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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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León encontró a Vitória en la entrada oscura de una casa, donde estaba sentada en cuclillas como un niño pidiendo limosna y lloraba como un bebé. Se acercó con cuidado, pero cuando ella sintió que alguien se acercaba, empezó a mover los brazos y a sacudir la cabeza como si estuviera en medio de un enjambre de abejas.

– ¡Sht, sinhazinha! Todo va bien. Volvamos juntos a casa.

A causa del profundo sentimiento de culpabilidad que le embargaba, León se sentía igual de mal que Vitória, pero no lo dejaba traslucir. Siguió hablándole con suavidad, como hacía con la hijita de Eufrasia, en voz baja, dulce, reconfortante. Cuando Vitória parecía haber superado el pánico, la tomó en brazos. Ella se abrazó a su cuello, escondió la cabeza en su pecho y siguió llorando. No podía parar. Su cabeza estaba otra vez en condiciones de pensar claramente, pero las lágrimas seguían brotando de sus ojos. Y cuanto más cariñosamente le hablaba León, más delicadamente besaba su pelo y sus húmedas mejillas, más desesperadamente lloraba ella.

– ¡Vita -susurró él-, Vita, lo siento tanto! ¡Oh, meu amor, mi tesoro, perdóname!

El llanto de Vitória no cesó hasta que no dejaron atrás las hordas enloquecidas, los bailes obscenos y el retumbar de los tambores. Se encontraban en las proximidades del Largo de Sao Francisco, en el que a cualquier hora del día o de la noche había numerosos coches de caballos esperando a posibles clientes.

– No hace falta que me sigas llevando en brazos -dijo Vitória-. Puedo parar un coche que me lleve de vuelta a la civilización.

León la dejó en el suelo, pero cuando ella se puso de pie, hizo un gesto de dolor. ¡Maldito tobillo, seguro que se lo había roto! León no dijo nada. Volvió a tomarla en brazos y la llevó hasta la plaza.

Un negro desaliñado les indicó el primer coche de la fila, pero León, al ver el carruaje, decidió no subirse. El negro y el cochero le gritaron insultándole, pero León dejó a Vitória en un coche que le pareció más digno de confianza.

– Gracias por este inolvidable cumpleaños -dijo Vitória-. No te preocupes por mí. Vuelve al desfile de carnaval y diviértete con los tuyos.

– ¿Te llevará el cochero a casa? ¿Tienes dinero para pagarle?

Vitória se dio por vencida. Con un tobillo dolorido y sin un vintém en el bolsillo no tenía más remedio que seguir aguantando a León. Este le dio instrucciones al cochero por la ventanilla y le pasó un billete a escondidas. El coche se puso en movimiento.

León se sentó enfrente de Vitória, le quitó el botín de charol y la media y puso su maltrecho pie sobre sus rodillas para examinarlo.

– No está tan mal. ¿Cómo das esos saltos con zapatos de tacón, sinhá?

Esperó sin éxito una respuesta ofensiva. Emocionada por la imagen de su fuerte mano oscura sobre su pie hinchado, por los delicados círculos que sus dedos trazaban y por su suave voz, Vitória se había echado de nuevo a llorar.

Capítulo veintinueve

Fernanda cumplió su objetivo: se casó. La boda fue una de las fiestas más bonitas que se habían celebrado en Quintino. El novio con su traje nuevo y la novia con un sencillo vestido blanco y unas flores de jazmín en el pelo formaban una pareja preciosa. Un joven del barrio que estaba aprendiendo el oficio con un fotógrafo, le pidió los aparatos a su jefe e inmortalizó a la radiante pareja bajo el viejo mango. Luego se demostraría que la fotografía era tan buena que el jefe del chico la publicó como propia y ganó con ella el primer premio de un concurso. En el jardín trasero de la casa de Fernanda se colocó una larga mesa en la que se dispusieron todas las viandas frías y calientes que habían llevado vecinos y amigos. En una rudimentaria parrilla el encargado de la taberna, que aquel día permaneció cerrada, asó salchichas, costillas de cerdo y gambas gigantes que un amigo que trabajaba en el puerto le había conseguido sacar a un pescador. Una improvisada orquesta de acordeón, tambor y guitarra invitaba al baile, los jóvenes expertos en capoeira dieron muestras de su habilidad acrobática, las muchachas del coro cantaron un par de canciones atrevidas que no habían aprendido en la iglesia. José, con su gastado uniforme de cochero, pero bien cepillado, estaba sentado en un rincón del jardín coqueteando descaradamente con Luiza, que se había tomado por su cuenta el día libre para asistir a la fiesta. No todos los días se casaba un antiguo esclavo de Boavista.

Félix era el hombre más feliz de la tierra. No perdió de vista ni un segundo a la novia, que iba emocionada de un invitado a otro, reía alegre con ellos, se dejaba besar por los hombres y admirar por las mujeres, sin dejar de lanzar a Félix insinuantes miradas de complicidad. Tenía tantas ganas como él de que llegara la noche de bodas.

Por la tarde, cuando ya empezaba a anochecer, en los platos sólo había mosquitos muertos y muchos de los invitados estaban sentados en los bancos de madera que Fernanda había dispuesto alrededor del jardín, llegaron dos invitados cuya aparición dio mucha alegría a Félix y Fernanda. León y dona Doralice abrazaron con cariño a la pareja y les transmitieron sus mejores deseos y algunos consejos picantes. Pero Félix y Fernanda habían oído ya tantos, que ni siquiera miraron avergonzados al suelo. León y dona Doralice les entregaron un regalo delicadamente envuelto, y Félix dejó a Fernanda el privilegio de abrirlo.

Fernanda deshizo con cuidado el lazo de terciopelo, retiró la cinta de la caja y levantó la tapa. Félix, de puntillas, miraba nervioso.

– ¡Oh! ¡Es… es… oh, muchas gracias!

Fernanda abrazó primero a dona Doralice, luego le dio un par de besos a León.

Félix tuvo que apartar a su novia con el codo para poder ver lo que había en la caja. No entendía qué había de especial en unos cubiertos, pero notó que la alegría de Fernanda era sincera, y se alegró con ella. Estiró los labios en una amplia sonrisa que dejó al descubierto su lengua de color negro violáceo: había comido demasiados jameloes del árbol del jardín. Le dio la mano a dona Doralice y unos golpecitos en la espalda a León.

– ¡Dios mío, estos cubiertos de plata deben de valer una fortuna! No vamos a poder dormir por miedo a que los ladrones entren en nuestra cabaña.

– Pero Félix ha… -empezó a decir León, pero una mirada de Félix le hizo detenerse. Al parecer Fernanda no sabía nada de la casa que Félix había comprado en Novo Engenho, un barrio modesto para la clase media baja, y que al lado de la choza de madera de Félix era como un palacio.

– Seguro que pronto viviréis en un barrio mejor -dijo dona Doralice-, dicen que el negocio da buenos beneficios.

– ¡Ay, tardará aún un tiempo! Tenemos que pagar la tienda antes de pensar en un traslado. Y saldar las deudas con nuestros amigos. Pero hoy no vamos a hablar de eso. Vamos, todavía queda un poco de tarta, y también tenemos ponche.

La cubertería de plata aceleró los acontecimientos. Félix, que había ahorrado mucho más dinero de lo que hizo creer a Fernanda, realmente había comprado la casa como regalo de boda para ella, pero no había terminado los trabajos de reforma a tiempo. Había oído hablar tanto de Novo Engenho, donde vivía un conocido suyo, que había ido hasta allí buscando un alojamiento apropiado para ellos. La casa por la que al final se decidió era sólida, pero no se encontraba en buen estado, y Félix quería arreglarla antes de que la viera su esposa. Pero la cubertería de plata incrementó las ganas de Fernanda de tener un hogar y arreglar la casa que tenían, así que Félix se vio obligado a desvelarle el secreto antes de lo previsto. ¿Para qué iba a gastar tiempo y dinero en mejorar su casita si muy pronto iban a vivir en otro sitio? Tres semanas después de la boda fue con ella a Novo Engenho, abrió la puerta de la casa de una planta y escribió en su pizarra: «¡Bienvenida al hogar!».

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