de León que incluso se casó con él. Nunca hablaba de la gente que había conocido por todo el mundo, de los amigos que había hecho, ni de las personas famosas con las que se había encontrado. Por eso se quedaron muy sorprendidos cuando unas semanas antes les comunicó la visita de un viejo amigo, un pintor de Milán.
No era frecuente que León invitara a alguien a su casa, quizás porque él mismo ya no se sentía a gusto en su hogar. En los últimos meses había pasado más noches en el hotel Bristol que en su propio dormitorio. Vitória supuso que quería que su amigo de otros tiempos viera cómo vivían los brasileños ricos. La forma en que el italiano los miraba a ella, a sus padres, a los criados, a la casa y la comida, confirmó esta suposición. Para el artista todos ellos no eran más que objetos de estudio, material para sus lienzos. Cien años más tarde cualquier visitante de cualquier museo de tercera categoría de Italia miraría divertido un cuadro en el que estarían ellos representados cenando: una dama joven y elegante a la que la criada negra mira con gesto de reproche; una arrogante senhora vestida de negro; un señor mayor como ausente que contempla la “exótica” comida de su plato; el señor de la casa con las piernas indolentemente estiradas y unas zapatillas bordadas en los pies; bajo la mesa un gigantesco perro mordisqueando un hueso. Sí, Vitória veía claramente la obra de arte ya terminada, y confiaba en que el artista, en su entusiasmo, no pintara el cuadro con demasiado realismo. Las primeras canas de León y sus granitos rojos en la barbilla no eran un adorno bonito. Sería mejor que la posteridad la viera como en el horrible cuadro del comedor.
– ¿Y qué opina usted de los brasileños? ¿No le parecen una raza muy especial? -preguntó dona Alma como si ella misma no fuera brasileña y con la clara intención de que su invitado criticara a sus compatriotas. Pero él no le hizo ese favor.
– Sí, es cierto, una raza muy especial. Hasta ahora me parecen muy cordiales y sumamente amables. Aquí, con ustedes, que hablan todos un perfecto francés, me resulta más fácil entenderme con mis escasos conocimientos de este bello idioma. Pero ahí fuera, entre la gente sencilla, dependo de la ayuda y la buena voluntad de las personas. Y créame, mi muy estimada signara dona Alma, en ninguna otra parte del mundo funciona la comunicación tan bien como aquí. Es sorprendente todo lo que puede entender la gente cuando quiere entenderse.
Dona Alma no estaba muy satisfecha con la respuesta de Gianecchini, pero encontró muy amable el elogio de su francés, que había sufrido mucho desde sus tiempos de la escuela.
– ¡Y esa mezcla de razas! -prosiguió él-. ¡Es única en el mundo! En los Estados Unidos de América, donde la población se compone de blancos y negros en una proporción similar a la de Brasil, se ven muy pocos mulatos. Aquí, en cambio…
– Sí, es una vergüenza.
Dona Alma sacudió la cabeza con tristeza. Vitória vio que León se estaba divirtiendo, como si se alegrara de antemano de la tempestad que aquel malentendido iba a provocar.
– ¿Una vergüenza? No, todo lo contrario. ¡Es una bendición! En ningún otro sitio he visto tantos tonos de piel como aquí, tantos colores de ojos, tantas estaturas, tantos tipos de pelo. ¡Es un milagro de la naturaleza! En una papelería en la que he entrado a comprar material de pintura he visto hoy a un mulato que tenía los ojos casi del mismo color que su estimado esposo. Sí, ¿no es increíble? Un hombre de piel oscura con los rasgos de un blanco y los ojos claros, de color marrón grisáceo con pintas verdes, lo que para un artista constituye un desafío único.
– En otros tiempos esa criatura habría bajado la vista en su presencia. No podría haber estudiado sus ojos con tanto detalle.
El entusiasmo hacía que el hombre fuera totalmente insensible a las mordaces observaciones de dona Alma. Vitória suspiró para sus adentros cuando él prosiguió sus explicaciones sin inmutarse.
– Mejor que hoy sea todo distinto. Sí, y luego he visto una muchacha de piel muy oscura, casi negra, con el pelo de india largo, liso, muy negro, recogido en dos trenzas. Y un…
– Déjelo, Mario -interrumpió León a su amigo-. Mis suegros y mi mujer no valoran mucho la mezcla de razas, por muy maravilloso que sea el resultado.
Vitória se revolvió en su silla antes de notar que León la miraba fijamente. ¿Qué quería? ¿Tenía que hablar del “maravilloso resultado de la mezcla de razas”, de la que él se consideraba, sin duda, la máxima culminación?
– Excepto en el caso de mi perro, por supuesto -dijo ella, dando golpecitos en la tripa de Sábado, que estaba debajo de la mesa-. Pero dígame, senhor Giannini…
– Gianecchini.
– Disculpe, senhor Gianecchini. ¿Qué otras cosas ha observado en las que nos diferenciemos de los europeos?
– Muchas, demasiadas. No quiero aburrirles, pues seguro que ustedes también las han observado.
– No, cuente, cuente. Yo nunca he estado en Europa -dijo Vitória mirando a León con toda intención-. Y me gustaría saber qué aspecto tiene un europeo.
No dijo que conocía a numerosos franceses, ingleses, italianos, holandeses y alemanes en Río, y la opinión que éstos tenían sobre los brasileños.
– Bueno, una de ellas es el diferente ritmo de vida de este pueblo, que sin duda se debe a la temperatura. La gente se mueve más despacio, casi arrastrándose. El que anda deprisa o corre, casi resulta sospechoso.
– Claro -intervino dona Alma-, sólo corren los ladrones y los judíos.
Mario Gianecchini carraspeó incómodo.
– También me parece que el brasileño blanco acomodado de origen portugués dispone de más tiempo libre que los adinerados burgueses de Europa. No se le ve trabajar.
– Qué amable por su parte expresarse en términos tan rebuscados, senhor Giovannini. Pero…
– Gianecchini.
– ¡Cielos! Discúlpeme, por favor, pero ¿por qué tiene usted un apellido tan difícil de pronunciar? ¿Me permite llamarle Mario? No querría volver a ofenderle confundiéndome con su apellido. Llámeme Vita, por favor.
– Encantado, signora Vita.
– Lo que quería decir es que no tenga miedo de decirlo, Mario. Mis compatriotas son vagos.
– ¡Vitória! -exclamó su padre, tomando la palabra por primera vez.