La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Sí, y tú no sabrás cómo explicarlo. Podría gritar. Nadie te creería.
De pronto cesó el ruido de las sierras, y los operarios que trabajaban en el patio alzaron la vista hacia la casa. Camille no alcanzaba a ver sus rostros, pero imaginaba su expresión de perplejidad. Vio a Maurice Duplay dirigirse lentamente hacia la casa, y al cabo de unos segundos oyó la voz brusca e inquisidora, de una mujer, seguida de la de Duplay, menos perentoria. Luego sonó un pequeño grito femenino y unos pasos apresurados en la escalera.
Camille sintió pánico. La creerán a ella, pensó, no a mí. Miró hacia el patio y vio a un pequeño grupo de operarios congregados frente a la ventana.
En aquel momento se abrió bruscamente la puerta y entró Maurice Duplay con paso decidido y la camisa arremangada. El buen jacobino Duplay extendió los brazos y pronunció una frase absolutamente original, algo que jamás había dicho nadie hasta entonces.
– Tiene usted un hijo, Camille. Su esposa está perfectamente y desea que regrese a casa enseguida.
Camille miró hacia la puerta, tratando de dominar su temor, y vio un mar de rostros que sonreían satisfechos. No es necesario que digas nada, pensó, creerán que te sientes demasiado conmovido para articular palabra. Tras alisarse la ropa, Babette se giró hacia él y dijo alegremente:
– Enhorabuena. Qué gran momento para usted.
– Maximilien ha tenido un ahijado -dijo la señora Duplay, sonriendo-. Confío en que Dios le dé también un hijo.
Maurice Duplay abrazó a Camille. Fue un abrazo tremendo, violento, patriótico. De jacobino a jacobino. Mientras el maestro carpintero lo estrujaba contra su pecho, Camille observó la blanca piel de Babette que asomaba bajo la pañoleta y sintió deseos de decir: su hija es una violadora. No, pensó. Es mejor no decir nada, se reirían de mí. Regresaré a casa junto a Lucile y a partir de ahora procuraré no verme envuelto en más líos de faldas.
El primer consuelo es que dura menos tiempo de lo que cree la gente, doce horas desde que empezó a sentir los primeros dolores; el segundo consuelo era este niño, diminuto, con el cabello negro, que yacía en sus brazos. Lucile experimentaba un amor tan puro y profundo que apenas podía articular palabra; la gente te previene sobre todo tipo de cosas, pensó, pero no te previene sobre esto. Se sentía tan agotada que apenas podía incorporarse o hablar.
Todo el mundo reacciona de distinta forma. Mientras su madre le sujetaba las manos con fuerza, exhortándola a ser valiente, la comadrona le decía: «Grita cuanto quieras, querida, aunque retumben las paredes.» Es imposible complacer a todos. Cada vez que se disponía a lanzar un grito, sentía un espasmo que la dejaba sin resuello. Vio a Gabrielle Danton inclinarse sobre ella para decirle algo -sin duda juicioso- y en cierto momento le pareció oír la voz de Angélique murmurando unas palabras en italiano. Pero durante unos minutos -o al menos varios segundos- no sabía siquiera quién estaba allí. Se hallaba en otro mundo, un mundo implacable, rodeada de unas paredes tapizadas de rojo.
Deliberada y conscientemente, Camille borró de su mente los acontecimientos de aquella mañana. Mientras sostenía a su hijo en brazos, le prometió en silencio: seré bueno e indulgente contigo; hagas lo que hagas, por extraño o absurdo que parezca, jamás te castigaré. Claude miró al niño, confiando en que Camille no se lo entregara, y dijo:
– Me preguntó a quién se parecerá.
– Eso nos preguntamos todos -contestó Camille.
Claude cerró la boca, sin atreverse a expresar a su yerno su más sincera enhorabuena.
– ¿Por qué no destituimos a Luis el 14 de julio? -preguntó el ci-devant duque de Orléans.
– Hummm -contestó el ci-devant conde de Genlis-. Eres muy aficionado a los gestos sentimentales. Hablaré con Camille y veremos si podemos arreglarlo.
El duque no captó la ironía de sus palabras.
– Cada vez que hablas con Camille -se quejó-, me cuesta una pequeña fortuna.
– Eres muy generoso. ¿Cuánto dinero has entregado a Danton a lo largo de los tres últimos años?
– No lo sé. Pero si fracasamos esta vez, ya no me quedarán recursos ni para financiar una pequeña revuelta. Cuando caiga Luis… No me robarán el trono, ¿verdad?
De Sillery se sintió tentado de hacerle notar que había desperdiciado una espléndida oportunidad (por escuchar, habría añadido, a mi esposa Félicité, la alcahueta); pero Félicité y su hija Pamela habían partido hacia Inglaterra en otoño. Su buen amigo Jérôme Pétion las había visto atravesar sanas y salvas el Canal de la Mancha.
– Veamos -dijo-. ¿Has sobornado a los brissotinos, a los rolandinos, a los girondinos?
– ¿Acaso existe alguna diferencia entre unos y otros? -preguntó Philippe, alarmado-. Yo pensaba que eran la misma cosa.
– ¿Estás seguro de poder ofrecer a Georges Danton más dinero del que puede brindarle la Corte, más dinero del que sacará de una república?
– No imaginé que las cosas hubieran llegado a ese punto -observó el duque con una mueca de fastidio, olvidando que él mismo había contribuido a ello.
– No pretendo desanimarte, pero entiendo que Danton opina que debemos esperar a que lleguen los voluntarios de Marsella.
Esos marselleses son unos fervientes patriotas, minuciosamente elegidos, que marchan hacia la capital para celebrar la toma de la Bastilla, cantando una nueva canción patriótica, resueltos a no cejar en su empeño. Cuando llegue el momento oportuno, constituirán una eficaz punta de lanza para las Secciones.
– Respecto a esos marselleses… ¿a quién debo pagar por sus servicios?
– A un joven político llamado Charles Barbaroux.
– ¿Cuánto quiere? ¿Podemos fiarnos de él?
– ¡Maldita sea! -De Sillery cerró los ojos. Estaba cansado-. Lleva en París desde el 11 de febrero. Se reunió con los Roland el 24 de marzo.
Laclos debía tener una carpeta llena de informes sobre el arrogante Barbaroux, al que sin duda catalogaba de «donjuán».
– ¿No te preguntas alguna vez si todo esto merece la pena? -preguntó De Sillery.
Era una pregunta que Philippe no sabía contestar. En principio le parecía que todo merecía la pena, todas las maquinaciones e intrigas, cualquier acto vergonzoso, incluso provocar un baño de sangre, con tal de llegar a ser Rey de Francia. Pero Félicité le había confundido, aunque tenía razón; no merecía la pena llegar a ser Rey para que al día siguiente le asesinaran a uno. Durante años la gente que le rodeaba le había obligado a emprender un determinado camino y ahora era demasiado tarde para tomar otro. Además, estaba prácticamente arruinado.
– ¡Maldito Danton! -dijo-, incluso permití que se acostara con Agnès.
– Nadie «le permite» nada -respondió Charles-Alexis-. Danton toma lo que le apetece.
– Pero también tendrá que dar -dijo Philippe-. La gente le exigirá algo. ¿Qué puede ofrecerles?
– El derecho al voto. Es algo que jamás han tenido.
– Supongo que eso les complacerá. Se lanzarán a la calle a votar -dijo el duque, suspirando-. De todos modos, el 14 de julio hubiera sido una fecha muy oportuna.
El año 1789 fue el más feliz de mi vida, pensó, expresando el pensamiento en voz alta.
– Eras muy joven e inexperto -apostilló Charles-Alexis.
El 10 de julio se proclamó el estado de excepción. Las bandas militares sonaban en toda la ciudad, y los puestos de reclutamiento estaban adornados con la bandera tricolor. Desde la ventana de su habitación, Lucile oyó a Danton gritar y arengar a los ciudadanos. El niño estaba acostado en la cuna, con expresión de fastidio. Cuando se hubo recuperado del parto, Lucile se trasladó a la granja de Bourg-la-Reine. Camille fue el fin de semana y escribió un discurso muy largo.
El 24 de julio se reunió el Consejo General de la Comuna para escucharlo. Era el manifiesto de Danton en el que defendía el sufragio universal y la responsabilidad universal, el derecho de los ciudadanos de todas las Secciones a reunirse a cualquier hora, armarse y movilizarse contra la subversión y un ataque inminente. Cuando Camille predijo que la monarquía no tardaría en caer, Danton cruzó los brazos y miró a sus colegas con fingido aire de asombro.