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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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A medida que se aproximaba al siguiente descansillo percibió un trémulo resplandor. A la luz que arrojaba la esfera que sostenía en una mano percibió algo a un lado. El contorno relucía a la zumbadora luz. Aunque no era una figura sólida Richard se dio cuenta de que se trataba de un mriswith envuelto en su capa.

— Bienvenido, hermano de piel —siseó.

Berdine se estremeció.

— ¿Qué ha sido eso? —susurró, alarmada.

Pese a ello trató de colocarse delante de él, agiel en mano, pero Richard se lo impidió cogiéndola por la muñeca y apartándola a un lado.

— No es más que un mriswith —contestó.

— ¡Un mriswith! —exclamó la mord-sith en un ronco susurro—. ¿Dónde?

— Allí mismo, en el descansillo, junto a la baranda. No temas. No te hará ningún daño.

Berdine se aferró a la capa negra de Richard después de que éste la obligara a bajar la mano con la que empuñaba el agiel. Ambos bajaron hasta el descansillo.

— ¿Has venido a despertar a la sliph? —preguntó el mriswith.

Richard frunció el entrecejo.

— ¿La sliph?

El mriswith se abrió la capa para señalar hacia abajo con el cuchillo de triple hoja que sujetaba en una garra. Al abrirse la oscura capa se tornó sólido y perfectamente visible con sus oscuras escamas.

— La sliph está allí abajo, hermano de piel. —El mriswith clavó en Richard sus ojos redondos como cuentas—. Por fin podemos llegar hasta ella. Muy pronto llegará el momento de que el yabree cante.

— ¿Yabree?

El mriswith levantó el cuchillo de triple hoja y lo agitó ligeramente. La hendidura que tenía en lugar de boca esbozó algo semejante a una sonrisa.

— Yabree. Cuando el yabree cante, será la hora de la reina.

— ¿Qué reina?

— La reina te necesita, hermano de piel. Debes ayudarla.

Richard notaba el tembloroso cuerpo de Berdine pegado al suyo. Era preferible marcharse antes de que se asustara aún más, por lo que siguió bajando escalones.

Dos descansillos más abajo Berdine se seguía aferrando a él.

— Se ha ido —le susurró la mord-sith al oído.

Richard miró hacia arriba y vio que Berdine tenía razón.

La mord-sith lo empujó hacia el vano de una puerta, le aplastó la espalda contra la plancha de madera y clavó en él sus penetrantes y en esta ocasión agitados ojos azules.

— Lord Rahl, eso era un mriswith.

Richard asintió un tanto desconcertado por los entrecortados jadeos de la mord-sith.

— Lord Rahl, los mriswith matan a la gente. Vos siempre lucháis con ellos.

— Eso no iba hacernos ningún daño, ya te lo dije. No nos atacó, ¿verdad? No había ninguna necesidad de batirme con él.

En la frente de la mujer se marcaron arrugas de preocupación.

— ¿Lord Rahl, os encontráis bien?

— Perfectamente. Vamos, creo que el mriswith nos ha dado una buena pista de lo que andamos buscando.

Pero la mord-sith no le permitió moverse.

— ¿Por qué os llamó «hermano de piel»?

— No lo sé. Supongo que es porque él tiene escamas y yo tengo piel. Y lo de «hermano» debió de ser porque sabía que no iba a hacerle daño. Él quería ayudar.

— ¿Ayudar? —repitió Berdine con tono incrédulo.

— No trató de detenernos, ¿verdad?

Finalmente la mord-sith le soltó la camisa, pero sus ojos azules siguieron manteniéndolo cautivo bastante más tiempo.

En el fondo de la torre encontraron una pasarela con baranda de hierro que rodeaba el muro exterior. En el centro acechaban oscuras aguas salpicadas aquí y allí por rocas. Las salamandras se agarraban a la piedra por debajo de la pasarela, parcialmente sumergidas. Por las espesas y negras aguas nadaban insectos, que esquivaban las burbujas que de vez en cuando ascendían y estallaban liberando ondas.

Habían recorrido la mitad de la pasarela cuando Richard supo que había hallado lo que buscaba, algo fuera de lo corriente, ni las bibliotecas ni siquiera las extrañas salas y corredores.

Ante una puerta vio una ancha plataforma cuajada con fragmentos de piedra, esquirlas y polvo, todo ello cubierto con una capa de hollín. Grandes trozos de madera de la puerta flotaban en las negras aguas. El mismo vano de la puerta había sufrido una explosión y se había convertido en un hueco de tal vez el doble de su tamaño original. Los recortados bordes se veían ennegrecidos, y en algunos puntos la piedra se había fundido como la cera de una vela. Desde el hueco de la puerta partían retorcidas vetas por la pared en todas direcciones; era como si un relámpago hubiera caído sobre la pared y la hubiera quemado.

— Esto no es antiguo —comentó Richard, pasando un dedo por el negro hollín.

— ¿Cómo lo sabéis?

— Mira. ¿Ves aquí? La roca aparece pelada, sin limo, y el moho aún no ha tenido tiempo de volver a crecer. Esto ha ocurrido recientemente, en los últimos meses.

Dentro, la habitación era redonda y de poco menos de sesenta metros de diámetro. Sobre las paredes se observaban recortadas líneas chamuscadas, como si un relámpago hubiera caído en su interior. El centro lo ocupaba un muro de piedra circular semejante a un enorme pozo que abarcaba casi la mitad de la habitación. Richard se asomó por encima del muro, que le llegaba a la cintura, sosteniendo la esfera en una mano. Las paredes eran lisas y parecían no acabarse nunca. Se veían metros y metros hasta que la luz ya no podía penetrar más. De hecho, era como un pozo sin fondo.

El techo era una bóveda casi tan alta como ancha era la habitación. No había ninguna otra ventana ni puerta. En el extremo más alejado Richard vio una mesa y algunos estantes.

Al dar la vuelta al pozo distinguió el cuerpo tendido en el suelo junto a una silla. No quedaban más que huesos cubiertos por algunos harapos. Casi toda la ropa se había podrido mucho tiempo antes, pero no así el cinturón de piel que rodeaba el esqueleto. También las sandalias se habían conservado. Al tocar los huesos, se desmenuzaron como si fuesen tierra cocida.

— Lleva mucho tiempo aquí —comentó Berdine.

— Sí, tienes razón.

— Lord Rahl, mirad.

Richard se puso en pie y miró hacia la mesa que Berdine señalaba. Vio un tintero, que quizá se hubiera secado siglos atrás, una pluma y un libro abierto. Richard se inclinó sobre él y sopló para limpiarlo de polvo y de esquirlas de piedra.

— Está escrito en d’haraniano culto —declaró, sosteniendo el libro cerca de la esfera luminosa.

— Dejadme ver. —La mord-sith estudió los extraños caracteres—. Sí, es d’haraniano culto.

— ¿Qué pone?

Berdine alzó cuidadosamente el libro con ambas manos.

— Es muy antiguo. Es un dialecto más antiguo que cualquiera que haya visto. Rahl el Oscuro me mostró un dialecto que, según él, tenía más de dos mil años. Pero éste es más antiguo aún —declaró, alzando la vista.

— ¿Puedes leerlo?

— Podía entender un poco del libro que encontramos al entrar en el Alcázar. —Dicho esto estudió la última página escrita—. Pero éste apenas puedo leerlo —confesó, pasando las páginas hacia atrás.

Richard hizo un gesto impaciente.

— ¿Pero entiendes algo?

Berdine dejó de hojear el libro y escrutó lo escrito.

— Creo que dice algo sobre que al fin ha tenido éxito, pero ese éxito significa que quien lo escribe morirá aquí. ¿Veis? —preguntó señalando una palabra—. Drauka. Es la palabra que significa «muerte», creo. —Berdine examinó la cubierta de piel negra, luego volvió a abrirlo y pasó páginas. Al fin alzó su azul mirada.

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