La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– En cambio tú no tienes nada admirable.
– A diferencia de Aaron.
– Justo -Vitória alzó la barbilla y dirigió a León una penetrante mirada-. Creo que me voy a echar un rato. Cuando todos estéis en el baile podré entregarme sin reparos a mis perversos placeres.
– Por favor, sinhá, no te reprimas. Es tu cumpleaños.
Vitória pasó corriendo ante León, subió la escalera a toda prisa y ya en su habitación se tiró sobre la cama sollozando. La tensión acumulada en las últimas semanas, con unos sentimientos tan contradictorios, se liberó y lloró como no lo había hecho desde que era niña. La rabia contenida durante la visita de Eufrasia y la posterior vuelta de dona Alma a su enfermedad imaginaria, la alegría sin celebrar por su gran éxito económico, la vergüenza por un adulterio que no había cometido… todo eso lo podía soportar. Pero la crueldad de León, que delante de sus padres y además el día de su cumpleaños la trataba como a una mujerzuela, era demasiado. Cuando se le agotaron las lágrimas, Vitória se durmió.
A media tardé la despertó Tais.
– Sinhô Eduardo dice que la despierte y le ayude a ponerse el disfraz.
– No, Tais, no me voy a disfrazar. No voy a ir al baile.
La criada se marchó para informar a los padres de Vitória. En el salón se discutía si debían ir a la fiesta sin Vitória o no. Dona Alma estaba firmemente decidida a no perderse el baile por nada del mundo, ni siquiera por las “penas femeninas” de su hija. Eduardo, en cambio, opinaba que no podían dejar a su hija sola en casa el día de su cumpleaños. Al final fue León el que templó los ánimos y convenció a sus suegros para que llegaran a un cierto compromiso. Ellos se irían tranquilamente y él, el causante de todo, hablaría con Vita, se disculparía y luego iría al baile.
Dos horas más tarde salieron hacia el baile Eduardo y Alma da Silva, disfrazados de Lobo Feroz y Caperucita Roja respectivamente. Apenas oyó que el coche de caballos se alejaba, León dio la noche libre a todos sus empleados. También ellos estaban deseando ir a sus fiestas, participar en los desfiles que la gente sin recursos organizaba en las calles. Cuando en la casa reinó un silencio sepulcral, se tomó un whisky, el tercero del día. Pero el alcohol no hizo su efecto. No le puso alegre, sino que aumentó su mal humor. Si Vita hubiera sido un hombre se habría pegado con él para liberar así toda su furia. Pero no le quedaba otro remedio que tragarse su frustración, su indignación, su odio, y ahogar sus penas en whisky. Se sirvió otro vaso.
Entonces oyó los pasos inquietos de Vitória en el piso de arriba. Corría por su habitación como un animal enjaulado que busca un sitio por donde escapar. Allá ella, pensó, Vita se había encerrado voluntariamente en su habitación. Poco después oyó que tocaba la campanilla para que acudiera su criada. Luego, impaciente, otra llamada. León sonrió para sus adentros. «No, sinhazinha, esta vez tendrás que arreglártelas sola».
Vitória llamó a Tais desde la escalera. Nadie contestó. La casa estaba sumida en el silencio. Miró en el salón, en el comedor, en el taller de su padre y en la cocina, pero al parecer no había nadie aparte de ella. Mejor, así nadie la vería con aquel aspecto: un rápido vistazo en el espejo de marco dorado del recibidor la había hecho asustarse de sí misma. El pelo se había soltado de la trenza y los rizos rebeldes le caían por la cara; el vestido, con el que se había quedado dormida sobre la cama, estaba muy arrugado; tenía los ojos hinchados, y en sus mejillas se habían marcado las arrugas de la almohada. Entró en el despacho, abrió la ventana y miró con tristeza las luces de la ciudad, en la que aquella noche todos estaban de fiesta… menos ella.
– Bonito disfraz de carnaval ése que llevas.
Vitória se sobresaltó al oír de pronto la voz de León.
– ¿Qué se supone que es? ¿”Sinhazinha compungida”?
– No, se llama “mujer incomprendida tras ser moralmente maltratada por un sádico de color”.
– Tienes razón, Vita. Déjame que repare mis errores y te anime un poco, hoy es tu cumpleaños. Toma, bebe un trago.
Vitória tomó el vaso y lo vació de un solo trago. ¿Por qué no buscar alivio en el alcohol? No tenía otro consuelo. Aaron se había marchado repentinamente y estaría fuera los días de carnaval, lo que ella consideró una cobardía y se tomó a mal.
– Ven, vamos a hacer una excursión.
– ¿Así, con esta pinta? ¿León, debo preocuparme por tu sentido estético cada vez más debilitado?
– No nos encontraremos a ningún conocido.
Vitória, que ya estaba un poco achispada por el whisky, al que no estaba acostumbrada, se dejó arrastrar por León calle abajo, hasta el primer cruce. Allí llamó a un carruaje. El aire, cálido y pegajoso, olía a mar. Vitória cerró los ojos y disfrutó del viaje, pensando que irían al paseo marítimo. Sí, oír y ver las olas siempre tenía un efecto reconfortante. Al menos en ese punto estaba de acuerdo con León. Quizás no fuera tan malvado.
Pero los ruidos que oyó a su alrededor le hicieron abrir los ojos. El lejano atronar de los tambores, los cascos de los caballos en el adoquinado, las risas aisladas… eso no sonaba como un paseo marítimo solitario por la noche.
– ¿Adonde vamos?
– A Lapa, a los desfiles de los negros.
– Que tú te sientas a gusto con ellos, lo entiendo. Pero ¿qué hago yo allí?
– Simplemente mirar. A lo mejor te ayuda a pensar en otras cosas.
– Por mí, bueno -dijo Vitória, cansada de discutir y relajada por el alcohol-. Pero ni siquiera voy disfrazada.
– Eso lo arreglamos enseguida.
León le quitó las horquillas del pelo. Sus grandes rizos negros se soltaron y cayeron, llegando casi hasta la cintura. Le desabrochó la parte superior del vestido hasta que resultaba casi indecente, y luego se inclinó y le rasgó la falda por algunas partes. Todo esto lo hizo sin inmutarse, con una fría mirada y gestos decididos. Vitória estaba paralizada del susto.
– Bien, ahora compórtate como haces siempre, así nadie sabrá que no vas disfrazada.
La bofetada que Vitória le dio fue tan fuerte que dejó una marca roja en la mejilla de León. En los pocos segundos que él necesitó para reaccionar, Vitória tomó las riendas y detuvo el coche. Se bajó de un salto y salió corriendo.
Sin rumbo fijo y con lágrimas en los ojos, corrió hasta quedar sin aliento. Le dolía el tobillo, debía haberse hecho daño al saltar del coche. Se detuvo y miró a su alrededor. No tenía ni idea de dónde estaba, pero en algún sitio podría tomar un carruaje. Siguió corriendo algo más despacio, intentando ignorar los pinchazos del costado y el dolor del tobillo, pero las calles eran cada vez más estrechas, cada vez había más gente, el olor de las tabernas baratas era cada vez más apestoso. Una negra exageradamente maquillada y con el vestido andrajoso le gritó encolerizada:
– ¡Aquí no, zorra blanca! ¡Esta zona es mía!
Un mulato borracho se abalanzó sobre ella y le tocó los pechos. Con un golpe bien dirigido entre las piernas, Vitória consiguió ponerse a salvo de él. Un limao de cheiro, una bola de cera llena de agua perfumada, que en carnaval era tradición lanzar entre la gente, pasó rozando su cabeza. Vitória soltó una maldición.
En las calles adyacentes la situación no era mejor. Las casas parecían no tener tan mal aspecto, pero las masas de gente que se habían reunido allí para celebrar el carnaval le resultaron igual de amenazantes. La multitud se movía al ritmo de una atronadora batería, un grupo de hombres tocando el tambor. La mayoría se había quitado la camisa, y sus torsos sudorosos brillaban a la luz de las antorchas, los músculos se marcaban bajo su piel negra. Algunas mujeres también mostraban sus pechos desnudos, y bailaban con los ojos cerrados y el rostro desencajado, como si estuvieran en éxtasis. El espectáculo era de un erotismo tan evidente que Vitória se detuvo fascinada. En aquel momento un mulato la agarró riendo por la cintura, la sujetó con fuerza contra su cuerpo y movió las caderas con fuerza al ritmo del tambor. Dando un grito, Vitória se liberó del hombre, que la miró sin comprender: sólo quería bailar lundú con ella.