La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Danton: Soy fiscal del Estado. Me considero perfectamente capacitado para conseguir algo tan sencillo como unos cartuchos.
Pétion: Hay novecientos guardias suizos custodiando el palacio. Tengo entendido que son leales a Capeto y que no abandonarán la lucha.
Danton: Asegúrate de que no consigan hacer acopio de municiones. Vamos, Pétion, son unos simples tecnicismos.
Pétion: Además existe el problema de la Guardia Nacional. Sabemos que muchos guardias nos respaldan, pero no pueden amotinarse, tienen que obedecer órdenes, de lo contrario nos encontraremos en una situación imprevisible. Cometimos un error cuando dejamos que el marqués de Mandat asumiera el mando. Es un convencido monárquico.
[Cuando sea Rey tendremos que dejar de utilizar esa palabra de forma despectiva, pensó Philippe.]
Pétion: Debemos eliminar a Mandat.
Danton: ¿A qué te refieres, a que lo asesinemos? Pues adelante, hombre. Los muertos no hablan.
[Silencio.]
Danton: Meros tecnicismos.
Camille Desmoulins
A efectos de instaurar la libertad y la seguridad de la nación, un día de anarquía resulta más eficaz que diez años de Asambleas Nacionales.
Señora Elisabeth
No hay nada que temer. El señor Danton nos protegerá.
V. Quemar los cadáveres
7 de agosto.
– ¿Que se ha ido? -preguntó Fabre-. ¿Que Danton se ha ido?
Catherine Motin puso los ojos en blanco y contestó:
– Escuche con atención. La señora Danton ha ido a Fontenay, a casa de sus padres, y el señor Danton ha ido a Arcis. Si no me cree, pregúnteselo al señor Desmoulins. Yo misma he hablado con él.
Fabre atravesó apresuradamente la Cour du Commerce hasta llegar a la rue des Cordeliers, entró en el mismo edificio por la otra puerta y subió la escalera. ¿Por qué no practican Georges-Jacques y Camille un agujero en el tabique?, pensó. Sería más sencillo si viviéramos bajo el mismo techo.
Lucile estaba sentada con los pies apoyados en un sillón, leyendo una novela y comiendo una naranja.
– Toma -le dijo, ofreciéndole un gajo.
– ¿Dónde se ha metido? -preguntó Fabre.
– ¿Georges-Jacques? Se ha ido a Arcis.
– Pero ¿por qué, por qué, por qué? ¡Dios bendito! ¿Dónde está Camille?
– Tumbado en la cama. Creo que está llorando.
Fabre entró en el dormitorio, comiéndose el gajo de naranja, y se precipitó sobre Camille.
– Te lo ruego -dijo éste, cubriéndose el rostro con las manos-. No me golpees, Fabre, estoy enfermo. No lo soporto.
– ¿Qué demonios se propone Danton? Tú debes de saberlo.
– Ha ido a ver a su madre. No me he enterado hasta esta mañana. No ha dejado un mensaje, ni una carta, nada. Esto es un desastre.
– ¡El muy cabrón! -exclamó Fabre-. Apuesto a que no piensa volver.
– Voy a suicidarme -dijo Camille.
Fabre se levantó de la cama y regresó al cuarto de estar.
– No consigo sacarle nada en limpio. Dice que va a suicidarse. ¿Qué vamos a hacer?
Con un gesto contrariado, Lucile introdujo el marcador entre las páginas y dejó la novela. Era del todo evidente que no iban a dejar que siguiera leyendo.
– Georges me aseguró que volvería, y no tengo motivos para dudar de él. ¿Por qué no le escribes una carta? Dile que no podéis hacer nada sin él, lo cual es cierto. Dile que Robespierre ha dicho que no puede hacer nada sin él. Y cuando hayas terminado, vete a ver a Robespierre y dile que se pase por aquí. Quizá consiga evitar que Camille se suicide.
El 9 de agosto, a las nueve de la mañana, Danton regresó tal como había prometido.
– No os enojéis conmigo. Tenía que resolver unos asuntos. Estamos metidos en una aventura muy arriesgada.
– Siempre te escudas en que tenías que resolver unos asuntos -dijo Fabre.
– Es que cada vez soy más rico -contestó Danton. Luego besó a su mujer en la cabeza y dijo-: Deshaz mi equipaje, Gabrielle.
– ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Que lo deshaga o que lo haga? -preguntó Fabre.
– Creíamos que te habías largado otra vez -dijo Camille.
– ¿Qué quieres decir con eso de «otra vez»? -inquirió Danton, sujetando a Camille por la muñeca y tirando de él hasta el otro lado de la habitación, donde se encontraba su hijo. Cogió al pequeño en brazos y dijo-: Te he echado mucho de menos, cariño. Hace dos días que no te he visto. ¿Qué haces aquí? Deberías estar en el campo.
– No cesaba de llorar y de pedirme que regresáramos a casa -contestó Gabrielle-. Anoche no conseguí que se durmiera hasta prometerle que hoy volveríamos para que te viera. Mi madre vendrá a recogerlo esta tarde.
– Una mujer espléndida, espléndida. Nunca olvidaré lo que hace por nuestro hijo, sin importarle el riesgo al que se expone.
– Deja de sonreír con aire satisfecho -dijo Camille-. Me pones enfermo.
– Es el aire del campo -respondió Danton-. Me da vitalidad. Deberías salir de París más a menudo. Pobre Camille. -Danton obligó a su amigo a apoyar la cabeza sobre su hombro y le acarició el cabello-. Estás muy asustado.
Mediodía.
– Sólo faltan doce horas -dijo Danton-. Os doy mi palabra.
Las dos de la tarde. Se ha presentado Marat. Tiene un aspecto más desaliñado que nunca. Su tez, quizá debido a su trabajo, ha adquirido el color de un periódico de mala calidad.
– Podíamos habernos encontrado en otro lugar -dijo Danton-. No te pedí que vinieras aquí. No quiero que mi esposa y mi hijo te vean y sufran pesadillas.
– Más adelante serás tú quien me invitarás a que venga. Quién sabe, quizá decida ser más aseado cuando hayamos implantado la república. Bien -dijo tras una breve pausa-, sospecho que los brissotinos están tratando de llegar a un acuerdo con la Corte. Han hablado con María Antonieta, cosa que puedo probar. Nada de cuanto hagan puede perjudicarnos a estas alturas, pero la cuestión es qué vamos a hacer con ellos más tarde.
Estas dos palabras surgen en todas las conversaciones: más tarde.
Danton sacudió la cabeza.
– Me cuesta creerlo -contestó-. La mujer de Roland no se prestaría a un trato con ellos. Fue ella quien hizo que los destituyeran, ¿recuerdas? No me la imagino hablando con María Antonieta.
– ¿Acaso crees que miento? -preguntó Marat.
– Reconozco que algunos estarían dispuestos a negociar. Aspiran a recuperar sus cargos, lo cual demuestra que no existe lo que hemos dado en llamar brissotinos.
– Sólo cuando nos conviene -dijo Marat.
Las cuatro de la tarde, en la rue des Cordeliers:
– No puedes despedirte sin más ni más -protestó Camille-. No puedes presentarte como si tal cosa y decir me alegro de haberte conocido durante veinte años, me marcho a que me maten.
– Sí que puedo -respondió Louis Suleau, nervioso-. Claro que puedo.
Ha tenido mucha suerte, el cronista de Los hechos de los Apóstoles. En 1789 y 1790, las masas, esas masas a las que el abogado de la Lanterne incitaba a la violencia, pudieron haberlo matado.
– Cada vez que paso junto a una farola -escribió Suleau-, tengo la sensación de que se inclina hacia mí, como deseando que me cuelguen de ella.
Camille lo miró en silencio, estupefacto, aunque debía haberlo supuesto.
Louis había cruzado la frontera, había estado en los campamentos de emigrados; ¿por qué había de regresar a París a menos que se propusiera cometer un acto suicida?
– Tú también has corrido muchos riesgos -dijo Louis-. No necesito explicarte por qué se hace. He renunciado a convertirte en un monárquico. Al menos tenemos eso en común, defendemos nuestros principios a capa y espada. Estoy dispuesto a morir para defender el palacio pero, quién sabe, quizá gane el Rey. Es posible que venzamos nosotros.