La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Vete a casa y procura dormir un par de horas.
El siniestro resplandor de las antorchas a las tres de la mañana; las blasfemias de los hombres enzarzados en una batalla campal, y el ruido del cañón mientras lo trasladan de un lugar a otro.
– ¿Dormir? -contestó Camille-. Eso sería una novedad. ¿Estarás en el palacio?
– No, ¿por qué iba a estar en el palacio? -replicó Danton, exhalando unas vaharadas etílicas-. Santerre está al mando de la Guardia Nacional, y tenemos a Westermann, que es un profesional. ¿Cuántas veces tengo que repetirte que no es necesario exponerse a ciertos riesgos?
Camille se apoyó en el muro y se tapó la cara con las manos.
– Unos abogados obesos y fofos sentados en su despacho -dijo-. ¡Qué emocionante!
– Es lo que suele hacer la gente normal -respondió Danton. Deseaba rogarle que lo tranquilizara, que le dijera que lo conseguirían, que sobrevivirían hasta el amanecer-. Vete a casa Camille. Me repugna verte con el pelo sujeto con ese cordel.
El marqués de Mandat había sido interrogado por la nueva Comuna y encerrado en una habitación del Ayuntamiento. Al amanecer, Danton ordenó que lo trasladaran a la cárcel de Abbaye. A través de la ventana observó cómo el preso descendía las escaleras del edificio, flanqueado por unos guardias.
De pronto hizo una señal a Rossignol, quien se asomó a la ventana y mató a Mandat de un tiro.
– Vamos -dijo Lucile-. Cambio de escenario.
Las tres mujeres cogieron sus cosas, cerraron las puertas, bajaron la escalera y salieron a la Cour du Commerce. Habían decidido ir a casa de Lucile, a la prisión que les aguardaba en otro lugar. No había un alma en la calle y soplaba un aire fresco. Dentro de una hora empezaría a apretar el calor. Jamás me había sentido con tanta vitalidad como en estos momentos, pensó Lucile, tratando de coordinar sus pasos con los de Gabrielle, que caminaba arrastrando los pies, apoyada en su hombro derecho como un peso muerto, y con los de Louise, flaca y demacrada, que andaba a paso ligero. Qué pareja, pensó Lucile, la una traicionada por su marido y la otra una insoportable mandona.
Jeanette, la sirvienta, fingió asombro al ver a las tres mujeres.
– Prepara una cama para la señora Danton -le ordenó Lucile.
Jeanette ayudó a Gabrielle a acostarse en un sofá del cuarto de estar, mientras Louise Robert le quitaba las horquillas dejando que su espesa mata oscura cayera sobre el brazo del sofá hasta rozar el suelo.
Lucile se arrodilló junto a ella, como un penitente, y empezó a cepillarle el pelo. Gabrielle yacía con los ojos cerrados, fuera de combate. Louise Robert se instaló cómodamente en la chaise-longue azul, mientras Jeanette la cubría con una manta.
– Tu madre siente un cariño muy grande por esta tumbona -dijo Louise, dirigiéndose a Lucile-. Siempre dice que es la mar de útil.
– Si me necesitáis, llamadme -dijo Lucile, encaminándose a la alcoba a través de la cocina, donde cogió una botella que contenía tres dedos de champán. Se sintió tentada de bebérselo, pero desistió al recordar que hacía varios días que habían descorchado la botella.
La mera idea de ingerir aquel horrible líquido la hizo estremecerse. Jeanette se acercó a ella sigilosamente, y Lucile se sobresaltó.
– Acuéstese un rato -dijo la sirvienta-. Le sentará bien.
Lucile la miró con expresión resuelta, como dándole a entender que lo amaba demasiado para tumbarse en la cama y exponerse a caer dormida.
A las seis de la mañana el Rey decidió pasar revista a la Guardia Nacional. Bajó al patio del palacio vestido con una casaca de color púrpura y con el sombrero bajo el brazo. Ofrecía un aspecto lamentable.
Al aparecer el Monarca, los nobles apostados frente a los aposentos reales se hincaron de rodillas, reiterándole su lealtad; pero los guardias lo insultaron, y un artillero agitó el puño en sus narices.
Rue Saint-Honoré.
– ¿Te apetece desayunar? -preguntó Eléonore Duplay.
– No, gracias, Eléonore.
– ¿Por qué no comes algo, Max?
– Porque nunca como nada a estas horas -contestó Robespierre-. A estas horas me dedico a la correspondencia.
En aquel momento apareció Babette, fresca, rolliza y lozana.
– Papá te envía esto. Danton ha firmado unas proclamas en el Ayuntamiento.
Robespierre le indicó que dejara el documento sobre la mesa. Sin tocarlo siquiera, miró la firma. «En nombre de la nación… Danton.»
– De modo que Danton se cree con derecho a hablar en nombre de la nación -dijo Eléonore, observando atentamente a Robespierre.
– Danton es un excelente patriota. Aunque… esperaba que me mandara llamar.
– Seguramente no quieren arriesgar tu vida.
– No es eso -contestó Robespierre-. Creo que Danton no quiere que estudie sus métodos, por decirlo así.
– Es posible -respondió Eléonore.
Estaba dispuesta a mostrarse de acuerdo con él en todo, a decir lo que fuera con tal de que permaneciera en su casa, a salvo, hasta el día siguiente, y el otro, y los que hicieran falta.
Hacia las siete y media de la mañana los patriotas apuntaron sus fusiles hacia el palacio. Iban armados con todos lo que la Comuna Insurrecta había encontrado: mosquetones, sables, alfanjes, y las sagradas picas. Las voces de miles de rebeldes empezaron a entonar «La Marsellesa».
¿Qué es lo que pretenden? se preguntó Luis.
Camille durmió una hora con la cabeza apoyada en el hombro de su esposa.
– Hola, Danton -dijo Roederer, contemplando la figura que acababa de aparecer-. Estás borracho.
– He echado unos tragos para mantenerme despierto.
– ¿Qué quieres? -«¿Qué pretendes de mí?», quería decir Roederer. Estaba aterrado-. No soy un monárquico, Danton, te lo aseguro. Estuve en las Tullerías porque recibí órdenes de que fuera allí. Espero que tú y tus comandantes os deis cuenta de lo que estáis haciendo. Será una matanza terrible. Los suizos no cejarán, lucharán hasta el fin.
– Eso me han dicho -respondió Danton-. Quiero que regreses allí ahora mismo.
– ¿Que regrese allí? -preguntó Roederer, estupefacto.
– Para sacar al Rey.
– ¿Para sacar al Rey?
– Deja de repetir lo que digo, imbécil. Quiero que saques al Rey para obligarlo a abandonar la defensa del palacio. Regresa inmediatamente y ordena a Luis que comunique a María Antonieta que a menos que abandonen el palacio morirán dentro de unas horas, que abandonen la resistencia y se sometan totalmente a la protección de la Asamblea.
– ¿Quieres salvarlos? ¿Te he entendido bien?
– Creo haberme expresado con claridad.
– Pero ¿cómo quieres que lo consiga? No me escucharán.
– Diles que cuando la multitud entre en el palacio no podré hacer nada por ellos. Ni el propio diablo podría salvarlos.
– Entonces… ¿deseas salvarlos?
– ¡Y dale! Es preciso salvar al Rey y al Delfín a toda cosa. Los otros no son tan importantes, aunque no me gusta que maltraten a las mujeres.
– De acuerdo -dijo el abogado, como si de pronto empezara a comprender la situación-. Entendido, Danton.
Danton agarró a Roederer por la pechera de la casaca con una mano mientras con la otra lo sujetaba del cuello.
– Sácalos del palacio o responderás ante mí. Te estaré vigilando, Roederer.
Roederer, aterrado, trató de liberarse. La habitación empezó a girar.
Voy a morir, pensó, sintiendo que se asfixiaba. Al cabo de unos instantes, Danton lo arrojó al suelo.
– Han sonado los primeros disparos de cañón. Han empezado a atacar el palacio.
Roederer se incorporó y contempló la imponente columna humana que se alzaba ante él, rematada por un rostro de mirada feroz.
– Sácalos del palacio -le ordenó Danton.
– Creo que me llevaré un cepillo de ropa -dijo Camille-. Debemos distinguirnos de la chusma, según dice Danton. -Acto seguido se colocó la banda tricolor y preguntó-: ¿Estoy presentable?