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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Esto no sería tan difícil si pudiéramos situarnos donde el agua está en calma, pensó Maia, mientras luchaba contra la implacable marea. Por desgracia, las fibras que conducían a las lejanas microcámaras de Inanna tenían una longitud limitada. El esquife debía permanecer cerca de la boca de la cueva subterránea, batallando contra las olas adversas, o arriesgarse a perder aquella ligera ventaja. Su plan, un esquema desesperado y peligroso para emboscar a emboscadoras profesionales, era bastante improbable que tuviera éxito.

Ojalá a alguien se le hubiera ocurrido una idea mejor.

Naroin cambió de canal.

—Trot y su tripulación casi han terminado. Las últimas partes de la balsa han sido bajadas al mar. Ahora lo hacen con las cajas de provisiones. Acabarán de un momento a otro.

Maia volvió a mirar la pantalla y vio una imagen borrosa de mujeres trabajando en plataformas de leños cortados, esforzándose por atar las secciones y levantar un improvisado mástil. Como ya sabían por su anterior investigación, las olas eran más suaves en aquella parte, a esa hora. Por desgracia, no sucedía lo mismo en la boca del túnel espía.

Por fin, el mar se calmó un instante. Ninguna pared de roca pareció a punto de aplastarlas. Suspirando, Maia y las demás soltaron los remos. Habían pasado una noche entera sin dormir desde el fatal encuentro con Inanna, la saqueadora infiltrada.

Primero fue el desagradable deber de despertar a las otras marineras abandonadas, y contarles que una de sus camaradas era una espía. Cualquier recelo inicial hacia Maia y Naroin fue calmándose durante el trayecto a la luz de las antorchas hasta las grutas ocultas de la isla, y se disipó del todo cuando les mostraron los mensajes grabados de la unidad comunicadora de Inanna. Pero eso no fue el final de las discusiones. Siguió un interminable debate sobre el plan de Maia, para el cual, desgraciadamente, nadie ofreció una alternativa mejor.

Finalmente, horas de frenéticos preparativos llevaron a aquel madrugador derroche de actividad. Cuanto más lo pensaba Maia, más absurdo le parecía todo.

¿Tendríamos que haber esperado? ¿Evitar simplemente poner en movimiento la trampa de Inanna? ¿Dejar que las saqueadoras se marcharan decepcionadas, y luego intentar escapar en el bote de noche?

El problema era que las dieciocho no cabían en el botecito. Y al anochecer las piratas llamarían a su espía. Cuando Inanna no contestara con los códigos correctos, darían por sentado lo peor y pondrían en marcha otras medidas. Ni siquiera el pequeño esquife podría atravesar un firme bloqueo de barcos equipados con radar. Y para las que se quedaran en la isla, el hambre resolvería el problema de las prisioneras de las piratas, más despacio, pero con la misma precisión que un ataque armado.

No, tiene que ser ahora, antes de que esperen las noticias de Inanna otra vez.

—¡Eia! —gritó Naroin—. ¡Aquí vienen! Las velas desplegadas a todo trapo. —Miró con más atención—. ¡Perras patarkales!

—¿Qué pasa? —preguntó el joven Brod.

—Nada —Naroin se encogió de hombros—. Por un momento me pareció que era un barco grande, de dos palos. Pero es un queche. Lástima. Son rápidos como cuchillas, con una tripulación de doce o más. Esto no va a ser tan fácil como mezclar cerveza y escarcha.

Charl escupió por la borda.

—Dime algo que no sepa —gruñó la alta mechantesa.

Tress, una marinera más joven de Ursulaborg, preguntó nerviosa:

—¿Nos damos la vuelta?

Naroin hizo una mueca.

—Espera y verás. Han virado y han quedado fuera del alcance de la primera cámara. Pasará un rato hasta que la siguiente las detecte. —Cambió de canal—. Pero la tripulación de Lullin las ha visto.

La diminuta pantalla mostró al grupo de constructoras de balsa, apresurándose por acabar su tarea antes de que el barco pirata pudiera cruzar el estrecho entre las islas vecinas. Era claramente inútil, pues la imagen más reciente del estilizado barco pirata lo había mostrado cortando las aguas, enviando salvajes chorros de espuma a babor y estribor mientras corría al ataque.

—¿Las abordarán? —preguntó Tress.

—Ojalá lo hicieran. Pero me temo que coger prisioneras no es el objetivo de hoy.

La corriente se encrespó de nuevo. Maia y las demás volvieron a remar, mientras que Naroin cambiaba de canal y gritaba.

—¡Las tengo! A unos tres kilómetros. Se acercan a toda velocidad.

Ahí vienen… pensaba Maia cada vez que miraba la pantalla, hasta que una enorme extensión de vela blanca ocupó la diminuta imagen. Se acercan cada vez más.

Por fin, la tripulación de la balsa soltó sus amarras hechas de enredaderas. Algunas empezaron a empujar con largas ramas, mientras otras dos intentaban alzar un rudo mástil cubierto con mantas remendadas. Parecía que realmente intentaban escapar.

O bien Lullin, Trot y las demás eran buenas actrices, o el miedo prestaba verosimilitud a su plan.

Naroin seguía calculando a qué distancia estaba el barco pirata. El queche se hallaba a menos de mil metros de la almadía. Luego a ochocientos, y seguía avanzando.

La situación de la balsa se hizo más desesperada. Una agitada figura empezó a lanzar cajas de provisiones por la borda, como para aliviar la carga. Las cajas quedaron flotando a la deriva detrás de la almadía, a muy poca distancia las unas de las otras.

—Seiscientos metros —anunció Naroin.

—¿No deberíamos acercarnos ya? —preguntó Brod. Parecía extrañamente relajado. No exactamente ansioso, sino muy frío, considerando sus anteriores confesiones a Maia. De hecho, Brod había insistido en ir con ellas.

Lysos nunca dijo que los varones no pudieran pelear —había protestada apasionadamente la noche anterior—. Nos enseñan que todos los hombres son miembros de reserva de la milicia, capaces de ser llamados en caso de que haya problemas graves. ¡Yo diría que eso es una buena definición para esas bandidas!

Maia nunca había oído un razonamiento como ése antes. ¿Era verdad? Como policía, Naroin tenía que saberlo. La antigua contramaestre parpadeó dos veces al oír la afirmación de Brod, y finalmente asintió.

Hay… precedentes. Además, no esperarán a un hombre. Será un elemento sorpresa.

Al final, a pesar de las protestas de algunas de las otras, se le permitió acompañarlas. De todas formas, Brod estaría más seguro con ellas que en la balsa.

—Sé paciente y cierra el pico —le dijo Naroin al muchacho, mientras luchaban contra las corrientes—. Cuatrocientos metros. Quiero ver cómo planean hacerlo esas zorras… Trescientos metros.

Brod aceptó mansamente la orden. Al mirarlo por segunda vez, Maia vio otro motivo para su relativa calma: la tez del muchacho estaba verdosa; luchaba contra las náuseas. Si el joven intentaba demostrar tener agallas, Maia esperaba que no lo hiciera literalmente.

Se acercaba el momento de la decisión. El Plan A requería una batalla. Pero si ésta parecía perdida de antemano, las del bote intentarían huir a sotavento, manteniendo la masa de la isla entre ellas y las saqueadoras. Sólo de esa forma podrían ser vengadas las marineras que se sacrificaban en la balsa. Pero, ya que la enemiga poseía un radar, Maia sabía que era improbable escapar con facilidad. A pesar de todos sus defectos, el plan de la emboscada seguía pareciendo la mejor posibilidad que tenían.

—Trescientos metros —dijo Naroin—. Doscientos ochenta… ¡Perras sangrantes!

Su puño hizo que la amura vibrara. Este sonido fue seguido casi al instante por un trueno, anómalo bajo el cielo despejado.

—¿Qué es eso?

Maia se volvió a tiempo de ver, en la pantalla, una súbita erupción de agua que estuvo a punto de alcanzar la pequeña balsa y que salpicó a su frenética tripulación.

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