El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
De hecho cantó un fragmento sobre estar contemplando a un chico a través del río y no tener una barca. No se equivocaba; su voz era agradable a su manera, pero nunca se ganaría la vida con ello.
Más tarde, añadió:
—Menos mal que ahora tengo una cara muy dulce. Si la cosa sale mal, nos vestirán a las dos como muñecas y nos sentarán en una estantería para que nos admiren. Claro que también podemos «sufrir accidentes». Las muñecas se rompen. Gareth Bryne tendría que buscarse a otra a quien mangonear. —Aquello la hizo reír de verdad.
Egwene sintió un gran alivio cuando el faldón de la entrada se abultó hacia dentro levemente, anunciando a alguien que sabía que no debía entrar donde había una salvaguardia. ¡Realmente no quería saber hasta dónde podía llegar el humor de Siuan!
Tan pronto como anuló la salvaguardia, Sheriam entró en la tienda, acompañada por una ráfaga de aire que parecía diez veces más frío que antes.
—Es la hora, madre. Todo está dispuesto. —Tenía muy abiertos los ojos rasgados, y se pasaba la punta de la lengua por los labios.
Siuan se incorporó de un salto y cogió su capa de encima del catre de Egwene, pero se detuvo a medio echársela por los hombros.
—He navegado por los Dedos del Dragón de noche, ¿sabéis? —empezó seriamente—. Y una vez pesqué una escorpina en la red, con mi padre. Puede hacerse.
Sheriam frunció el entrecejo mientras Siuan salía presurosa, dejando entrar más aire frío.
—A veces creo —empezó la Guardiana, pero lo que fuera que pensase a veces no lo compartió—. ¿Por qué hacéis esto, madre? —preguntó en cambio—. Todo ello, lo de hoy en el lago, el convocar a sesión a la Antecámara esta noche. ¿Por qué nos hicisteis pasarnos todo el día de ayer hablando sobre Logain con todo el mundo con el que nos encontrábamos? Creo que deberíais hacerme partícipe de ello. Soy vuestra Guardiana. Os juré fidelidad.
—Te informo de lo que necesitas saber —repuso Egwene mientras se echaba la capa sobre los hombros. No tenía por qué añadir que sólo confiaba en un juramento obligado hasta cierto punto, incluso por parte de una hermana. Y Sheriam podría encontrar una razón para dejar caer algún comentario al oído equivocado a pesar de su promesa. Después de todo, las Aes Sedai tenían fama de encontrar escapatorias en lo que habían dicho. Realmente no creía que pasara eso, pero, al igual que le ocurría con lord Bryne, no podía correr el menor riesgo a menos que no le quedara más remedio.
—He de deciros algo —manifestó amargamente Sheriam—. Creo que mañana Romanda o Lelaine, una de las dos, será vuestra Guardiana de las Crónicas, y yo estaré cumpliendo un castigo por no advertir a la Antecámara. Y puede que vos me envidiéis.
Egwene asintió con la cabeza. Era más que posible.
—¿Vamos?
El sol proyectaba una roja cúpula sobre las copas de los árboles, y sobre la nieve se reflejaba una luz cárdena.
Los criados señalaron el paso de Egwene a lo largo de las profundas sendas llevando a cabo reverencias e inclinaciones. En sus rostros se reflejaba preocupación o, si no, inexpresividad; los criados percibían el estado de ánimo de aquellos a quienes servían casi con la misma rapidez que los Guardianes.
Al principio no vio a ninguna hermana; y entonces las encontró a todas allí, una gran concurrencia agrupada de tres en fondo alrededor de un pabellón, que se había levantado en el único espacio despejado que había en el campamento lo bastante grande, la misma zona utilizada por las hermanas para Rasar hasta los palomares de Salidar y Viajar de vuelta con informes de los confidentes.
Era una extensa pieza de gruesa lona, muy remendada, sin punto de comparación con la magnificencia del baldaquín junto al lago, y montarla costaba un considerable esfuerzo. En los últimos dos meses, la Antecámara se había reunido más a menudo, como lo había hecho la víspera por la mañana, o quizás apiñándose en una de las tiendas más amplias. El pabellón se había levantado sólo dos veces desde que salieron de Salidar. En ambas ocasiones para un juicio.
Al advertir que Egwene y Sheriam se acercaban, las hermanas situadas detrás murmuraron algo a las que estaban delante, y se abrió un hueco para dejarlas pasar. Ojos inexpresivos las observaron a ambas, sin traslucir el menor indicio de si sabían o incluso sospechaban lo que estaba pasando. Ni indicio alguno de lo que pensaban. Egwene notó que empezaba a ponerse nerviosa. Un capullo de rosa. Tranquilidad.
Llegó hasta las alfombras extendidas sobre el suelo, tejidas con vivos colores y una docena de dibujos distintos, y avanzó a través del círculo de braseros mientras Sheriam empezaba con el consabido «¡Aquí llega, aquí llega!». No era de extrañar que su voz sonase un poquito menos solemne, un tanto nerviosa.
Los bancos lustrados y los cajones cubiertos con paños utilizados en el lago volvían a usarse. Daban una imagen mucho más formal que el montón de sillas desparejadas que habían utilizado anteriormente; aparecían colocados en dos filas —inclinadas y casi convergentes en un extremo— de nueve asientos, agrupados de tres en tres: Verde, Gris y Amarillo a un lado; Blanco, Marrón y Azul al otro. En el extremo divergente, el más alejado de la posición de Egwene, se encontraban la caja cubierta con un paño de franjas y el banco para la Sede Amyrlin. Sentada allí, sería el centro donde confluirían todas las miradas, en todo momento consciente de ser una frente a dieciocho. Por suerte no se había cambiado de ropa; todas las Asentadas todavía llevaban encima sus mejores galas lucidas en el lago, con el único añadido del chal correspondiente. Un capullo de rosa. Tranquilidad.
Uno de los bancos estaba vacío, aunque sólo fue un momento. Delana llegó apresuradamente justo cuando Sheriam terminaba de recitar la fórmula del procedimiento. Con aspecto agitado y falto de aliento, la Asentada Gris ocupó su sitio, entre Varilin y Kwamesa, con muy poca de su gracia habitual. Esbozaba una mueca forzada, enfermiza, y jugueteaba nerviosamente con las gotas de fuego que adornaban su garganta. Cualquiera habría pensado que era ella a la que se juzgaba. Tranquilidad. No se estaba procesando a nadie. Todavía.
Egwene empezó a cruzar sobre las alfombras con paso lento, entre las dos filas de bancos, con Sheriam siguiéndola muy cerca. Kwamesa se puso de pie; de pronto el brillo del saidar envolvió a la esbelta y morena mujer, la más joven de las Asentadas. Esa noche no se escatimaría ninguna formalidad.
—Lo que se presenta a debate a la Antecámara de la Torre es competencia exclusiva de la Antecámara —anunció Kwamesa—. Sepa todo aquel que se inmiscuya sin mediar requerimiento, sea mujer u hombre, iniciada o extraño, venga en son de paz o con ira, que lo retendré conforme a la ley por transgredirla y ante ella dará cuenta. Ténganse por ciertas mis palabras; así se prescribe y así se hará.
Aquella fórmula era más antigua que el juramento contra la mentira, se remontaba a una época en la que las Amyrlin que morían asesinadas eran casi tantas como las que fallecían por todas las demás causas juntas. Egwene siguió avanzando con pasos mesurados. Le costó un gran esfuerzo no tocar la estola, como recordatorio, e intentó concentrarse en el banco hacia el que caminaba.
Kwamesa tomó asiento de nuevo, todavía envuelta en el brillo del Poder. En el grupo de las Blancas, Aledrin se levantó, igualmente rodeada por la reluciente aureola. Con su cabello dorado oscuro y sus grandes ojos de color avellana, resultaba realmente bella cuando sonreía, pero esa noche hasta una piedra habría tenido más expresión que ella.
—Hay concurrentes ajenas a la Antecámara que pueden oír todo lo que va a someterse a debate —manifestó en voz fría, con fuerte acento tarabonés—. Lo que se discute en la Antecámara de la Torre sólo a ella concierne, a menos que la Antecámara determine lo contrario. Nos procuraré aislamiento, garantizando la confidencialidad de lo que aquí se diga.