El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Al contemplar a aquel grupo de hastiados jóvenes de veintiún años, no pudo dejar de asignarles historiales médicos. Desde su última y abreviada visita a Mark Schluter, el mundo se había dividido entre Dickens y Dostoievski. Bhloitov, el febril anarquista, estaba estirado sobre un banco de tres sillas en la última fila. La señorita Nurfraddle, una rigorista casi histérica, estaba en el asiento del pasillo, a dos hileras del estrado, toqueteando sus textos perfectamente alineados. Desde el centro del auditorio, un hombre delgado y de cabello negro, eslavo o griego, miró furibundo a Weber cuando la lección no comenzó a la hora en punto. ¿Qué había en el mundo merecedor de semejante enojo?
En el futuro, todos los jóvenes reunidos en la sala sentirían una divertida repugnancia al verse tal como eran ahora. Yo nunca vestí así. Nunca garabateé apuntes con tal seriedad. No es posible que pensara tales cosas. ¿Quién era ese individuo patético? El yo era una banda, una pandilla improvisada, a la deriva. Ese era el tema de la lección de aquel día, de todas las lecciones que había dado desde su encuentro con el maltrecho operario de un matadero de Nebraska. No hay yo sin autoengaño.
A dos asientos del lugar donde estaba el griego de cabello lacio y brillante se sentaba la mujer de aquel curso a la que Weber evitaba mirar. Iban y venían cada año, cada vez más jóvenes. No todas eran bellas, pero cada una de ellas jugaba a ser mayor de la edad que tenía, las cejas enarcadas un nanómetro demasiado alto. Aquella, en la octava fila, directamente en su fóvea, con un jersey de cuello de cisne color melocotón, le sonreía, la redondeada cara enrojecida, anhelando cuanto él pudiera decir.
La hermana, Karin, había dicho algo la primera vez que comieron juntos. Una acusación. «No puedo creerlo. Usted también lo hace. Creía que una persona con su reputación…» Él pensaba que no había sabido de qué le estaba hablando, pero sí que lo había sabido. Y lo hacía, en efecto, también lo hacía.
Echó un vistazo a sus notas: ignorancia organizada. Al lado del cerebro, todo el conocimiento humano era como una gota de limón al lado del sol.
– Hoy voy a referiros las historias de dos personas muy diferentes.
Su voz descarnada salía de los altavoces en lo alto de las paredes, llena de autoridad amplificada. Los últimos vestigios de charla desaparecieron. La palabra «historias» provocó risitas reprimidas. Bhloitov miró la primera diapositiva de Weber, una sección transversal de la corona del cráneo, con franco escepticismo. La señorita Nurfraddle suplicaba a su grabadora que funcionara. La mujer del jersey de cuello de cisne miraba a Weber con dócil curiosidad. Los demás no revelaban ninguna emoción más allá de un ligero aburrimiento.
– En primer lugar, os hablaré de H. M., el paciente más famoso de la literatura neurológica. Un día de verano, hace cincuenta años, al otro lado del Sound, un cirujano ignorante y demasiado diligente, que trataba de curar la epilepsia cada vez más severa de H. M., le insertó una estrecha pipeta de plata en el hipocampo, esta zona gris rosada, y aspiró, junto con la mayor parte de la circunvolución parahipocampal, la amígdala y las cortezas entorrinal y perirrinal, aquí, aquí y aquí. El joven, aproximadamente de vuestra edad, permaneció despierto durante la operación.
Lo mismo les sucedió a todos los alumnos.
– A los que tenéis hipocampos en funcionamiento y acudisteis a la clase de la semana pasada, no os sorprenderá saber que, junto con todo el tejido extraído por la pipeta, salió también la capacidad de H. M. para formar nuevos recuerdos…
Weber percibía su recargado sentido de la teatralidad, y le asqueaba. Pero había contado la historia tantas veces a lo largo de los años, en las clases y en sus propios libros novelescos de tema neurológico, que no podía hacerlo de otra manera. Fue pasando las diapositivas y contando el resultado de memoria: el regreso del disminuido H.M. a la tierra de los vivos, con su personalidad intacta pero incapaz de agregar nuevas experiencias.
– Habéis leído el informe del doctor Cohen sobre H.M. Cuatro días de pruebas, y cada vez que el examinador abandonaba la habitación y volvía, tenía que presentarse de nuevo. Pasaron décadas desde la intervención, pero a H.M. le parecían días.
«El primer deber de un médico es pedir perdón.» ¿Dónde había oído eso? En una película que había visto con Sylvie, cuando los dos iban a la escuela de graduados. La película y la frase les habían conmovido como solo pueden conmoverse los jóvenes al comienzo de la veintena. No mucho después de aquella noche, él decidió entregarse a su futura carrera. Y, más o menos por la misma época, Sylvie se entregó a él para toda la vida. «El primer deber de un médico es pedir perdón.» Cada noche debería haber dedicado un momento a pedir perdón a todos cuantos había perjudicado inadvertidamente aquel día.
– El recuerdo que H.M. tenía del pasado estaba intacto, incluso era impresionante. Cuando le enseñaron una foto de Muhammad Ali, dijo: «Ese es Joe Louis». Dos horas después se lo volvieron a preguntar y respondió de idéntica manera, como si fuera la primera vez. Estaba atrapado en un sótano, congelado en el momento inmediato a la operación. Ni siquiera podía saber que estaba encerrado en un presente eterno. No tenía la menor idea de lo que le había ocurrido. O más bien: la parte de su mente que poseía el conocimiento era incapaz de transmitir el hecho a su recuerdo consciente. A cada hora repetía varias veces: «Estoy teniendo una pequeña discusión conmigo mismo». Le acosaba el temor permanente a haber hecho algo mal y que lo castigasen por ello.
Weber miró más allá de una hilera de caras turbadas por el horror y la vio. Se interrumpió, desorientado. Ella había entrado en la sala a escondidas, como una oyente secreta. Sylvie. Sylvie a los veintiún años, en Ohio. Tomó asiento a un cuarto de la pendiente, junto al pasillo de la izquierda, y miró las diapositivas, con un cuaderno de espiral en las piernas cruzadas y tocándose el labio superior con el bolígrafo. Sobre la tapa abatible del pupitre estaban todos los libros de texto. Habían llegado al final del trimestre y Weber nunca había reparado en ella.
– En el transcurso de las décadas, H.M. se convirtió en uno de los sujetos más estudiados en la historia de la medicina. Mediante una interminable repetición diaria, logró saber que estaba sometido a observación. Las constantes pruebas que le hacían se convirtieron en una fuente de doloroso orgullo. Cien veces al día repetía: «Por lo menos puedo ayudar a alguien. Por lo menos puedo ayudar a la gente a comprender». Pero aún era preciso repetirle constantemente dónde estaba y, pasadas varias décadas, decirle que aquel día no iba a casa de sus padres.
Contempló la cascada de cabello rizado que cubría en parte el serio rostro de la mujer. La verdad era que se parecía muy poco a Sylvie. Tan solo era ella. Aquella suave intensidad interior. La curiosidad por todo, dispuesta a desentrañar todo lo que el estudio pusiera en su camino. La atención de Weber volvió a dirigirse bruscamente a su inquieta audiencia, mientras los segundos iban pasando. Amplió los detalles del caso sin tener que pensar en ellos. Sus alumnos tomaban notas. Eso era lo que querían: solo los hechos, firmes y repetibles.
– Ahora, además de H.M., quisiera presentaros el caso de David, un agente de seguros de Illinois de treinta y ocho años, casado y con dos hijos pequeños, que gozaba de una salud perfecta y no manifestaba trastornos neurológicos poco comunes, salvo la persistente creencia de que a los Cubs de Chicago solo les faltaba una temporada para conseguir el campeonato.